Para unos los héroes se construyen a base de fe. Esta les aporta la energía necesaria para llegar más allá, adonde otros no llegan. La fe convierte a un hombre normal en un hombre que se aproxima a la divinidad. Y los dioses son omnipotentes.
Para otros, sin embargo, el verdadero héroe es aquel que, aun habiendo perdido la fe, es capaz de seguir viviendo, de encontrar razones para persistir en el mundo aunque el sentido de este parezca no existir. Algo así como vivir la vida al borde de un precipicio, asomado a un abismo insondable, y no sentir el vértigo del fracaso.
¿Y qué pasa con los que dudan, con los que quieren tener fe pero no pueden, con los que ora la pierden, ora recogen los pedazos que van encontrando por ahí para tratar de reconstruirla? "A los tibios los expulsaré de mi boca", dijo aquel, y expulsó a tantos que casi se quedó solo.
Y aquel que hace ya tiempo que perdió la fe en lo que no da muestras de existir comienza, incluso, a perderla en aquello que ve, que toca, que parece existir. Como el ser humano, por ejemplo. ¿Queda alguien que verdaderamente siga teniendo fe en el ser humano?
El ser humano, al perder la fe en lo que le es externo, abre la puerta a la posibilidad de perder, por analogía, la fe en sí mismo.
Y me da a mí que el ser humano, a poco que lo observemos con detenimiento, es tan despreciable que no está preparado para resistir ninguna prueba de fe. Más bien al contrario.
lunes, 15 de junio de 2009