lunes, 17 de noviembre de 2008

Y quedó en el suelo, sangrando

Me vino por la espalda. Apareció de repente, entre las sombras, sin avisar, silencioso como sólo lo es quien carece de alma.
Me agarró la cabeza con esas manos sucias y llenas de costras, manos desechas por la podredumbre y la descomposición, las mismas manos que el resto, todos son iguales.
Trató de morderme, detrás, en la nuca, donde el cráneo es más blando y los sesos más jugosos. Jamás pensé que mi hipotálamo llegaría nunca a ser tan valorado como plato principal de una cena.
Me revolví como pude. Afortunadamente, la agilidad y la rapidez de reflejos no son sus mayores virtudes. Le dejé aturdido de un manotazo y corrí a agarrar una barra de hierro que yacía entre los escombros en que se habían convertido las calles. Le golpeé hasta abrirle la cabeza justo cuando comenzaba a recuperarse y a sacarme los dientes.
Y quedó en el suelo, sangrando, los sesos esparcidos en un charco de sangre como picatostes en un gazpacho. Me hubiera quedado pateándole, pero hui rápidamente.
Se me acercaban miles, doblaban la esquina y se dirigían hacia mí, arrastrándose con la mirada perdida, cojeando y chorreando sangre, las ropas echas jirones y las carnes podridas de muertos relativamente recientes.
Debía de ser el último humano en la ciudad. Incluso, por un momento, deseé haberme convertido en zombie cuando pude haberlo hecho, cuando lo hicieron todos, en lugar de tener que luchar ahora por conservar mi vida, como si sirviera para algo.