Últimamente me ha dado por pensar que los dioses, en realidad, no son tan caprichosos como los pintan. De hecho creo que los caprichosos somos los hombres.
Siempre sostuve la teoría de que Dios no podía ser antropomorfo, de que fueron los hombres quienes Le dieron esa forma, ya sea por ignorancia o por orgullo. El antropomorfismo divino es, en última instancia, una clara prueba más de etnocentrismo. Algo así como defender que Dios es blanco o negro, hombre o mujer.
Sinceramente creo que si Dios tuviera forma humana no se rebajaría a crear seres que se Le parecieran pero que, al mismo tiempo, discutieran sobre su verdadera forma. Es más, si Dios fuera como los hombres, probablemente estaría ya, a estas alturas, avergonzado.
Tiendo más a pensar que Dios es algo intangible, una fuerza, sustancia inteligente, algo tan grande que no podemos concebir, o algo tan esencial que está en todas partes y que, no obstante, no percibimos.
A decir verdad, la mayoría del tiempo tiendo a pensar algo diferente. Tiendo a pensar que el hombre es tan orgulloso que sería capaz de inventarse un ser superior pero similar a él sólo por vanidad. Según esto Dios no sería más que un capricho de los hombres. En este caso, Dios no existiría más allá de nuestras mentes.
¿Y si Dios existiera, pero no Le importáramos lo más mínimo, ni Le hubiéramos importado nunca? Esa sí que sería la prueba definitiva de Su superioridad, y no los parecidos físicos o bagatelas como el amor eterno...
jueves, 9 de abril de 2009