"Después de matarles lancé el arma al Támesis, me lavé las manos en el lavabo de un Burger King y volví a casa a esperar instrucciones".
El asesino a sueldo hizo lo que tenía que hacer. Él había seguido las instrucciones al pie de la letra, maldita sea. Cómo iba a saber que aquel niño estúpido se cruzaría en su camino. El azar, el siempre inesperado azar le había jugado, esta vez, una mala pasada.
La policía no le encontraría, al plan de huida era perfecto. Ni siquiera le hubieran buscado si el único asesinado hubiera sido ese mafioso despreciable. Pero el niño... el niño lo cambiaba todo. Ahora removerían cielo y tierra buscándole, sí, el asunto saldría en las noticias y una conmoción general removería las sucias entrañas de esa sociedad escandalizable sólo cuando quieren los medios.
Ese no era el problema. Tampoco lo sería su jefe, por más que trinara ante el error cometido y, más que probablemente, enviara a algún otro sicario para dispararle intentando cortar de raíz el resto del desagradable incidente.
El verdadero problema era aquel runrún en el cerebro. No estaba seguro, quizá se tratara de eso que llaman conciencia. ¿Cómo se le había ocurrido al imbécil de su amigo dejarle Crimen y castigo precisamente aquella semana?
Se miró al espejo, renegó de Dostoievski y de sus libros, de su amigo, de su jefe y de la puta vida, disparó contra su imagen y mil trozos de vidrio volaron en todas direcciones. Desde luego, era más fácil apretar el gatillo que soportar los remordimientos. El próximo disparo no reventaría el simple reflejo de su cabeza. Maldita sea.
jueves, 24 de septiembre de 2009