lunes, 16 de noviembre de 2009

Jaque mate

Los dioses se sentaron alrededor de la mesa, pidieron unos tragos y comenzaron el juego. En el centro, sobre un tapete en perfecto estado, el gran tablero del mundo. Ni era la mejor partida de la historia, ni la partida más larga jamás jugada. Era una partida más, unos milenios echados a suerte, un entretenimiento para seres inmortales.
Tiraban los dados y caían imperios, o surgían ideologías, o el ser humano realizaba descubrimientos aparentemente milagrosos. Una pizca de religión para crear confusión, unos granos de ciencia, sólo unos pocos, no vayan a pensar que son perfectos. Era divertido verlos discutir, algunos dioses cogían cariño a ciertos personajes o a ciertas sociedades que les adoraban con especial veneración. Daba igual, a la larga todos terminaban cayendo. Era el juego.
Y allí abajo preguntándose por el sentido de la historia, y por el futuro de la especie, y por la verdad absoluta, y por el fin del mundo.
Cualquier día uno de los dioses se enfadaría por cómo transcurría su partida, volcaría el tablero y se acabaría el mundo. Los demás le reprocharían con cara de enfado su gesto, pero no sería un reproche severo. Había tiempo de sobra para comenzar una sesión diferente.
Así había sido siempre, ¿para qué cambiarlo?