Aquella idea cambiaría el mundo. Lo supo en cuanto le pasó por la mente, como un destello, como un fogonazo de luz. Era una idea genial, revolucionaria e innovadora, y tan sencilla de comprender... ¿cómo no se le había ocurrido a nadie antes?
El mundo tenía arreglo, y era tan fácil como un juego de niños.
Y en el año 5000 su nombre aparecería en los libros de historia junto con el de otros inmortales que contribuyeron con sus hechos o sus pensamientos, pero ningún nombre estaría escrito en letras tan destacadas como el suyo.
Y su biografía, cargada de errores por el paso del tiempo, manipulada por los siglos hasta convertirse en un abstracto ideal, rezaría algo así cómo: "Y fue el día tal, a tal hora, que fulanito recibió la revelación que cambiaría su destino y el de toda la humanidad". Ese día, ni que decir tiene, se convertiría en día festivo para conmemorar el hecho y agradecer que realmente sucediera.
Sólo faltaba hacer pública su idea. La gritaría a los cuatro vientos. No, mejor la escribiría. Uf, qué pereza le daba... Bueno, mejor se la diría a alguien para que ese alguien la extendiera, no en vano él había sido el creador, y era justo descansar después de la creación y dejar que mentes menos brillantes se sintieran también parte del asunto...
El problema era que no terminaba de fiarse. Nunca sabes quién ni cómo puede albergar el deseo de robar una idea. Dicen que Einstein robó la idea de la relatividad mientras estuvo trabajando en una oficina de patentes...
Así que decidió guardarse la idea para cuando realmente hiciera falta y él tuviera ganas de contarla. Total, nadie iba a arreglar el mundo antes que él, nadie hasta que él decidiera que era hora de poner manos a la obra.
Incluso llegó a pensar que, en este mundo de envidiosos, casi sería mejor no dar a conocer idea tan brillante como aquella que, de hecho, ya empezaba a desvanecerse en su mente, pues los fogonazos tampoco son eternos...
jueves, 18 de junio de 2009