Una vez conocí a un tipo que se quedó sin inspiración. Cierto es que, a medida que uno va acumulando experiencias, termina haciéndose con un catálogo de personajes particulares que se han cruzado en su vida y que, de una manera u otra, han dejado huella. Quizá este no sea el caso más extraño y, sin embargo, ha venido a mi memoria, tal vez como aviso de que lo podría pasarle a quien no tomara las medidas adecuadas.
Este tipo se quedó sin inspiración, como digo. Era un tipo original, puedo confirmarlo, chisposo, vivo. De un día para otro se quedó sin ideas. Buscó inspiración por todas partes, sólo o en las peores compañías, durante el día y por la noche, sobrio y ebrio de mil maneras diferentes. Nada. Sus ideas le habían abandonado.
Y desapareció de mi vida, como creo que de la de muchos otros, tal vez a esconderse, o a empezar una nueva vida de persona plana y vulgar.
Con el tiempo llegué a la conclusión de que las ideas no le habían abandonado, sino que, simplemente, se le habían agotado. Hay gente que tiene un número determinado de mensajes que dar a conocer a sus semejantes, de enseñanzas que transmitir. Mensajes realmente interesantes, pero en un número finito. Y cuando ya está todo dicho, sólo queda repetirse hasta la saciedad o pasar al discreto segundo plano.
Y es que es realmente duro, y meritorio, levantarse cada día con la misión de recibir nuevos estímulos que modifiquen tus ideas anteriores. Sin embargo, es necesario. Si no modificas tu concepción del mundo continuamente, al menos si no la actualizas cada poco tiempo, esa visión, y tú mismo, terminará quedando obsoleta y trillada. Es la paradoja de ser alguien diferente sin dejar, en el fondo, de ser el mismo.
sábado, 4 de abril de 2009