Por eso me niego a contar ovejas para dormirme. Imaginármelas saltando la valla en una nube de algodón me produce insomnio. Son tontas, pero tampoco me ayudaría contar pequeños einsteins inteligentísimos. Son aburridas, pero tampoco me ayudaría ponerme a contar payasos.
Así que me sorprendo a mí mismo contando números. Uno, dos, tres, cuatro... y rara vez llego a mil. O me duermo, o me canso de contar y tengo que pensar en otra cosa.
Una vez, de hecho, empecé una libreta en la que escribía los números en letra, así, sin separación, porque sí, como método de relajación. Cuando estaba harto del mundo empezaba a escribir unodostrescuatrocincoseissiete, y seguía a la siguiente ocasión por donde lo había dejado la anterior.
No sé dónde quedó esta libreta, pero tampoco llegué a mil. ¿Dejé de estar harto del mundo? No, sencillamente me cansé de escribir.
Y es que parece que no, pero mil es mucho...
lunes, 13 de julio de 2009