¿Sabes de esas situaciones en las que piensas en alguien, alguien con quien no tienes contacto desde hace mucho, y justo en ese momento suena el teléfono y es esa misma persona?
¡A que mola!
Pues a mí no me ha pasado nunca, así que tampoco sé muy bien qué se siente. Y qué, en realidad. Y qué si llama esa persona. ¿Eres por eso un privilegiado con superpoderes? ¿Hay entre tú y ella una conexión cósmica, un producto telepático?
¡Paparruchas!, diría Ebenezer Scrooge, siempre tan insolente. Yo sólo diré que creo más en la casualidad que en cualquier otra circunstancia.
Casualidad es tanto pensar en alguien como no pensar en absoluto, casualidad es, de hecho, la mera facultad de pensar. Estamos aquí por casualidad y por casualidad dejaremos de estar. ¿Acaso no es casual el aire que respiramos, el mundo que vemos, el sentido de la visión? ¿Acaso no se han creado estas líneas fruto del azar más puro?
La casualidad no es caos. La casualidad, en realidad, no es más que la confirmación del hecho de que las causas y los efectos que hemos destapado podrían haber sido muy distintos. De hecho, si no comprendemos todas las causas que nos rodean es por simple casualidad.
La casualidad no es buena, no es mala, no es nuestra amiga ni nuestra enemiga. La casualidad, en el fondo, es el Dios que gobierna el universo sin caprichos, sin sentimientos, como una enorme maquinaria. La casualidad lo es todo.
Acabo de pensar en alguien, y el teléfono no ha sonado...
miércoles, 17 de diciembre de 2008