sábado, 21 de noviembre de 2009

El otro lado del mundo

"Estar tirado en una cuneta es como echar un vistazo a la cara oculta del mundo", pensó.
Kilómetros de asfalto que reducen distancias pero que son capaces de crear sobre su costado pequeños inframundos llenos de erizos atropellados, de perros que intentaron cruzar la carretera, de reptiles que reventaron por el calor, de restos de goma y neumático, de manchas de aceite, de chapas de refresco y latas de bebida, de despojos de obras de acondicionamiento perdidas en el tiempo. Aquí, un zapato venido de nadie sabe dónde; allí, una muñeca de trapo desvencijada, un paquete de pañuelos de papel desteñido por el polvo y el sol.
"Una cuneta es como una alcantarilla, un gueto, un submundo cuya existencia todos conocen pero a cuyo lado todos pasan girando la cabeza y tapándose los oídos. Una realidad que todo el mundo prefiere ignorar".
Notaba cada poco ráfagas de aire provocadas por vehículos que pasaban junto a él a velocidad de vértigo con un destino determinado y sin paradas programadas en aquel punto desértico.
"Y si esto recuerda un paisaje decadente y postapocalíptico, y si sólo existe podredumbre, ¿qué narices hago yo aquí?".
Trató de levantarse. Le dolía la mano derecha. Comprobó que sangraba abundantemente.
"Alguien debe haberme dejado tirado... sí... el de ahí arriba, que me ha abandonado definitivamente... ya me extrañaba que no lo hubiera hecho antes...".
Posó su mirada en un punto del horizonte infinito y comenzó a caminar hacia él. Allí el pasillo de asfalto parecía confluir como las líneas pictóricas de una perspectiva renacentista.