miércoles, 24 de junio de 2009

La erótica del no poder

En realidad, creo que el que se queda a un paso del triunfo absoluto es, en el fondo, un personaje trágico. Mucho más, desde luego, que aquel que ni siquiera se plantea vencer, ya sea por imposibilidad o por falta de ganas.
Sería divertido crear una galería de personajes trágicos de la sociedad moderna por oposición a los trágicos clásicos. Ya no hay dioses que jueguen con los humanos, ni que los pongan a prueba, tampoco oráculos que los despisten. Incluso las reglas morales, que son las reglas del juego en sociedad, parecen haber cambiado.
Ahora es trágico quien no consigue lo que quiere aun habiéndolo merecido. Ya no hay "juguetes de la fortuna", como se definía a sí mismo Romeo poco antes de suicidarse estúpidamente. Ahora los hombres son instrumentos a merced de su propio egoísmo, de su soberbia o vanidad; como mucho, podrían calificarse como instrumentos de la sociedad, o del dinero, o de otros elementos materiales que imponen su ley como los dioses de la antigüedad. Eritis sicut dii, le dijo la serpiente a Adán y a Eva, "seréis como dioses", y entonces el ser humano se liberó de un dios para someterse a una infinidad de ellos.
Por eso siempre consideré injusto ese momento decisivo en la vida de una persona en el que, después de luchar, tiene que decidir a una sola carta si es un triunfador o un fracasado. Y siempre pensé que justo antes de jugársela merecería la pena abandonar, decir algo así como "hasta aquí he llegado y prefiero que se me valore por ello antes que arriesgarme al fracaso". Nadie piensa como yo, sin embargo. El que no se arriesga no gana y el caramelo del triunfo y la gloria es demasiado dulce como para ser rechazado. Si alguien renunciara a las puertas de la victoria, se le llamaría cobarde.
Así está el mundo, que por cada triunfador contiene miles y miles de "valientes" fracasados.