domingo, 15 de febrero de 2009

Una nueva forma de viajar

Pensé que ya no tendría que hacer más maletas, ni más colas en los aeropuertos, ni más esperas estúpidas. Había encontrado la forma definitiva de viajar.
Convencido de lo que hacía, y con ese gusanillo en el estómago que ataca a todo viajero en los momentos previos a la partida, me senté ante mi ordenador y me conecté al Google Earth, o al Yahoo Maps, o a uno de esos mapamundis instantáneos vía satélite que circulan por la red. Elegí una ciudad al azar, paseé por sus calles, acercándome a ellas a vista de pájaro tanto como podía, avanzando por ellas a golpe de cursor. Conocí monumentos, parques, cafés, me encontré ante atascos de tráfico y manifestaciones culturales de lo más diverso.
Así conocí Dijon, en Francia; y Matagalpa, en Nicaragua; y Hyderabad, en la India.
Hasta que un día me embarqué en una aventura superior. No sé por qué, pero el viajero siempre busca nuevas experiencias, capaces de superar todo lo anteriormente vivido.
Aterrizé en pleno desierto de Libia y comencé a caminar. Pensé que si caminaba hacia el este llegaría al Nilo; luego, que si caminaba al norte alcanzaría el Mediterráneo. Nada de esto pasó. En mi camino sólo encontraba dunas, y más dunas de arena seca y tierra árida.
Cuando desfallecí de sed y hambre, de calor y soledad, me estaba preguntando quién narices me había mandado a mí visitar esos lugares...