Leí no hace mucho la historia de un señor que, siendo ya mayor, se dispuso a escribir sus memorias, no tanto para dejarlas como testimonio de su paso por el mundo como para entretener sus últimos años, o meses, en él. Así que acumuló energía, tomó su máquina de escribir y se puso manos a la obra.
Muy pronto aquel señor se dio cuenta de un detalle en el que no había reparado y que creo que nos sucedería a bastantes de nosotros si nos viéramos en sus circunstancias, y es que en su vida no había sucedido nada interesante, de tal modo que en tres o cuatro meses había recorrido a través de las páginas toda su juventud y su madurez, y había llegado al momento preciso en el que se encontraba escribiendo sus memorias.
La teclas de la máquina cesaron por un momento su incesante actividad. El viejo quedó pensativo. ¿Qué hacer, pues?
Decidió entonces inclinarse por la opción más lógica. Continuó, pues, escribiendo. Escribió sus memorias de las horas que sucederían inmediatamente, luego las del día siguiente. Unas semanas después sus memorias alcanzaban hasta la Navidad de dos años después de aquel en el que se encontraba.
Y lo más divertido no es que sus memorias fueran, por lo general, acertadas. Eso es más triste que divertido, y nos pasaría a muchos, y tendríamos así una prueba irrefutable de la adormecedora cotidianeidad de nuestras vidas. Lo más divertido es comprobar aquello en lo que falló, que fue en su propia muerte, pues cuando el viejo murió llevaba ya escritos, aparte de casi ochenta años de vida pasada, más de un centenar de la vida que aún le quedaba por vivir.
Falló en su muerte. O tal vez, simplemente, no quiso incluirla en sus memorias. En realidad, creo que nadie recuerda su propia muerte, de modo que esa omisión es comprensible.
Recordar el doble de lo que has vivido es, en cualquier caso, una rareza fascinante.
sábado, 17 de octubre de 2009