lunes, 20 de abril de 2009

No son horas

Lo bueno de hundirse en el fango es que, tarde o temprano, uno termina por tocar fondo. Entonces puede apoyar con fuerza los pies, afirmar las piernas, tomar impulso y emerger.
Comienza uno a ascender, y ve a todos aquellos que, sin haber tocado fondo, llevan una eternidad retorciéndose en el barro.
Sigue uno ascendiendo, y llega a la superficie, y aquellos que por ella pululan observan asombrados, entre la repugnancia y la compasión, los restos de suciedad del pasado vivido entre ponzoña y degeneración.
¡Pero qué placer observar sus caras de estupefacción, de envidia, cuando comprueban que aquel ser inmundo surgido de los abismos se eleva, por la fuerza del impulso dado, por encima de sus cabezas, y asciende, con la sonrisa beata de quien sabe de dónde procede, a alturas que ellos jamás imaginarían alcanzar!