Es curioso. Te pasas toda una vida fluctuando ante la paradoja de ser diferente a la obediente mayoría de encefalograma plano, por un lado; y tratar de iluminar a ese mayoría ignorante, por otro. Malgastas horas y horas predicando en el desierto, tratando de abrir los ojos de aquellos que ni siquiera saben que los ojos pueden abrirse. Y cuando por fin consigues tu objetivo, cuando tus preferencias se identifican con las de la gente, te das cuenta de que han bastardeado su sentido, te sientes a disgusto y eliges cambiar de preferencias antes que adscribirte a la masa.
Quizá es que no se trata de elegir lo mejor, sino tan sólo saborear el placer de haber elegido lo diferente. O tal vez, sencillamente, es que lo mejor es tan incomprensible para la mayoría que siempre será indicativo de gente privilegiada.
Uno puede, por ejemplo, vestir todos los días de negro, o llevar bombín, monóculo y reloj de bolsillo, o escuchar grupos de música pop de Brunei, o lamentar que Los Pitufos aún no tengan versión cinematográfica en estos tiempos en los que la falta de originalidad obliga a buscar posibles remakes hasta debajo de las piedras.
Y, sin embargo, cuando todos vistan de negro, cuando todos lleven bombín y monóculo, cuando el pop de Brunei se encuentre en el top de ventas y cuando la gente llene los cines para ver a Los Pitufos, uno mirará a su alrededor y probablemente se pregunte por qué luchó tanto por tener eso que ahora le produce, como mucho, una leve sensación de decepción y repugnancia al mismo tiempo.
Aprovechen ahora, pues, para ser diferentes, porque ya están creando la versión cinematográfica de esos enanos azules con gorro blanco y enemigo gargameliano, porque el Emule está a punto de llegar a Brunei, porque el negro estiliza mucho y el bombín y el monóculo... ya se volverán a poner de moda, tiempo al tiempo. Y cuando quieran ser verdaderamente distintos a la mayoría, quizá ya sea demasiado tarde...
domingo, 1 de febrero de 2009