martes, 13 de enero de 2009

Mi Pepito Grillo particular

Nunca me había llevado yo bien con mi conciencia, esa voz soberbia y engreída que desde su posición de retaguardia se permite el lujo de juzgar y aconsejar, que si esto está bien, que si esto no debes hacerlo. Por eso era tan extraña aquella situación de confraternidad que disfrutábamos últimamente. Yo no la provocaba demasiado y ella, como respuesta, procuraba moderar su habitual tono insolente.
Incluso fuimos a una gitana, a una de esas de trapos en la cabeza, enormes zarcillos y verruga en la nariz, de esas que te leen las cartas del tarot y te predicen tu futuro. Fuimos los dos, claro, mi conciencia y yo, orgullísimos de nuestra recién fundada relación cordial y esperando oír los más distintos parabienes de labios de aquella cartomante.
Ella, sin embargo, puso cara de terror al vernos entrar e, inmediatamente y sin dejar casi que nos presentáramos, tiró dos cartas sobre la mesa y gritó:
- ¡Mal día tenéis! ¡Mal día! Hoy morirá uno de los dos... a manos del otro.
La verdad es que sobre la mesa figuraban el colgado y el loco.
Yo miré sorprendido a la gitana y tragué saliva. Me costó. La garganta se me había quedado árida como el desierto de Atacama. Sabía perfectamente, en mi fuero interno, que yo era incapaz de acabar con mi conciencia. De modo que tuve miedo de mirarla. Comprendí que ya estaría afilando los cuchillos y comprendí, de paso, algo cuya certeza ya poseía subconscientemente desde hacía ya tiempo: que mi conciencia acabaría conmigo.