domingo, 6 de diciembre de 2009

Los del centro

"Lo peor es el abuelo. ¿Cómo se lo decimos? Le va a destrozar".
Finalmente fue mi hermano Mauro quien se sentó a solas con él y, después de una conversación llena de circunloquios y eufemismos, hizo partícipe al abuelo, que había sido más que un padre para nosotros, de la muerte de su querido amigo Pablo, aquel con el que tantos sueños había compartido desde su juventud, aquel que tantas veces nos había visitado y con el que, de niños, tantas veces nos habíamos reído.
Y sin embargo no lloró. Ni siquiera pareció apenarse. Ni al recibir la noticia, ni en el velatorio, ni en el posterior entierro. De hecho, hubiera jurado verle sonreír.
Fue a partir de esa impresión cuando empecé a fijarme. Durante los meses siguientes el abuelo fue espectador de los ritos funerarios de tres amigos que, ancianos como él, decían adiós a la vida. Su actitud era tal que llegué a pensar que se sentía feliz, que se alegraba de la muerte de sus compañeros, cada muerte parecía llenarle de energía y hacerle rejuvenecer.
Creí comprenderlo poco tiempo después. Cada muerte era, en efecto, un triunfo para él. Una muestra de superviviencia que se acrecentaba con la derrota de los demás. Toda una vida de experiencias compartidas, de influencia mutua, y los últimos días, o meses o años serían para él, no para los que se habían ido. Habría que reprocharles, de hecho, semejante abandono.
Me pregunté si también había sonreído cuando murió la abuela. Yo había sido testigo de las honras fúnebres, y lamenté no haberme fijado mejor.
No fue sino meses más tarde, después de la recaída del viejo, que afortunadamente quedó en un susto, cuando decidí que tenía que matar a todos sus conocidos. Asesinarlos y hacer que todo pareciera un accidente. La felicidad del abuelo, su bienestar y su salud, eran lo más importante para mí.