El temor había comenzado a extenderse un par de semanas antes. Las noticias que llegaban de Estados Unidos habían sido inquietantes, y las imágenes que las cámaras de los reporteros y enviados especiales habían podido captar sobrepasaban toda lógica. ¿Cómo había podido ocurrir eso en un país civilizado? Disturbios, enfrentamientos, escasez, guerrillas urbanas que practicaban a su antojo el vandalismo. ¿Podría pasar lo mismo aquí?
Nadie hablaba del tema, esperando todos que el silencio y el olvido disiparan la amenaza. Pero el día 2 de enero se cumplieron los peores augurios. Los Reyes Magos, al igual que había hecho Papá Noel en la Navidad americana, habían convocado una huelga indefinida.
Inmediatamente el Estado puso en marcha todos los mecanismos a su alcance para evitar la catástrofe. Nombró para empezar un Consejo de Mediación en el que se encontraba el mismo Presidente del Gobierno junto a los ministros de Economía, Trabajo e Industria, y convocó una reunión de urgencia entre el sindicato de los Reyes Magos y la patronal industrial y juguetera. Declaró la Alerta Nacional y puso al ejército en guardia para un posible estado de excepción. Había que esperar lo peor.
Los Reyes Magos se presentaron a la reunión con un pliego de reivindicaciones apoyadas por todo el gremio, en el que se incluían los pajes, los camellos, los conductores de carrozas, los obreros del juguete y los empleados de las fábricas de caramelos: reforma del horario de trabajo y del calendario laboral, pues consideraban inhumano, en los tiempos que corrían, reducir todo el año a una sola noche; renegociación de unos salarios cuyas últimas mejoras se perdían en la noche de los tiempos; un mejor tratamiento fiscal, al tratarse de una actividad considerada de alto riesgo tanto por los peligros del transporte en camello y las entradas por los balcones como por la manipulación de algunas sustancias que, aun siendo regalos, estaban tipificadas por la ley como peligrosas. La patronal difícilmente iba a aceptar tales condiciones y las negociaciones, endurecidas por la premura de tiempo, parecían extremadamente complicadas.
Mientras tanto, durante los días 3 y 4 de enero el país entraba en estado de histeria. Los saqueos se prodigaban en tiendas y centros comerciales, los niños y sus padres salían a las calles en manifestaciones multitudinarias, el ejército se veía impotente ante la avalancha de disturbios y el malestar social. La WWF hizo público un comunicado apoyando a los huelguistas y solicitando protección y apoyo económico a los camellos, lo cual encendió aún más los ánimos. Un escaso grupo de pajes, contrarios a la huelga, fueron violentamente reducidos por varios piquetes al grito de “esquiroles, esquiroles”. Incluso hubo quien tachó de racistas ciertas alusiones del Presidente de la Patronal al Rey Baltasar.
El día 5 parecía claro que Melchor, Gaspar y Baltasar no saldrían, como todos los años, a repartir sus regalos. La huelga continuaba, y ni un milagro hubiera podido permitir que las infraestructuras necesarias quedaran montadas a tiempo. Entonces el pueblo tomó medidas desesperadas: los padres comenzaron a fabricar juguetes artesanales para sus hijos, en un intento por salvarles la Navidad: tallaban muñecos de madera, inventaban inverosímiles juegos de mesa, tejían vestidos para las muñecas, jerséis de lana, disfraces de pirata. Cesaron los saqueos y las protestas, considerados ya inútiles, y los instrumentos del Estado, y los sindicalistas, y los patronos observaron con sorpresa cómo cada individuo, en una autarquía obligada por los acontecimientos, conseguía satisfacer las necesidades propias y de aquellos que los rodeaban.
El día 6 amaneció sin tensiones, sin enfrentamientos, sin manifestaciones, sin luchas, sin Comisión de Mediación, sin sindicatos, sin patronales, sin ejército, sin Gobierno, sin Presidente, sin Reyes Magos. El día 6 todos eran felices con lo poco que habían logrado crear con sus propias manos y regalar a los otros. “Las Navidades se pasan al anarquismo”, tituló aquel día un periódico de tirada nacional. Desde luego, diferentes sí que habían sido.
jueves, 31 de diciembre de 2009