Se veía a sí mismo caminando por el bosque con una pala en una mano y una bolsa de basura en la otra. Era pleno día, y sin embargo la espesura del bosque sólo permitía la entrada de finos rayos de sol que, aislados, se dejaban observar como haces de luz procedentes de alguna linterna. Tal vez fuera la mejor manera de celebrar el año de la rata, recoger los cadáveres que de estos animalitos cayeran de los árboles y meterlos en una bolsa. Cenizas a las cenizas, y polvo al polvo.
Pensó que comenzaba a refrescar, o tal vez fuera una corriente de aire que se colaba, como los rayos del sol, entre los enormes troncos. ¿Y si enfermaba? Alguien le había dicho una vez que no era bueno exponerse a las corrientes de aire.
Si enfermaba empezaría a toser. Sería desagrable. O quizás no. Quizás la tos le uniría a otras personas, a veces los problemas unen. Otros personas que, como él haría, toserían continuamente. Y juntos conformarían una melodiosa filarmónica de expectoraciones.
Pero de momento no tosía. "Mierda", murmuró, ante la posibilidad perdida de conocer gente.
Regresó a casa con la bolsa repleta de cadáveres de roedores, aunque ni siquiera sabía muy bien qué haría con ellos. Trato de toser, sin conseguirlo aún. Una rata más se añadió a su colección, una que encontró en el vestíbulo y que pisó con fuerza, pues debía estar bien muerta para permanecer quietecita en la bolsa.
Luego en casa se enteró de que el año de la rata había terminado 27 días antes, que realmente se encontraba en el año del búfalo. Intentó toser, otra vez sin resultado. "Mierda", volvió a murmurar. ¿Cómo haría para recoger cadáveres de búfalos y meterlos en bolsas de basura? ¿Cómo sin la ayuda de otros tosedores? ¿Cómo si ni siquiera intentándolo conseguía provocarse un sola tos?
sábado, 21 de febrero de 2009