Sucede que llega un punto en el que ya no vale seguir el camino trazado, en que los objetivos siguen tan lejos que el desánimo inunda al caminante, en que las motivaciones que le llevaron a iniciar la andadura han quedado ya tan atrás que casi se pierden en los abismos de la memoria.
Entonces el caminante avanza por inercia, sin saber muy bien la causa ni la finalidad de los pasos que se van sucediendo, uno tras otro. Casi es mejor no pensar, pues ponerse a buscar porqués sólo llevaría al fracaso. Pero el caminante recuerda que fue el pensamiento el que le llevó a iniciar el camino. Su lógica era tan franca, tan aplastante... y ahora ni siquiera puede recordar cómo comenzaba...
Sucede que el caminante necesita, para continuar, una revelación que le muestre que sigue la senda correcta, que le reafirme en sus convicciones o que las quiebre y las sustituya definitivamente.
Porque toda una vida caminando en solitario, y contracorriente, mina la mentalidad más fuerte.
Sucede, sin embargo, que las revelaciones son tan escasas, tan valiosas, que su aparición, como la de una piedra preciosa, se da sólo muy de tarde en tarde. Y el caminante se pregunta por qué narices, precisamente como ocurre con las piedras preciosas, las revelaciones siempre acaban en malas manos.
miércoles, 2 de septiembre de 2009