El temor había comenzado a extenderse un par de semanas antes. Las noticias que llegaban de Estados Unidos habían sido inquietantes, y las imágenes que las cámaras de los reporteros y enviados especiales habían podido captar sobrepasaban toda lógica. ¿Cómo había podido ocurrir eso en un país civilizado? Disturbios, enfrentamientos, escasez, guerrillas urbanas que practicaban a su antojo el vandalismo. ¿Podría pasar lo mismo aquí?
Nadie hablaba del tema, esperando todos que el silencio y el olvido disiparan la amenaza. Pero el día 2 de enero se cumplieron los peores augurios. Los Reyes Magos, al igual que había hecho Papá Noel en la Navidad americana, habían convocado una huelga indefinida.
Inmediatamente el Estado puso en marcha todos los mecanismos a su alcance para evitar la catástrofe. Nombró para empezar un Consejo de Mediación en el que se encontraba el mismo Presidente del Gobierno junto a los ministros de Economía, Trabajo e Industria, y convocó una reunión de urgencia entre el sindicato de los Reyes Magos y la patronal industrial y juguetera. Declaró la Alerta Nacional y puso al ejército en guardia para un posible estado de excepción. Había que esperar lo peor.
Los Reyes Magos se presentaron a la reunión con un pliego de reivindicaciones apoyadas por todo el gremio, en el que se incluían los pajes, los camellos, los conductores de carrozas, los obreros del juguete y los empleados de las fábricas de caramelos: reforma del horario de trabajo y del calendario laboral, pues consideraban inhumano, en los tiempos que corrían, reducir todo el año a una sola noche; renegociación de unos salarios cuyas últimas mejoras se perdían en la noche de los tiempos; un mejor tratamiento fiscal, al tratarse de una actividad considerada de alto riesgo tanto por los peligros del transporte en camello y las entradas por los balcones como por la manipulación de algunas sustancias que, aun siendo regalos, estaban tipificadas por la ley como peligrosas. La patronal difícilmente iba a aceptar tales condiciones y las negociaciones, endurecidas por la premura de tiempo, parecían extremadamente complicadas.
Mientras tanto, durante los días 3 y 4 de enero el país entraba en estado de histeria. Los saqueos se prodigaban en tiendas y centros comerciales, los niños y sus padres salían a las calles en manifestaciones multitudinarias, el ejército se veía impotente ante la avalancha de disturbios y el malestar social. La WWF hizo público un comunicado apoyando a los huelguistas y solicitando protección y apoyo económico a los camellos, lo cual encendió aún más los ánimos. Un escaso grupo de pajes, contrarios a la huelga, fueron violentamente reducidos por varios piquetes al grito de “esquiroles, esquiroles”. Incluso hubo quien tachó de racistas ciertas alusiones del Presidente de la Patronal al Rey Baltasar.
El día 5 parecía claro que Melchor, Gaspar y Baltasar no saldrían, como todos los años, a repartir sus regalos. La huelga continuaba, y ni un milagro hubiera podido permitir que las infraestructuras necesarias quedaran montadas a tiempo. Entonces el pueblo tomó medidas desesperadas: los padres comenzaron a fabricar juguetes artesanales para sus hijos, en un intento por salvarles la Navidad: tallaban muñecos de madera, inventaban inverosímiles juegos de mesa, tejían vestidos para las muñecas, jerséis de lana, disfraces de pirata. Cesaron los saqueos y las protestas, considerados ya inútiles, y los instrumentos del Estado, y los sindicalistas, y los patronos observaron con sorpresa cómo cada individuo, en una autarquía obligada por los acontecimientos, conseguía satisfacer las necesidades propias y de aquellos que los rodeaban.
El día 6 amaneció sin tensiones, sin enfrentamientos, sin manifestaciones, sin luchas, sin Comisión de Mediación, sin sindicatos, sin patronales, sin ejército, sin Gobierno, sin Presidente, sin Reyes Magos. El día 6 todos eran felices con lo poco que habían logrado crear con sus propias manos y regalar a los otros. “Las Navidades se pasan al anarquismo”, tituló aquel día un periódico de tirada nacional. Desde luego, diferentes sí que habían sido.
jueves, 31 de diciembre de 2009
martes, 29 de diciembre de 2009
Anticuentos de Navidad. 4.- El almacén más grande jamás construido
José Manuel entró en el Megamarkt a empujones en el interior de una colosal marea de gente, atravesó el vestíbulo y tras franquear una barrera electrónica se sumergió de lleno en una marabunta de expositores. “Megamarkt, los mayores Grandes Almacenes del mundo”. Una infinidad de carteles anunciadores, precios ridículos, diseños y colores se abrió ante sus ojos. “Venga esta Navidad, lo tenemos todo”.
José Manuel comenzó a caminar entre productos de cocina, artículos deportivos, ropa, herramientas de jardín, repuestos de vehículos, jabones y cremas, paquetes de galletas, instrumentos musicales. Buscaba la sección de juguetes, y lo hacía en el peor momento: Nochebuena a las siete de la tarde. Luisito había visto la noche antes en los anuncios de la tele un muñeco vestido de militar y quemándolo todo a su paso y una lucecita se había encendido en su mente: “Quiero el Astromán Lanzallamas”. Inútiles habían sido los intentos de razonar, las buenas palabras de su madre, los reniegos de José Manuel. “Quiero el Astromán Lanzallamas”. Los llantos, pataleos y refunfuños amenazaron con sacudir los cimientos de la casa hasta que Luisito consiguió la promesa de que el día de Navidad tendría a los pies de su cama, al amanecer, el muñeco en cuestión. Y allí estaba José Manuel, buscando como un estúpido el puto Astromán Lanzallamas de los cojones. Últimamente, consideró, se arrepentía con más frecuencia de lo normal de haber tenido hijos. Ya era tarde, no obstante, para cambiar eso.
La sección de juguetes se le resistía. Había dejado atrás las cubiertas de bicicleta y caminaba entre patas de jamón cuando le pareció ver que un empleado de Megamarkt desaparecía tras una esquina. Aceleró el paso y lo buscó con la mirada, pero el empleado había desaparecido en la sección de productos de limpieza. Continuó su búsqueda. Se hacía tarde y no era cuestión de perder el tiempo.
Después de media hora de paseos infructuosos comenzó a inquietarse. ¿Y los empleados? Buscó la zona de cajas, y se dio cuenta de que no recordaba el camino de vuelta. ¿Había atravesado ya el pasillo de artículos de cuero? Sí, varias veces. ¿Y el de perfumes? Al menos en tres ocasiones. Trató de preguntar a algún otro cliente por el camino de salida, pero todos le respondían con evasivas y vagas indicaciones que no llevaban a ninguna parte.
En un momento dado tropezó con un señor mayor que peleaba con una joven por un delantal de cocina. Ambos lo tenían agarrado y juraban haberlo visto primero. Gritaban y gesticulaban en una escena realmente desagradable. En un momento dado, el viejo tomó un mazo de uno de los estantes y golpeó con él a la chica en la cabeza. La chica calló al suelo, inconsciente, y el viejo salió huyendo con su delantal. José Manuel se acercó. De la sien derecha de la chica brotaba un hilo de sangre. Entonces José Manuel comenzó a correr buscando ayuda. Todos le observaban, todos parecían oírle, pero nadie movía un dedo. ¿Y la seguridad? Corrió sin detenerse. En algún lugar tenía que acabarse esa demencial exposición de productos. Bañadores, disfraces, aceitunas, mueblería, plantas de jardín. Una hora después decidió volver a casa. Que les dieran al viejo asesino, a Luisito y a Astromán, a la chica inconsciente que, de todas formas, no sabría volver a localizar en el mar de pasillos. Se paró a descansar en un conjunto de sillas de terraza. Junto a él estaba sentado un viejo decrépito que, inmóvil, parecía mirar una barbacoa. Por la palidez de su piel y un cierto mal olor que desprendía José Manuel comprendió que estaba muerto. Quizá le hubiera dado un infarto mientras elegía el tipo de abono que ponerle a sus geranios. Quizá, simplemente, tenía que morir. En apariencia llevaba allí varios días.
José Manuel se alejó a toda velocidad, buscó la salida, tropezó con tiendas de campaña, bicicletas estáticas, puestos de naranja y aceites lubricantes. No vio nada parecido a la sección de juguetes, desde luego. Finalmente encontró una hilera de personas que hacían cola y que parecía perderse en el infinito. Intentó adelantarse, recibió una reprimenda y decidió esperar su turno. Tres horas después, no se había movido ni un palmo.
- ¿Qué pasa? – le preguntó a la señora de delante, sin recibir respuesta. Decidió insistir. - ¿Es que esto no avanza? ¡Que nos quedamos sin Nochebuena!
- ¿Nochebuena? – la señora le miró como quien observa a un paciente de manicomio. – Yo llevo aquí desde el puente de la Constitución y no me quejo.
En ese momento José Manuel se arrodilló en el suelo y comenzó a llorar como un bebé. ¿Adónde llevaría la cola? Ni siquera se atisbaban las cajas y la salida parecía una utopía. Quizá si tomara un paquete de salchichas y las asara en la sección de barbacoas sobreviviría hasta el día siguiente…
José Manuel comenzó a caminar entre productos de cocina, artículos deportivos, ropa, herramientas de jardín, repuestos de vehículos, jabones y cremas, paquetes de galletas, instrumentos musicales. Buscaba la sección de juguetes, y lo hacía en el peor momento: Nochebuena a las siete de la tarde. Luisito había visto la noche antes en los anuncios de la tele un muñeco vestido de militar y quemándolo todo a su paso y una lucecita se había encendido en su mente: “Quiero el Astromán Lanzallamas”. Inútiles habían sido los intentos de razonar, las buenas palabras de su madre, los reniegos de José Manuel. “Quiero el Astromán Lanzallamas”. Los llantos, pataleos y refunfuños amenazaron con sacudir los cimientos de la casa hasta que Luisito consiguió la promesa de que el día de Navidad tendría a los pies de su cama, al amanecer, el muñeco en cuestión. Y allí estaba José Manuel, buscando como un estúpido el puto Astromán Lanzallamas de los cojones. Últimamente, consideró, se arrepentía con más frecuencia de lo normal de haber tenido hijos. Ya era tarde, no obstante, para cambiar eso.
La sección de juguetes se le resistía. Había dejado atrás las cubiertas de bicicleta y caminaba entre patas de jamón cuando le pareció ver que un empleado de Megamarkt desaparecía tras una esquina. Aceleró el paso y lo buscó con la mirada, pero el empleado había desaparecido en la sección de productos de limpieza. Continuó su búsqueda. Se hacía tarde y no era cuestión de perder el tiempo.
Después de media hora de paseos infructuosos comenzó a inquietarse. ¿Y los empleados? Buscó la zona de cajas, y se dio cuenta de que no recordaba el camino de vuelta. ¿Había atravesado ya el pasillo de artículos de cuero? Sí, varias veces. ¿Y el de perfumes? Al menos en tres ocasiones. Trató de preguntar a algún otro cliente por el camino de salida, pero todos le respondían con evasivas y vagas indicaciones que no llevaban a ninguna parte.
En un momento dado tropezó con un señor mayor que peleaba con una joven por un delantal de cocina. Ambos lo tenían agarrado y juraban haberlo visto primero. Gritaban y gesticulaban en una escena realmente desagradable. En un momento dado, el viejo tomó un mazo de uno de los estantes y golpeó con él a la chica en la cabeza. La chica calló al suelo, inconsciente, y el viejo salió huyendo con su delantal. José Manuel se acercó. De la sien derecha de la chica brotaba un hilo de sangre. Entonces José Manuel comenzó a correr buscando ayuda. Todos le observaban, todos parecían oírle, pero nadie movía un dedo. ¿Y la seguridad? Corrió sin detenerse. En algún lugar tenía que acabarse esa demencial exposición de productos. Bañadores, disfraces, aceitunas, mueblería, plantas de jardín. Una hora después decidió volver a casa. Que les dieran al viejo asesino, a Luisito y a Astromán, a la chica inconsciente que, de todas formas, no sabría volver a localizar en el mar de pasillos. Se paró a descansar en un conjunto de sillas de terraza. Junto a él estaba sentado un viejo decrépito que, inmóvil, parecía mirar una barbacoa. Por la palidez de su piel y un cierto mal olor que desprendía José Manuel comprendió que estaba muerto. Quizá le hubiera dado un infarto mientras elegía el tipo de abono que ponerle a sus geranios. Quizá, simplemente, tenía que morir. En apariencia llevaba allí varios días.
José Manuel se alejó a toda velocidad, buscó la salida, tropezó con tiendas de campaña, bicicletas estáticas, puestos de naranja y aceites lubricantes. No vio nada parecido a la sección de juguetes, desde luego. Finalmente encontró una hilera de personas que hacían cola y que parecía perderse en el infinito. Intentó adelantarse, recibió una reprimenda y decidió esperar su turno. Tres horas después, no se había movido ni un palmo.
- ¿Qué pasa? – le preguntó a la señora de delante, sin recibir respuesta. Decidió insistir. - ¿Es que esto no avanza? ¡Que nos quedamos sin Nochebuena!
- ¿Nochebuena? – la señora le miró como quien observa a un paciente de manicomio. – Yo llevo aquí desde el puente de la Constitución y no me quejo.
En ese momento José Manuel se arrodilló en el suelo y comenzó a llorar como un bebé. ¿Adónde llevaría la cola? Ni siquera se atisbaban las cajas y la salida parecía una utopía. Quizá si tomara un paquete de salchichas y las asara en la sección de barbacoas sobreviviría hasta el día siguiente…
domingo, 27 de diciembre de 2009
Anticuentos de Navidad. 3.- El elfo que quiso dinamitar la Navidad
El tipo vestido de elfo y con una mochila al hombro atravesó las puertas del centro comercial. Dejó atrás con paso decidido tiendas de ropa de última moda, una zapatería, una hamburguesería, una librería, un quiosco de comida rápida especializado en sándwiches de pollo, y se dirigió directamente a la encrucijada de galerías en la que Papá Noel estaba recibiendo a todos los niños de la ciudad que quisieran visitarle. Se acercó, abrió la verja y pasó junto a una composición de renos de plástico hasta situarse junto al más querido personaje navideño que, cómo no, sostenía sobre sus rodillas a un niño de gruesas gafas y aspecto de listillo:
- …y también quiero un microscopio, y un juego de cartas, y una consola…
Papá Noel contempló al niño con sonrisa profesional, resopló al observar la cola que aún esperaba junto a la verja y le susurró al tipo vestido de elfo:
- Joder, Paco, llegas media hora tarde, ya te vale…
Paco no contestó. Su metro y medio de estatura le convertían en la persona ideal para llevar el disfraz de elfo. Entre los empleados del centro comercial, desde luego, no había existido duda alguna. “Venga, Paco, si sólo te faltan las orejas puntiagudas”, le habían dicho con sorna. Gilipollas…
- …y un coche a control remoto, y un juego de construcción, y el castillo del Conde Drácula…
El niño continuaba su letanía y había quien ya empezaba a impacientarse en la cola. Ahora fue Paco quien se acercó a Papa Noél:
- Arturo… Arturo…
- ¿Sí?
- Tengo la mochila cargada de dinamita y voy a volar esta mierda de centro comercial con todos dentro.
- ¿Qué?
- Lo que oyes, Arturo…
- Venga, Paco, no me jodas…
Entonces Arturo giró la cabeza. Paco había abierto la mochila. En ella, junto a unos guantes de pelo y un gorro con cascabeles había algo rodeado de cables. Algo que podían ser, perfectamente, unos cartuchos de dinamita. Arturo se descentró y casi se cae de la silla. El niño comenzó a tirarle de la barba:
- …Papá Noel, que no me escuchas, y una bici, una bici azul…
- Te lo digo a ti, Arturo, porque sé que tú lo entenderás. Sólo a ti. Es la hora.
Arturo, por supuesto, no entendía nada. El niño estaba comenzando a desmontarle la cara a base de tirones.
- ¡Papá Noel! ¡Papá Noel! ¡Y el barco pirata! ¡No te olvides del barco pirata!
Las barbas se le cayeron, las gafas se le desajustaron, el niño seguía gritando y Paco se estaba poniendo los guantes y el gorro de cascabeles.
- ¡¡¡¡¡Papá Noeeeeeelllll!!!!!
- ¿Te quieres callar de una vez, coño?
Entonces se desencadenaron los acontecimientos. El padre del niño, que esperaba en la verja, dio un respingo y comenzó a gesticular. Mientras tanto, Paco se subía a uno de los renos, sacaba de su mochila algo que perfectamente podía ser un detonador y rompía a bramar amenazas y barbaridades.
Segundos después corrían todos, o se tiraban al suelo, o rezaban por sus vidas. El niño desapareció en un santiamén y Arturo se pasó la mano por la frente:
- Mierda. Creo que este año me quedo sin paga extra…
- …y también quiero un microscopio, y un juego de cartas, y una consola…
Papá Noel contempló al niño con sonrisa profesional, resopló al observar la cola que aún esperaba junto a la verja y le susurró al tipo vestido de elfo:
- Joder, Paco, llegas media hora tarde, ya te vale…
Paco no contestó. Su metro y medio de estatura le convertían en la persona ideal para llevar el disfraz de elfo. Entre los empleados del centro comercial, desde luego, no había existido duda alguna. “Venga, Paco, si sólo te faltan las orejas puntiagudas”, le habían dicho con sorna. Gilipollas…
- …y un coche a control remoto, y un juego de construcción, y el castillo del Conde Drácula…
El niño continuaba su letanía y había quien ya empezaba a impacientarse en la cola. Ahora fue Paco quien se acercó a Papa Noél:
- Arturo… Arturo…
- ¿Sí?
- Tengo la mochila cargada de dinamita y voy a volar esta mierda de centro comercial con todos dentro.
- ¿Qué?
- Lo que oyes, Arturo…
- Venga, Paco, no me jodas…
Entonces Arturo giró la cabeza. Paco había abierto la mochila. En ella, junto a unos guantes de pelo y un gorro con cascabeles había algo rodeado de cables. Algo que podían ser, perfectamente, unos cartuchos de dinamita. Arturo se descentró y casi se cae de la silla. El niño comenzó a tirarle de la barba:
- …Papá Noel, que no me escuchas, y una bici, una bici azul…
- Te lo digo a ti, Arturo, porque sé que tú lo entenderás. Sólo a ti. Es la hora.
Arturo, por supuesto, no entendía nada. El niño estaba comenzando a desmontarle la cara a base de tirones.
- ¡Papá Noel! ¡Papá Noel! ¡Y el barco pirata! ¡No te olvides del barco pirata!
Las barbas se le cayeron, las gafas se le desajustaron, el niño seguía gritando y Paco se estaba poniendo los guantes y el gorro de cascabeles.
- ¡¡¡¡¡Papá Noeeeeeelllll!!!!!
- ¿Te quieres callar de una vez, coño?
Entonces se desencadenaron los acontecimientos. El padre del niño, que esperaba en la verja, dio un respingo y comenzó a gesticular. Mientras tanto, Paco se subía a uno de los renos, sacaba de su mochila algo que perfectamente podía ser un detonador y rompía a bramar amenazas y barbaridades.
Segundos después corrían todos, o se tiraban al suelo, o rezaban por sus vidas. El niño desapareció en un santiamén y Arturo se pasó la mano por la frente:
- Mierda. Creo que este año me quedo sin paga extra…
viernes, 25 de diciembre de 2009
Anticuentos de Navidad. 2.- El hombre que debió reinar
- Manolo, ponme un pacharán.
- ¿Estás seguro, Pepe? Que yo te lo pongo, pero que es Nochebuena. ¿No te estará esperando tu señora?
- ¡Coño, Manolo! ¿Y tú quién eres, mi madre? Ponte la copa y déjate de tonterías…
Manolo calló, como un buen barman, y Pepe le dio el primer sorbo al pacharán. Nochebuena. ¿Y qué más daba? ¿Acaso no iba todas las Nochebuenas a tomarse una copita antes de la cena? ¿Acaso no lo hacía todos los días? Desde luego es que este Manolo, cuando empezaba con los remilgos…
No había mucha gente aquella noche en el bar. Como sucedía casi siempre, de hecho. Los cuatro parroquianos habituales y aquel tipo desconocido, sentado junto a Pepe y tomando un cortado. No era habitual que los forasteros se detuvieran por allí.
- Y tú, ¿qué haces por aquí?
- Nada en especial. Celebro mi cumpleaños.
- Pues vaya. ¿No tenías otro sitio mejor?
El forastero esbozo una media sonrisa con regusto amargo. Pepe le devolvió la sonrisa y le ofreció la mano.
- Soy Pepe.
- Yo, Jesús.
- Coño, claro. Jesús, que cumple años en Navidad. Con razón te pusieron ese nombre, ¿no? ¿Y cuántos cumples, si no es mucho preguntar?
Jesús volvió a sonreír apaciblemente. “A los hombres no les importa confesar su edad”, pensó Pepe.
- Muchos. – Contestó. – Dos mil y pico.
La sonrisa se borró del rostro de ambos. Pepe soltó la mano que hasta entonces estrechaba. “Otro loco”. Miró a Manolo, que fregaba vasos al otro lado de la barra y había desatendido la conversación desde antes de que esta comenzara. Al fin y al cabo, una charla absurda le distraería un rato antes de volver a casa.
- Sí, ya, claro… pues bien llevados, chaval.
- Bueno, ya sabes… Después de resucitar de entre los muertos uno deja de envejecer para toda la eternidad.
Pepe apuró el pacharán de un trago y pidió otro inmediatamente. Manolo le puso cara de reproche pero le sirvió igual. “Si él fuera yo”, pensó Pepe, “estaría en casa con su mujer en lugar de chupar en un bar. Que le den…”. Miró la hora, todavía no era tarde. El desconocido seguía allí sentado. Tal vez sería divertido continuar la farsa.
- Y bien… así que llevas toda la eternidad vagando por el mundo, ¿eh?... como un condenado.
- Bueno, -respondió Jesús-. En realidad cumplo una misión.
- Una misión divina, supongo.
Jesús asintió y volvió a su media sonrisa de beatitud.
- ¿Y se puede saber cuál es esa misión? No será un secreto…
- No, en realidad no. Se trata simplemente de ajustar cuentas pendientes. Por la falta de fe de los hombres fui asesinado, y hasta que los hombres no recuperen esa fe perdida no podré salvarles. Cada Nochebuena elijo una buena persona, un alma descarriada, y le confieso mi identidad. Él sólo tiene que creerme. Sólo con su fe sincera este mundo abriría sus puertas a una nueva era de paz, y de amor, y de confraternidad. Sólo necesito que me crean.
- Vaya, tremenda historia – respondió con sorna Pepe-. ¿Y a quién has elegido este año?
Jesús calló. Pepe también calló, y pensó. Miró a Jesús y este le miraba a él, y en sus ojos Pepe encontró un universo de paz, una promesa de eternidad.
Mierda.
Pepe apuró el segundo pacharán, le dejó el dinero a Manolo y se incorporó.
- Me voy.
- ¿Te vas?
- Sí, tengo que irme, mi mujer me espera.
- Hace un minuto has pensado que aún era pronto.
- ¿Ahora lees los pensamientos? Hace un minuto era pronto, ya no lo es.
- No me crees. ¿Es eso?
Cuando cerró tras de sí la puerta del bar, todavía Jesús le estaba mirando. Lo último que vio Pepe fueron sus ojos. Pero esta vez no reflejaban paz, no reflejaban amor. Reflejaban una profunda y severa tristeza.
- ¿Estás seguro, Pepe? Que yo te lo pongo, pero que es Nochebuena. ¿No te estará esperando tu señora?
- ¡Coño, Manolo! ¿Y tú quién eres, mi madre? Ponte la copa y déjate de tonterías…
Manolo calló, como un buen barman, y Pepe le dio el primer sorbo al pacharán. Nochebuena. ¿Y qué más daba? ¿Acaso no iba todas las Nochebuenas a tomarse una copita antes de la cena? ¿Acaso no lo hacía todos los días? Desde luego es que este Manolo, cuando empezaba con los remilgos…
No había mucha gente aquella noche en el bar. Como sucedía casi siempre, de hecho. Los cuatro parroquianos habituales y aquel tipo desconocido, sentado junto a Pepe y tomando un cortado. No era habitual que los forasteros se detuvieran por allí.
- Y tú, ¿qué haces por aquí?
- Nada en especial. Celebro mi cumpleaños.
- Pues vaya. ¿No tenías otro sitio mejor?
El forastero esbozo una media sonrisa con regusto amargo. Pepe le devolvió la sonrisa y le ofreció la mano.
- Soy Pepe.
- Yo, Jesús.
- Coño, claro. Jesús, que cumple años en Navidad. Con razón te pusieron ese nombre, ¿no? ¿Y cuántos cumples, si no es mucho preguntar?
Jesús volvió a sonreír apaciblemente. “A los hombres no les importa confesar su edad”, pensó Pepe.
- Muchos. – Contestó. – Dos mil y pico.
La sonrisa se borró del rostro de ambos. Pepe soltó la mano que hasta entonces estrechaba. “Otro loco”. Miró a Manolo, que fregaba vasos al otro lado de la barra y había desatendido la conversación desde antes de que esta comenzara. Al fin y al cabo, una charla absurda le distraería un rato antes de volver a casa.
- Sí, ya, claro… pues bien llevados, chaval.
- Bueno, ya sabes… Después de resucitar de entre los muertos uno deja de envejecer para toda la eternidad.
Pepe apuró el pacharán de un trago y pidió otro inmediatamente. Manolo le puso cara de reproche pero le sirvió igual. “Si él fuera yo”, pensó Pepe, “estaría en casa con su mujer en lugar de chupar en un bar. Que le den…”. Miró la hora, todavía no era tarde. El desconocido seguía allí sentado. Tal vez sería divertido continuar la farsa.
- Y bien… así que llevas toda la eternidad vagando por el mundo, ¿eh?... como un condenado.
- Bueno, -respondió Jesús-. En realidad cumplo una misión.
- Una misión divina, supongo.
Jesús asintió y volvió a su media sonrisa de beatitud.
- ¿Y se puede saber cuál es esa misión? No será un secreto…
- No, en realidad no. Se trata simplemente de ajustar cuentas pendientes. Por la falta de fe de los hombres fui asesinado, y hasta que los hombres no recuperen esa fe perdida no podré salvarles. Cada Nochebuena elijo una buena persona, un alma descarriada, y le confieso mi identidad. Él sólo tiene que creerme. Sólo con su fe sincera este mundo abriría sus puertas a una nueva era de paz, y de amor, y de confraternidad. Sólo necesito que me crean.
- Vaya, tremenda historia – respondió con sorna Pepe-. ¿Y a quién has elegido este año?
Jesús calló. Pepe también calló, y pensó. Miró a Jesús y este le miraba a él, y en sus ojos Pepe encontró un universo de paz, una promesa de eternidad.
Mierda.
Pepe apuró el segundo pacharán, le dejó el dinero a Manolo y se incorporó.
- Me voy.
- ¿Te vas?
- Sí, tengo que irme, mi mujer me espera.
- Hace un minuto has pensado que aún era pronto.
- ¿Ahora lees los pensamientos? Hace un minuto era pronto, ya no lo es.
- No me crees. ¿Es eso?
Cuando cerró tras de sí la puerta del bar, todavía Jesús le estaba mirando. Lo último que vio Pepe fueron sus ojos. Pero esta vez no reflejaban paz, no reflejaban amor. Reflejaban una profunda y severa tristeza.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Anticuentos de Navidad. 1.- Papá Noel no tiene quien le escriba
Papá Noel salió a la puerta, como las anteriores cien veces, a comprobar el buzón. Y, como las anteriores cien veces, el buzón continuaba vacío. Un rictus de desagrado y angustia se dibujó en su rostro. Bajó la cabeza y, negando en silencio, se dirigió al establo. Allí Rudolf pacía afablemente. Papá Noel le acarició el lomo.
- Ni una sola carta, ¿sabes, Rudolf? Quedan cinco días para Navidad y no hemos recibido ni una sola carta. Ya nadie se interesa por nosotros. Aquellos sí que eran buenos tiempos, ¿te acuerdas?
Rudolf no contestó, sino que continuó con los morros hincados en la alfalfa y la cara de boba incomprensión que ponen los renos cuando les habla un humano. Entretanto, Papá Noel le había desatado la brida y, con ella en la mano, volvió a casa.
Se estaba bien allí dentro. Al calor del hogar el invierno era más placentero. No hace mucho en fechas semejantes el salón se encontraría sumergido en cartas de niños que, ilusionados, pedían sus juguetes. Ahora nada, ¿quién se iba a preocupar por mandar cartas a Laponia cuando las tiendas estaban a dos pasos, cuando todo podía comprarse o encargarse por internet a precios económicos?
Papá Noel cogió una silla, la puso en el centro del salón y se puso en pie sobre ella. Tan sólo se oía el crepitar del fuego y, fuera, la fría brisa del invierno ártico. Ató un extremo de la brida de Rudolf a una de las vigas del techo, y con el otro extremo fabricó en unos segundos un nudo corredizo. ¡Cuántas veces nudos semejantes le habían apañado averías en el trineo, siempre inoportunas! Ese trineo que no volvería a ser usado… Por su mente pasó una vez más, como tantas en el último año, el eslogan de aquellos grandes almacenes que servían a domicilio. “Te llevamos las Navidades a casa”, rezaban los carteles y cantaban en el anuncio empleados alegres mientras niños y padres satisfechos danzaban a su alrededor. ¡Cuánto daño le había hecho aquel anuncio! ¿Quién iba ya a esperar que un gordo entrara por la chimenea con un trineo volador? El camión de reparto, sin recargo, llegaba puntual y eficazmente. En fin, su tiempo había pasado, era evidente… Ya lo dicen, ¿no?: renovarse o morir…
Papá Noel tenía ya la brida alrededor del cuello y estaba dispuesto a saltar de la silla cuando una luz destelló en forma de idea. ¡Claro! Se renovaría. Vendería cara su piel.
Entonces se sacó del cuello la brida en forma de nudo corredizo, tomó la silla y se dirigió al ordenador. Se había hecho con aquel pentium hacía ya unos años, aprovechando una buena oferta que incluía impresora y antivirus, pero apenas lo había utilizado. Ahora había llegado el momento. Se modernizaría, entraría a formar parte de la familia de internet. ¿Que los demás venden a través de la red? Él también lo haría. ¿Que los demás te lo llevan a casa? Él también, y más rápido, no en vano tenía un trineo que viajaba por los aires y llevaba una eternidad llegando con puntualidad a todos los hogares. “¡Que voy volando…!”, ese sería su eslogan. Sería necesario abrir un blog informativo, una web, qué narices, era necesario pensar a lo grande. No tenía ni idea de cómo hacerlo, pero aprendería. Luego habría que darse a conocer, con emails, y links, y publicidad hasta los topes…
Encendió el ordenador. Se conectó a la red. Intentó teclear algún buscador para empezar, pero lo que surgieron del fondo de la pantalla fueron tres ventanitas emergentes. Papá Noel las observó con curiosidad.
- ¿Qué es esto? ¿Porno gratis? ¿Enlarge your penis? ¿Únete a Facebook? Vaya, parece que esto de internet va a resultar más interesante de lo que yo creía…
- Ni una sola carta, ¿sabes, Rudolf? Quedan cinco días para Navidad y no hemos recibido ni una sola carta. Ya nadie se interesa por nosotros. Aquellos sí que eran buenos tiempos, ¿te acuerdas?
Rudolf no contestó, sino que continuó con los morros hincados en la alfalfa y la cara de boba incomprensión que ponen los renos cuando les habla un humano. Entretanto, Papá Noel le había desatado la brida y, con ella en la mano, volvió a casa.
Se estaba bien allí dentro. Al calor del hogar el invierno era más placentero. No hace mucho en fechas semejantes el salón se encontraría sumergido en cartas de niños que, ilusionados, pedían sus juguetes. Ahora nada, ¿quién se iba a preocupar por mandar cartas a Laponia cuando las tiendas estaban a dos pasos, cuando todo podía comprarse o encargarse por internet a precios económicos?
Papá Noel cogió una silla, la puso en el centro del salón y se puso en pie sobre ella. Tan sólo se oía el crepitar del fuego y, fuera, la fría brisa del invierno ártico. Ató un extremo de la brida de Rudolf a una de las vigas del techo, y con el otro extremo fabricó en unos segundos un nudo corredizo. ¡Cuántas veces nudos semejantes le habían apañado averías en el trineo, siempre inoportunas! Ese trineo que no volvería a ser usado… Por su mente pasó una vez más, como tantas en el último año, el eslogan de aquellos grandes almacenes que servían a domicilio. “Te llevamos las Navidades a casa”, rezaban los carteles y cantaban en el anuncio empleados alegres mientras niños y padres satisfechos danzaban a su alrededor. ¡Cuánto daño le había hecho aquel anuncio! ¿Quién iba ya a esperar que un gordo entrara por la chimenea con un trineo volador? El camión de reparto, sin recargo, llegaba puntual y eficazmente. En fin, su tiempo había pasado, era evidente… Ya lo dicen, ¿no?: renovarse o morir…
Papá Noel tenía ya la brida alrededor del cuello y estaba dispuesto a saltar de la silla cuando una luz destelló en forma de idea. ¡Claro! Se renovaría. Vendería cara su piel.
Entonces se sacó del cuello la brida en forma de nudo corredizo, tomó la silla y se dirigió al ordenador. Se había hecho con aquel pentium hacía ya unos años, aprovechando una buena oferta que incluía impresora y antivirus, pero apenas lo había utilizado. Ahora había llegado el momento. Se modernizaría, entraría a formar parte de la familia de internet. ¿Que los demás venden a través de la red? Él también lo haría. ¿Que los demás te lo llevan a casa? Él también, y más rápido, no en vano tenía un trineo que viajaba por los aires y llevaba una eternidad llegando con puntualidad a todos los hogares. “¡Que voy volando…!”, ese sería su eslogan. Sería necesario abrir un blog informativo, una web, qué narices, era necesario pensar a lo grande. No tenía ni idea de cómo hacerlo, pero aprendería. Luego habría que darse a conocer, con emails, y links, y publicidad hasta los topes…
Encendió el ordenador. Se conectó a la red. Intentó teclear algún buscador para empezar, pero lo que surgieron del fondo de la pantalla fueron tres ventanitas emergentes. Papá Noel las observó con curiosidad.
- ¿Qué es esto? ¿Porno gratis? ¿Enlarge your penis? ¿Únete a Facebook? Vaya, parece que esto de internet va a resultar más interesante de lo que yo creía…
martes, 15 de diciembre de 2009
Donde la verdad se esconde
El venerable sabio, en su lecho de muerte, hizo público su último deseo. "Traedme veinte mil sobrecitos de azúcar", dijo. Sus allegados se sorprendieron, pero se pusieron manos a la obra, pues el maestro era sabio y sabía lo que se hacía.
Buscaron en bares, en cafeterías, en supermercados, en fábricas azucareras. Removieron cielo y tierra y, en un tiempo récord, pusieron ante su maestro los solicitados veinte mil sobrecitos.
- ¿Para qué quiere tanta azúcar, maestro? - le preguntaron.
El sabio miró a sus discípulos con severidad.
- ¿Para qué va a ser? Para dejar mi mejor legado, mis pensamientos. Los sobrecitos de azúcar guardan toda la sabiduría recogida por el ser humano a lo largo de su historia. En ellos ha escrito Albert Einstein, en ellos escribió Rabindranath Tagore, incluso Napoleón. Yo lo he visto, he leído sus pensamientos durante cada café. Ahora, ha llegado mi hora.
Así que el sabio comenzó a rellenar con sus pensamientos aquellos veinte mil sobres, uno a uno, con su puño y letra, en un esfuerzo supremo, el último de su vida. Había escrito quince mil cuando murió. "Llevad mi mensaje al mundo", fueron sus últimas palabras.
Y cuando sus súbditos se vieron junto al cadáver de su amo, con aquella misión por cumplir y con varios millares de sobres de azúcar que llenaban cada rincón de la habitación, se miraron y se preguntaron:
- Y ahora, ¿qué coño hacemos con tanta azúcar?
Buscaron en bares, en cafeterías, en supermercados, en fábricas azucareras. Removieron cielo y tierra y, en un tiempo récord, pusieron ante su maestro los solicitados veinte mil sobrecitos.
- ¿Para qué quiere tanta azúcar, maestro? - le preguntaron.
El sabio miró a sus discípulos con severidad.
- ¿Para qué va a ser? Para dejar mi mejor legado, mis pensamientos. Los sobrecitos de azúcar guardan toda la sabiduría recogida por el ser humano a lo largo de su historia. En ellos ha escrito Albert Einstein, en ellos escribió Rabindranath Tagore, incluso Napoleón. Yo lo he visto, he leído sus pensamientos durante cada café. Ahora, ha llegado mi hora.
Así que el sabio comenzó a rellenar con sus pensamientos aquellos veinte mil sobres, uno a uno, con su puño y letra, en un esfuerzo supremo, el último de su vida. Había escrito quince mil cuando murió. "Llevad mi mensaje al mundo", fueron sus últimas palabras.
Y cuando sus súbditos se vieron junto al cadáver de su amo, con aquella misión por cumplir y con varios millares de sobres de azúcar que llenaban cada rincón de la habitación, se miraron y se preguntaron:
- Y ahora, ¿qué coño hacemos con tanta azúcar?
martes, 8 de diciembre de 2009
Los de arriba
En el fondo los dioses quieren que intentemos ser como ellos. Se enfurecen con nuestra soberbia, desde luego, y llegado el momento impiden nuestro ascenso, no vaya a ser que terminemos por derrocarlos. Pero uno no puede evitar sentirse orgulloso cuando una de sus creaciones, cuando sus hijos, en definitiva, han llegado tan lejos que quieren ocupar su lugar, que quieren, si es posible superarle.
Por eso los dioses sonríen cuando un humano trata de ser un dios, trata de tejer su propio destino, trata de guiar sus pasos como si estos llevaran a algún lugar determinado, trata, igualmente, de condicionar y dirigir las vidas de los demás.
Las vidas... o las muertes, claro. Porque no hay mejor manera de ser un dios que decidiendo de forma caprichosa acabar con la vida de otro.
Y los dioses se divierten como niños cuando en la tierra se suceden las muertes, y las traiciones, y se deleitan con las consecuencias de esa cosa tan inútil que llamamos conciencia.
Últimamente han inventado un juego fascinante que consiste en hacer que nos matemos entre nosotros, unos a otros, por las mayores estupideces. Simplemente, quizá, por el placer de sobrevivir a los demás, de perdurar. Aunque sepamos que no nos sirve para nada. Aunque sepamos que todo acaba. ¡Qué sentimientos tan simples, los humanos! La verdad es que los dioses bien podrían haber creado seres dotados de mayores capacidades.
Tal vez por eso el juego termine antes de que nos matemos todos. Alguien tiene que quedar para la invasión de homúnculos intraterrestres. Alguien tiene que elevar al cielo súplicas y lamentos pidiendo ayuda y misericordia.
Esa sí que será la parte más divertida...
Por eso los dioses sonríen cuando un humano trata de ser un dios, trata de tejer su propio destino, trata de guiar sus pasos como si estos llevaran a algún lugar determinado, trata, igualmente, de condicionar y dirigir las vidas de los demás.
Las vidas... o las muertes, claro. Porque no hay mejor manera de ser un dios que decidiendo de forma caprichosa acabar con la vida de otro.
Y los dioses se divierten como niños cuando en la tierra se suceden las muertes, y las traiciones, y se deleitan con las consecuencias de esa cosa tan inútil que llamamos conciencia.
Últimamente han inventado un juego fascinante que consiste en hacer que nos matemos entre nosotros, unos a otros, por las mayores estupideces. Simplemente, quizá, por el placer de sobrevivir a los demás, de perdurar. Aunque sepamos que no nos sirve para nada. Aunque sepamos que todo acaba. ¡Qué sentimientos tan simples, los humanos! La verdad es que los dioses bien podrían haber creado seres dotados de mayores capacidades.
Tal vez por eso el juego termine antes de que nos matemos todos. Alguien tiene que quedar para la invasión de homúnculos intraterrestres. Alguien tiene que elevar al cielo súplicas y lamentos pidiendo ayuda y misericordia.
Esa sí que será la parte más divertida...
domingo, 6 de diciembre de 2009
Los del centro
"Lo peor es el abuelo. ¿Cómo se lo decimos? Le va a destrozar".
Finalmente fue mi hermano Mauro quien se sentó a solas con él y, después de una conversación llena de circunloquios y eufemismos, hizo partícipe al abuelo, que había sido más que un padre para nosotros, de la muerte de su querido amigo Pablo, aquel con el que tantos sueños había compartido desde su juventud, aquel que tantas veces nos había visitado y con el que, de niños, tantas veces nos habíamos reído.
Y sin embargo no lloró. Ni siquiera pareció apenarse. Ni al recibir la noticia, ni en el velatorio, ni en el posterior entierro. De hecho, hubiera jurado verle sonreír.
Fue a partir de esa impresión cuando empecé a fijarme. Durante los meses siguientes el abuelo fue espectador de los ritos funerarios de tres amigos que, ancianos como él, decían adiós a la vida. Su actitud era tal que llegué a pensar que se sentía feliz, que se alegraba de la muerte de sus compañeros, cada muerte parecía llenarle de energía y hacerle rejuvenecer.
Creí comprenderlo poco tiempo después. Cada muerte era, en efecto, un triunfo para él. Una muestra de superviviencia que se acrecentaba con la derrota de los demás. Toda una vida de experiencias compartidas, de influencia mutua, y los últimos días, o meses o años serían para él, no para los que se habían ido. Habría que reprocharles, de hecho, semejante abandono.
Me pregunté si también había sonreído cuando murió la abuela. Yo había sido testigo de las honras fúnebres, y lamenté no haberme fijado mejor.
No fue sino meses más tarde, después de la recaída del viejo, que afortunadamente quedó en un susto, cuando decidí que tenía que matar a todos sus conocidos. Asesinarlos y hacer que todo pareciera un accidente. La felicidad del abuelo, su bienestar y su salud, eran lo más importante para mí.
Finalmente fue mi hermano Mauro quien se sentó a solas con él y, después de una conversación llena de circunloquios y eufemismos, hizo partícipe al abuelo, que había sido más que un padre para nosotros, de la muerte de su querido amigo Pablo, aquel con el que tantos sueños había compartido desde su juventud, aquel que tantas veces nos había visitado y con el que, de niños, tantas veces nos habíamos reído.
Y sin embargo no lloró. Ni siquiera pareció apenarse. Ni al recibir la noticia, ni en el velatorio, ni en el posterior entierro. De hecho, hubiera jurado verle sonreír.
Fue a partir de esa impresión cuando empecé a fijarme. Durante los meses siguientes el abuelo fue espectador de los ritos funerarios de tres amigos que, ancianos como él, decían adiós a la vida. Su actitud era tal que llegué a pensar que se sentía feliz, que se alegraba de la muerte de sus compañeros, cada muerte parecía llenarle de energía y hacerle rejuvenecer.
Creí comprenderlo poco tiempo después. Cada muerte era, en efecto, un triunfo para él. Una muestra de superviviencia que se acrecentaba con la derrota de los demás. Toda una vida de experiencias compartidas, de influencia mutua, y los últimos días, o meses o años serían para él, no para los que se habían ido. Habría que reprocharles, de hecho, semejante abandono.
Me pregunté si también había sonreído cuando murió la abuela. Yo había sido testigo de las honras fúnebres, y lamenté no haberme fijado mejor.
No fue sino meses más tarde, después de la recaída del viejo, que afortunadamente quedó en un susto, cuando decidí que tenía que matar a todos sus conocidos. Asesinarlos y hacer que todo pareciera un accidente. La felicidad del abuelo, su bienestar y su salud, eran lo más importante para mí.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Los de abajo
Nadie supo muy bien qué eran, ni de dónde salieron. De las cuevas, decían algunos, de pozos insondables, de grutas y pasadizos que comunicaban la superficie con el mundo interior y que habían permanecido allí durante milenios esperando ser usados. En las ciudades surgían de las alcantarillas, de las bocas de metro, de cualquier ventana al subsuelo desconocido.
Fueron miles; luego, millones. Un mar de pequeños seres, de homúnculos que rostro fiero y una rabia y una determinación colosales.
Nadie llegó a saber nunca la causa de ese odio hacia el ser humano, como tampoco llegó nunca a saberse por qué habían elegido precisamente ese momento para darse a conocer. Todos los imaginaban en paciente espera, en atenta observación durante siglos y siglos hasta encontrar el momento oportuno para atacar.
Lo que sí es seguro es que cuando los humanos quisieron reaccionar ya era demasiado tarde, los de abajo se lanzaban contra cada objetivo mordiéndole las piernas hasta debilitarlo, como las hormigas ante un enemigo de mayor tamaño. Luego se arrojaban a centenares sobre su presa hasta que de esta no quedaban más que los huesos.
Fue imposible hablar con ellos, fue imposible razonar. Cuando los humanos quisieron darse cuenta la primacía de la vida sobre la superficie de la Tierra había cambiado de manos.
Fueron miles; luego, millones. Un mar de pequeños seres, de homúnculos que rostro fiero y una rabia y una determinación colosales.
Nadie llegó a saber nunca la causa de ese odio hacia el ser humano, como tampoco llegó nunca a saberse por qué habían elegido precisamente ese momento para darse a conocer. Todos los imaginaban en paciente espera, en atenta observación durante siglos y siglos hasta encontrar el momento oportuno para atacar.
Lo que sí es seguro es que cuando los humanos quisieron reaccionar ya era demasiado tarde, los de abajo se lanzaban contra cada objetivo mordiéndole las piernas hasta debilitarlo, como las hormigas ante un enemigo de mayor tamaño. Luego se arrojaban a centenares sobre su presa hasta que de esta no quedaban más que los huesos.
Fue imposible hablar con ellos, fue imposible razonar. Cuando los humanos quisieron darse cuenta la primacía de la vida sobre la superficie de la Tierra había cambiado de manos.