jueves, 12 de noviembre de 2009

Renglones torcidos en DIN A4

Dicen que hay ciertas cosas que no recuerdo. Ausencias, las llaman. Dicen que hago cosas, que digo cosas, que actúo con normalidad pero que, pasado un tiempo, las borro de mi memoria como si no hubieran existido.
Dicen que llegué a la recepción del hotel, que pregunté por la habitación 611, que no di muestra alguna de indisposición o enajenación. El recepcionista da fe de ello. También dicen que tomé el ascensor, que crucé el pasillo y que llamé a la puerta indicada. Así al menos, lo aseguran el ascensorista y una de las señoras de la limpieza. Incluso aseguran que me abrieron y que me vieron entrar.
Luego dicen que maté a aquel hombre, que le clavé veintitrés veces en el torso una de las plumas estilográficas que adornaban el aparador. Desafortunadamente para la correcta comprensión de los hechos yo había cerrado la puerta, así que ni el ascensorista ni la señora de la limpieza pueden asegurar esto. Lo aseguran unos tipos que se dicen policías pero que, por supuesto, no estaban allí.
También dicen que salí unos minutos después, sin rastro aparente de sangre, sin muestras de inquietud y sin dejar mis huellas ni en la habitación ni en el arma homicida.
Pero si no llevaba guantes ni protectores, ¿por qué mis huellas se resisten a aparecer? Pero si no conocía a aquel tío, ¿por qué me abrió la puerta?
Pero si no recuerdo nada, ni haber estado en el hotel, ni haber saludado al recepcionista, ni haberme encontrado con nadie, si me considero incapaz de matar una mosca, ¿cómo pude clavar una pluma estilográfica veintitrés veces en el torso de otro hombre?
Dicen que tuve que ser yo. Sin embargo, y si no fuera por la incómoda angustia de estar encerrado y privado de libertad, me entretendría pensando que quieren volverme loco y que un inmenso complot pretende hacerme creer que mi realidad es distinta de la de todos los demás.