Nadie supo muy bien qué eran, ni de dónde salieron. De las cuevas, decían algunos, de pozos insondables, de grutas y pasadizos que comunicaban la superficie con el mundo interior y que habían permanecido allí durante milenios esperando ser usados. En las ciudades surgían de las alcantarillas, de las bocas de metro, de cualquier ventana al subsuelo desconocido.
Fueron miles; luego, millones. Un mar de pequeños seres, de homúnculos que rostro fiero y una rabia y una determinación colosales.
Nadie llegó a saber nunca la causa de ese odio hacia el ser humano, como tampoco llegó nunca a saberse por qué habían elegido precisamente ese momento para darse a conocer. Todos los imaginaban en paciente espera, en atenta observación durante siglos y siglos hasta encontrar el momento oportuno para atacar.
Lo que sí es seguro es que cuando los humanos quisieron reaccionar ya era demasiado tarde, los de abajo se lanzaban contra cada objetivo mordiéndole las piernas hasta debilitarlo, como las hormigas ante un enemigo de mayor tamaño. Luego se arrojaban a centenares sobre su presa hasta que de esta no quedaban más que los huesos.
Fue imposible hablar con ellos, fue imposible razonar. Cuando los humanos quisieron darse cuenta la primacía de la vida sobre la superficie de la Tierra había cambiado de manos.
jueves, 3 de diciembre de 2009