"Vaya tontería", pensó mientras leía el folleto del Concurso de Relatos. Lo había encontrado en el buzón, por alguno de esos azares de la vida, o tal vez porque alguien había guardado su dirección en una lista de posibles interesados.
Se trataba de un "Concurso de Microrrelatos" patrocinado por una empresa local. Lo de siempre: lema y plica, por triplicado, el premio escaso, el jurado omnipotente. "Lo de siempre hasta ahora", reflexionó, "que pronto todo se hará por Internet: sencilla clasificación, fácil eliminación. Y todo, desde luego, más impersonal si cabe".
Sólo el último punto de las bases le sorprendió. "El relato habrá de ser optimista y vital. El jurado podrá rechazarlo en caso de no cumplir los requisitos precedentes".
Comenzó a buscar entre los microrrelatos que ya tenía escritos. "A tirar de archivo, como dicen". Había acumulado durante años un corpus de unos 500 textos de lo más heterogéneo, que conservaba en el disco duro de su portátil.
Un par de horas después, y tras revisar la totalidad de los textos conservados, no había encontrado nada que pudiera considerarse "optimista y vital".
"Pero si he escrito con regularidad, ¿cómo puede ser?", y pasaba de un relato a otro sin encontrar más que desesperación, desesperanza, intranquilidad, inquietud, y otro montón de cualidades que comenzaban por prefijos negativos.
Decidió que lo escribiría a partir de aquellos momentos. Total, era un microrrelato, no debería de ser tan difícil.
Lo principal era desarrollar un estado de ánimo "optimista y vital", para que su texto fuera sincero, para reflejar en él los entresijos de su alma.
"Sólo quien se siente feliz puede escribir textos felices", sentenció.
Y entonces comprendió por qué ninguno de los 500 textos era "optimista y vital". Y comprendió, de paso, por qué no podría participar en aquel Concurso de Microrrelatos.
lunes, 11 de mayo de 2009