domingo, 22 de marzo de 2009

Der Himmel über Berlin

Yo también creía que tenía ángeles de la guarda que pululaban a mi alrededor, seres de luz que vigilaban mis actos, perdonaban mis errores y me susurraban al oído sus recomendaciones. No hagas esto, haz lo otro. No vayas a tal sitio, ve a tal otro.
Y cuando no los oía susurrar me los imaginaba junto a mí, observando cómo me arrastraba por el barro, con rostros compungidos de tristeza y decepción ante mis actitudes, como el padre que arroja la toalla ante el hijo descarriado.
Tuve que ir eliminándolos, uno a uno. Los maté a disgustos, pues ni los ángeles tienen paciencia infinita.
Ya no giran ángeles en torno a mí.
Ahora son otras las voces, otros los gestos, otras las actitudes. Ahora las voces me han dado libertad para hacer lo que quiera, para pensar lo que me convenga, para desarrollar sin trabas mi libre albedrío.
Ahora las voces son risas, y las alas cuernos, y el monótono y repulsivo tañir de arpas se ha convertido en el entrechocar de tridentes incandescentes.
He de admitir que ahora disfruto de mayor calidad de vida, y por eso canto:
"Demonio de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día..."