jueves, 30 de abril de 2009

La suerte y sus desgracias II

- Desde que ilegalizaron el opio el problema es que el alcohol se ha convertido en el único analgésico capaz de hacerme olvidar por un rato el dolor que provoca estar vivo - dijo mientras apuraba el on the rocks y pedía otro al camarero con una seña que para cualquier neófito hubiera resultado imperceptible.
Tuve que echar otro vistazo a su camisa para confirmar que, efectivamente, era una camisa horrible. Nunca me gustaron las camisas, de hecho. Así, en general.
- Qué época aquella del LSD, eso sí que eran viajes. Había cosas por las que luchar, no castillos en el aire ni amenazas virtuales. Yo estuve en Woodstock, y compartí copa con Ginsberg, y con Kerouac, y participé en la llegada del hombre a la luna. Joder, yo estuve allí cuando Burroughs le voló los sesos a su mujer jugando al Guillermo Tell. Llegué a volar un rato, lo puedo jurar, así, en posición horizontal, boca arriba, sólo con el poder de mi mente. Dios, esos cristales... sólo con la mescalina y con la ayahuasca he llegado tan lejos. Tuve el mundo en mis manos, ¿sabes? Yo era enorme y el mundo diminuto, lo tuve en mis manos como quien sostiene una canica y pude haberlo aplastado de haberlo querido así. ¿Y como me lo pagan ahora? Mírame.
Volví a mirarle. El whisky bailando en una mano y esa horrible camisa. Supuse que esperaba alguna respuesta de mí.
- Pues mi generación inventó el botellón - fue lo único que se me ocurrió.
- Muy bien, chaval - dijo, y me dio una palmadita en la espalda.