Creo sinceramente que todo el mundo, absolutamente todo el mundo ha de tener el derecho (y, dado el caso, el deber), de encontrarse a sí mismo en el lugar que le sea conveniente, durante el tiempo que considere oportuno.
Y es que creo que todo el mundo, absolutamente todo el mundo ha de tener el derecho (y, dado el caso, el deber), de iniciar ese viaje espiritual que le reencuentre con su entorno, con su vida, que le haga encontrar razones para valorar cada latido del corazón, cada brizna de hierba, cada nube en el cielo, cada rayo de luz reflejado en los ojos del prójimo. Para valorarlo, o para odiarlo, si es necesario y si es esa la conclusión que ha decidido extraer de la vida.
"El espíritu humano se alimenta de nuevas experiencias".
Creo, en conclusión, que todo el mundo, absolutamente todo el mundo ha de tener el derecho (y, dado el caso, el deber), de buscar sus propias razones para seguir con vida, o de encontrar, en su defecto, sus propias razones para acabar con ella.
Y en lugar de observar a los que han encontrado su propio camino, en lugar de admirarlos, o de malinterpretarlos, de dejarnos atraer por su encanto o de sentir repulsión por sus actos, deberíamos limitarnos a buscar el nuestro.
Porque habría de ser un derecho inalienable, pero el mal uso de un derecho transforma este derecho en un deber, llámese moral, llámese personal, cuyo cumplimiento queda pendiente en el interior de cada uno, allí donde no valen tapaderas que disfracen la insinceridad de ingenio.
jueves, 2 de julio de 2009