martes, 8 de septiembre de 2009

El porqué de la náusea

Debe de ser que en cada lugar dejamos una impregnación, una marca, un rastro inapreciable de nuestro paso y de las sensaciones, buenas o malas, que en él hemos experimentado. Alegrías, tristezas, miedo, dolor, sorpresa. Y esa marca se hace más evidente, o más duradera, cuanto más intensa ha sido la emoción que la ha provocado.
Como los fantasmas que están obligados a vivir eternamente los momentos clave de su vida, y convierten en malditos, con sus apariciones, los lugares donde estos se produjeron.
¿Y qué sucede con el dolor existencial? ¿Y si alguien sufre sólo por existir, por estar vivo, por saber positivamente que en algún momento dejará de estarlo? En ese caso, el rastro se genera a cada paso y permanece mientras lo haga la vida de su creador.
De modo que, para cierto tipo de personas, volver a los lugares comunes es como revivir una fantasmagórica escena de dolor. En ese momento nace la náusea sartreana.
Y la única solución que se me ocurre para ese tipo de personas es huir, buscar lugares desconocidos, no volver nunca al lugar del crimen en que se ha convertido su vida.
Tal vez de ahí nazca mi gusto por no repetir nunca destino en mis viajes.