Chinaski encontró un hada nadando en su pinta de Guiness. Era pequeñita, una especie de Campanilla grácil y estilizada que se movía con soltura en el denso líquido espumoso.
En un primer momento a Chinaski le desagradó la idea. Probablemente el polvo de hadas desvirtuaría el sabor de la cerveza hasta convertirla en un brevaje imbebible. Luego se fijó en el hada, en cómo completaba los largos de un lado a otro de la pinta en un estilo mariposa realmente logrado. Se fijó también en que la cerveza tostada resbalaba por el cuerpecito del hada y le daba la apariencia de estar cubierta de aceite de motor, como las chicas del vídeo de AC/DC. Aquella imagen le excitó, y comenzó a mirar al hada con otros ojos, a modelar sus curvas, sus pechos, a pensar que quizá la idea de echar aquella noche unos polvos de hada tampoco estaría tan mal.
Pero, de repente, el hada desapareció.
¿Tienen las hadas el poder de desaparecer? Chinaski, desde luego, dedujo que sí. Una pena, ahora que ya había hecho planes. Más tarde pensó que quizá se había tratado de una alucinación. La noche anterior, de hecho, se había visto a sí mismo desde fuera, como si su espíritu y su cuerpo se hubieran alejado uno de otro por unos instantes, y se había sorprendido hundiendo la cabeza en un barril repleto de Jack Daniel's y permaneciendo allí uno, dos, tres minutos, inerte.
Y aquello sí que tenía que haber sido una alucinación, porque él estaba allí, vivo, acababa de flirtear con un hada y su aliento, extrañamente, ni siquiera olía a whisky...
sábado, 27 de diciembre de 2008
martes, 23 de diciembre de 2008
La verdad sobre todas las cosas
Hay ciertas personas que aún no han tomado del fruto del Árbol de la Ciencia. Porque la ingesta de la sabiduría es una tradición que hay que renovar cada cierto número de generaciones. Aquel fruto del que tomaron nuestros antepasados, aquel por el que fueron condenados, se pierde ya en la noche de los tiempos. Tanto, tanto, que sus efectos se han extinguido.
- Tienes un don -le dijo el maestro al discípulo-. El don de ver las cosas como realmente son, el don de saber distinguir más allá de las aprehensiones sensitivas. Porque no es sólo lo que ves, o lo que oyes, o lo que tocas, sino que detrás de cada visión, de cada audición o de cada contacto hay una ciencia, un pensamiento, uno o mil porqués que descifrar. Y tener la capacidad de hacerlo, jovenzuelo, es todo un privilegio...
- Entonces, -preguntó el discípulo- ¿por qué duele estar vivo?
- Hay quien aprovecha el don para crecer y ser admirado, para ser recordado e influir sobre los demás. Esos son, podríamos decir, los privilegiados entre los privilegiados. Hay, sin embargo, quien tiene que utilizar su don para protegerse del mal que le rodea, del desprecio y la soledad, del sinsentido universal. Tú eres aún joven, muchacho, aún tienes tiempo de cambiar tu sino.
- ¿Y tú, maestro?
- Yo ya no soy joven. Ya intenté disfrutar de mi don tantas veces como pude. Ahora sólo me queda soportar con estoicismo un dolor del que los demás ni siquiera son conscientes.
- Tienes un don -le dijo el maestro al discípulo-. El don de ver las cosas como realmente son, el don de saber distinguir más allá de las aprehensiones sensitivas. Porque no es sólo lo que ves, o lo que oyes, o lo que tocas, sino que detrás de cada visión, de cada audición o de cada contacto hay una ciencia, un pensamiento, uno o mil porqués que descifrar. Y tener la capacidad de hacerlo, jovenzuelo, es todo un privilegio...
- Entonces, -preguntó el discípulo- ¿por qué duele estar vivo?
- Hay quien aprovecha el don para crecer y ser admirado, para ser recordado e influir sobre los demás. Esos son, podríamos decir, los privilegiados entre los privilegiados. Hay, sin embargo, quien tiene que utilizar su don para protegerse del mal que le rodea, del desprecio y la soledad, del sinsentido universal. Tú eres aún joven, muchacho, aún tienes tiempo de cambiar tu sino.
- ¿Y tú, maestro?
- Yo ya no soy joven. Ya intenté disfrutar de mi don tantas veces como pude. Ahora sólo me queda soportar con estoicismo un dolor del que los demás ni siquiera son conscientes.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Una casualidad tras otra
¿Sabes de esas situaciones en las que piensas en alguien, alguien con quien no tienes contacto desde hace mucho, y justo en ese momento suena el teléfono y es esa misma persona?
¡A que mola!
Pues a mí no me ha pasado nunca, así que tampoco sé muy bien qué se siente. Y qué, en realidad. Y qué si llama esa persona. ¿Eres por eso un privilegiado con superpoderes? ¿Hay entre tú y ella una conexión cósmica, un producto telepático?
¡Paparruchas!, diría Ebenezer Scrooge, siempre tan insolente. Yo sólo diré que creo más en la casualidad que en cualquier otra circunstancia.
Casualidad es tanto pensar en alguien como no pensar en absoluto, casualidad es, de hecho, la mera facultad de pensar. Estamos aquí por casualidad y por casualidad dejaremos de estar. ¿Acaso no es casual el aire que respiramos, el mundo que vemos, el sentido de la visión? ¿Acaso no se han creado estas líneas fruto del azar más puro?
La casualidad no es caos. La casualidad, en realidad, no es más que la confirmación del hecho de que las causas y los efectos que hemos destapado podrían haber sido muy distintos. De hecho, si no comprendemos todas las causas que nos rodean es por simple casualidad.
La casualidad no es buena, no es mala, no es nuestra amiga ni nuestra enemiga. La casualidad, en el fondo, es el Dios que gobierna el universo sin caprichos, sin sentimientos, como una enorme maquinaria. La casualidad lo es todo.
Acabo de pensar en alguien, y el teléfono no ha sonado...
¡A que mola!
Pues a mí no me ha pasado nunca, así que tampoco sé muy bien qué se siente. Y qué, en realidad. Y qué si llama esa persona. ¿Eres por eso un privilegiado con superpoderes? ¿Hay entre tú y ella una conexión cósmica, un producto telepático?
¡Paparruchas!, diría Ebenezer Scrooge, siempre tan insolente. Yo sólo diré que creo más en la casualidad que en cualquier otra circunstancia.
Casualidad es tanto pensar en alguien como no pensar en absoluto, casualidad es, de hecho, la mera facultad de pensar. Estamos aquí por casualidad y por casualidad dejaremos de estar. ¿Acaso no es casual el aire que respiramos, el mundo que vemos, el sentido de la visión? ¿Acaso no se han creado estas líneas fruto del azar más puro?
La casualidad no es caos. La casualidad, en realidad, no es más que la confirmación del hecho de que las causas y los efectos que hemos destapado podrían haber sido muy distintos. De hecho, si no comprendemos todas las causas que nos rodean es por simple casualidad.
La casualidad no es buena, no es mala, no es nuestra amiga ni nuestra enemiga. La casualidad, en el fondo, es el Dios que gobierna el universo sin caprichos, sin sentimientos, como una enorme maquinaria. La casualidad lo es todo.
Acabo de pensar en alguien, y el teléfono no ha sonado...
jueves, 11 de diciembre de 2008
Soy quien soy o la creación de uno mismo desde la nada
Eres un tipo curioso, desde luego. Pero curioso no es ni bueno ni malo, es uno de esos términos ambiguos de una tibieza que siempre vale pero que nunca sirve. Los tibios nunca fracasarán. Los tibios, por supuesto, tampoco triunfarán nunca.
Y ahora vienes y me dices que no sabes quién eres, si eres lo que escribes o si eres lo que dices, si eres el que se levanta por la mañana o el que trasnocha por las noches, si eres el que te fuiste el viernes o el que regresaste el lunes.
Y sostienes que la clave de la supervivencia está en reinventarse a sí mismo. Pero, ¿cómo reinventarte si no sabes quién eres? ¿Es que no ves que caminas a ciegas, y que tropiezas con cada piedra del camino?
¿Sabes qué te digo? Que sobrevivir no importa. Sobrevivir es un objetivo absurdo sacado de las absurdas pelis de acción. Sobrevivir es de necios que no miran más allá. Sobrevivir en vida, claro, porque sobrevivir a la muerte es otro tema...
Y ahora, ¿qué? ¿Cada cuánto te reinventas últimamente? ¿Cada año? ¿Cada hora? Pero qué ingenuo eres... ¡cada segundo habrías de reinventarte, pues cada instante que pasa mueres una vez y para siempre!
Y sigues diciendo que no sabes quién eres, ni siquiera sabes si eres quien escribe estas líneas, si eres yo en realidad, o si yo no existo, o si no existes tú... Qué más da, deja de recordar, aquel que ves en tus recuerdos ya está muerto. Tampoco mires hacia adelante, pues aquel que quieras imaginar no serás tú, tú mueres a cada instante.
Quizá eso mismo sea reinventarse.
Y ahora vienes y me dices que no sabes quién eres, si eres lo que escribes o si eres lo que dices, si eres el que se levanta por la mañana o el que trasnocha por las noches, si eres el que te fuiste el viernes o el que regresaste el lunes.
Y sostienes que la clave de la supervivencia está en reinventarse a sí mismo. Pero, ¿cómo reinventarte si no sabes quién eres? ¿Es que no ves que caminas a ciegas, y que tropiezas con cada piedra del camino?
¿Sabes qué te digo? Que sobrevivir no importa. Sobrevivir es un objetivo absurdo sacado de las absurdas pelis de acción. Sobrevivir es de necios que no miran más allá. Sobrevivir en vida, claro, porque sobrevivir a la muerte es otro tema...
Y ahora, ¿qué? ¿Cada cuánto te reinventas últimamente? ¿Cada año? ¿Cada hora? Pero qué ingenuo eres... ¡cada segundo habrías de reinventarte, pues cada instante que pasa mueres una vez y para siempre!
Y sigues diciendo que no sabes quién eres, ni siquiera sabes si eres quien escribe estas líneas, si eres yo en realidad, o si yo no existo, o si no existes tú... Qué más da, deja de recordar, aquel que ves en tus recuerdos ya está muerto. Tampoco mires hacia adelante, pues aquel que quieras imaginar no serás tú, tú mueres a cada instante.
Quizá eso mismo sea reinventarse.
martes, 9 de diciembre de 2008
Consejos inútiles para problemas inexistentes
¿Qué puede hacer uno cuando decide escribir su autobiografía, pero nada más comenzarla se da cuenta de que es una basura?
En primer lugar, el sujeto en cuestión tiene que discernir si lo que es una basura es la autobiografía, esto es, su estructura o su estilo, o por el contrario, su vida, es decir, el objeto de la antedicha autobiografía.
Lo más normal es que la basura se extienda de igual modo tanto por un lado como por otro.
Posibles soluciones:
1.- Abandonar tan pronto como sea posible el proceso de escritura. Esta es una solución rápida, aunque algo frustrante. También se puede abandonar rápidamente la vida, lo cual es más rápido, si cabe, al tiempo que más efectivo y, por consiguiente, altamente aconsejable.
2.- Copiar la vida de otro y, de paso, su autobiografía. Es una estafa, desde luego, pero al menos evita el aburrimiento de una vida monótona. El posible riesgo de enfermedades mentales derivadas de los trastornos de personalidad es, casi tanto como una contraindicación, un estímulo.
3.- Inventarse una vida. No será la de uno mismo, no será la de otro, pero probablemente, a no ser que el sujeto sea especialmente obtuso, será satisfactoria en grado sumo. El riesgo, en este caso, se centra en la esquizofrenia paranoide.
De modo que nos movemos entre la frustración, el suicidio, la esquizofrenia y la paranoia. No me extraña, pues, que la mayoría de la gente, ante el temor que provocan los términos recién mencionados, opte por no iniciar su autobiografía para no descubrir lo que ya saben: que su vida es una basura.
Yo, sin embargo, recomendaría esta práctica encarecidamente.
En primer lugar, el sujeto en cuestión tiene que discernir si lo que es una basura es la autobiografía, esto es, su estructura o su estilo, o por el contrario, su vida, es decir, el objeto de la antedicha autobiografía.
Lo más normal es que la basura se extienda de igual modo tanto por un lado como por otro.
Posibles soluciones:
1.- Abandonar tan pronto como sea posible el proceso de escritura. Esta es una solución rápida, aunque algo frustrante. También se puede abandonar rápidamente la vida, lo cual es más rápido, si cabe, al tiempo que más efectivo y, por consiguiente, altamente aconsejable.
2.- Copiar la vida de otro y, de paso, su autobiografía. Es una estafa, desde luego, pero al menos evita el aburrimiento de una vida monótona. El posible riesgo de enfermedades mentales derivadas de los trastornos de personalidad es, casi tanto como una contraindicación, un estímulo.
3.- Inventarse una vida. No será la de uno mismo, no será la de otro, pero probablemente, a no ser que el sujeto sea especialmente obtuso, será satisfactoria en grado sumo. El riesgo, en este caso, se centra en la esquizofrenia paranoide.
De modo que nos movemos entre la frustración, el suicidio, la esquizofrenia y la paranoia. No me extraña, pues, que la mayoría de la gente, ante el temor que provocan los términos recién mencionados, opte por no iniciar su autobiografía para no descubrir lo que ya saben: que su vida es una basura.
Yo, sin embargo, recomendaría esta práctica encarecidamente.
lunes, 1 de diciembre de 2008
Una de odio, por favor
El tío lo odiaba todo, me dijo. Todo y a todos, básicamente, decía, porque todos le odiaban a él. Todos le miraban, y alguno hasta le sonreía, pero todos le odiaban en el fondo, y en el fondo actuaban con recelo ante él, y le deseaban lo peor, le odiaba la gente y le odiaba el mundo que le obligaba a despertarse cada mañana y ver el estúpido sol y luego la estúpida luna, o la lluvia repugnante con sus repelentes nubes, y esa naturaleza soberbia y engreída con sus delirios de grandeza, como el mar, una enorme mole de líquido lelo y torpón.
Así que el tío opinaba que todos deberían dejarle en paz, que eso era lo único que él quería.
Yo, personalmente, me preguntaba algo así como lo de la gallina y el huevo, ¿no?, esto es, si él odiaba el mundo porque el mundo le odiaba o al revés, si primero fue él y el mundo reaccionó con un odio similar al que él generaba, digamos "como método de defensa".
Bah, en realidad el tío era un pringao. Reconozco que llegué a odiarlo, tanto decir tonterías sin parar y tanto rollo victimista, así que en el fondo igual tenía razón y todos le miraban mal. Normal.
Y bueno, qué, yo también odio todo lo que me rodea, todo y a todos, sólo que procuro que no se me note...
Así que el tío opinaba que todos deberían dejarle en paz, que eso era lo único que él quería.
Yo, personalmente, me preguntaba algo así como lo de la gallina y el huevo, ¿no?, esto es, si él odiaba el mundo porque el mundo le odiaba o al revés, si primero fue él y el mundo reaccionó con un odio similar al que él generaba, digamos "como método de defensa".
Bah, en realidad el tío era un pringao. Reconozco que llegué a odiarlo, tanto decir tonterías sin parar y tanto rollo victimista, así que en el fondo igual tenía razón y todos le miraban mal. Normal.
Y bueno, qué, yo también odio todo lo que me rodea, todo y a todos, sólo que procuro que no se me note...