En el fondo los dioses quieren que intentemos ser como ellos. Se enfurecen con nuestra soberbia, desde luego, y llegado el momento impiden nuestro ascenso, no vaya a ser que terminemos por derrocarlos. Pero uno no puede evitar sentirse orgulloso cuando una de sus creaciones, cuando sus hijos, en definitiva, han llegado tan lejos que quieren ocupar su lugar, que quieren, si es posible superarle.
Por eso los dioses sonríen cuando un humano trata de ser un dios, trata de tejer su propio destino, trata de guiar sus pasos como si estos llevaran a algún lugar determinado, trata, igualmente, de condicionar y dirigir las vidas de los demás.
Las vidas... o las muertes, claro. Porque no hay mejor manera de ser un dios que decidiendo de forma caprichosa acabar con la vida de otro.
Y los dioses se divierten como niños cuando en la tierra se suceden las muertes, y las traiciones, y se deleitan con las consecuencias de esa cosa tan inútil que llamamos conciencia.
Últimamente han inventado un juego fascinante que consiste en hacer que nos matemos entre nosotros, unos a otros, por las mayores estupideces. Simplemente, quizá, por el placer de sobrevivir a los demás, de perdurar. Aunque sepamos que no nos sirve para nada. Aunque sepamos que todo acaba. ¡Qué sentimientos tan simples, los humanos! La verdad es que los dioses bien podrían haber creado seres dotados de mayores capacidades.
Tal vez por eso el juego termine antes de que nos matemos todos. Alguien tiene que quedar para la invasión de homúnculos intraterrestres. Alguien tiene que elevar al cielo súplicas y lamentos pidiendo ayuda y misericordia.
Esa sí que será la parte más divertida...
martes, 8 de diciembre de 2009