viernes, 6 de febrero de 2009

Cefalea inducida

Me di cuenta de que sólo me dolía cuando pensaba en ello, de que las distracciones, la desatención, hacían desaparecer el dolor.
Y me alegré por ello. Me alegré de poseer el control, de saber que la solución, en última instancia, dependía de mí. Ahora podría acabar con este molesto dolor de cabeza.
Dejé pues, de pensar en el dolor. Dejé, incluso, de pensar en mi cabeza, ya saben, si algo no molesta uno deja de percatarse de su presencia.
Y dejé, por tanto, de prestarle atención. Hasta tal punto fue así, que la dejé olvidada en algún sitio y ahora no puedo recordar dónde.
Sí, sí, en efecto, como lo oyen, mi cabeza se quedó en algún lugar del que yo salí sin darme cuenta.
Y la situación, en estos momentos, es un tanto molesta. La cefalea ha desaparecido, desde luego, pero mi cabeza también, y me resulta muy desagradable mirarme al espejo y ver ese hueco antinatural de cuello para arriba.
Por otra parte, es lógico que no pueda recordar dónde la dejé olvidada. Cómo lo voy a recordar, si no tengo cabeza para hacerlo...