martes, 15 de diciembre de 2009

Donde la verdad se esconde

El venerable sabio, en su lecho de muerte, hizo público su último deseo. "Traedme veinte mil sobrecitos de azúcar", dijo. Sus allegados se sorprendieron, pero se pusieron manos a la obra, pues el maestro era sabio y sabía lo que se hacía.
Buscaron en bares, en cafeterías, en supermercados, en fábricas azucareras. Removieron cielo y tierra y, en un tiempo récord, pusieron ante su maestro los solicitados veinte mil sobrecitos.
- ¿Para qué quiere tanta azúcar, maestro? - le preguntaron.
El sabio miró a sus discípulos con severidad.
- ¿Para qué va a ser? Para dejar mi mejor legado, mis pensamientos. Los sobrecitos de azúcar guardan toda la sabiduría recogida por el ser humano a lo largo de su historia. En ellos ha escrito Albert Einstein, en ellos escribió Rabindranath Tagore, incluso Napoleón. Yo lo he visto, he leído sus pensamientos durante cada café. Ahora, ha llegado mi hora.
Así que el sabio comenzó a rellenar con sus pensamientos aquellos veinte mil sobres, uno a uno, con su puño y letra, en un esfuerzo supremo, el último de su vida. Había escrito quince mil cuando murió. "Llevad mi mensaje al mundo", fueron sus últimas palabras.
Y cuando sus súbditos se vieron junto al cadáver de su amo, con aquella misión por cumplir y con varios millares de sobres de azúcar que llenaban cada rincón de la habitación, se miraron y se preguntaron:
- Y ahora, ¿qué coño hacemos con tanta azúcar?