domingo, 25 de enero de 2009

Tu quoque, Brute, fili mi

- Nunca cedas a los halagos, nunca te dejes guiar por ellos, nunca actúes para buscarlos, ni lo hagas en función de los que anteriormente hayas recibido.
- Pero, ¿y el sentirse admirado? ¿Y el saber que tus actos hacen sentir bien a los demás y les generan sentimientos positivos? ¿No es bueno, acaso, convertirse en un modelo de conducta?
- No existen los modelos explícitos de conducta. No para quien cree que se ha erigido en uno de ellos. Quien actúa sabiéndose un modelo de conducta actúa para los demás, y de ese modo podrá vivir la vida que los otros querrían para sí, pero nunca una vida elegida personal y libremente. Huye de los que te halaguen una forma de vida, pues están coartando tu capacidad de cambiarla cuando lo creas conveniente.
- ¿Y por qué he de huir de ellos? ¿Por qué si recibo halagos?
- Precisamente por eso, porque los que más te halaguen serán los que, llegado el momento, se creerán con todo el derecho a criticarte. Y entonces olvidarán que te admiraron, te descuartizarán y jugarán con tus despojos, sonrientes y dichosos, creyendo que te evitaron el dolor de persistir en el camino que ellos consideran equivocado.
- ¿No he de confiar, pues, en la opinión de los demás?
- De nadie. En la opinión de nadie. Ni siquiera en la tuya misma, si no quieres terminar descuartizado por tus propias manos...

lunes, 19 de enero de 2009

Acrofobia

Toda una vida subiendo peldaños, toda una vida pisando cabezas, oyendo el crujido de los cráneos y sintiendo la masa cálida de los sesos de aquellos que lo intentaron sin conseguirlo. Toda una vida de sacrificio y soledad en la que los demás no eran más que enemigos. ¿Y todo para qué? Para constatar, después de tanto sufrimiento, que en la cima hace frío, que gobiernan las nieves perpetuas, que el lugar al que todos sueñan con llegar no es más que un páramo desierto, y que padezco un vértigo terrible que me revuelve el estómago y nubla mi entendimiento.
Porque en la cima de la pirámide, damas y caballeros, sólo cabe uno.
Y ahora, después de toda una vida envidiando a los que estaban por encima, después de mil y una vicisitudes, termino por mirar con añoranza a todos los que permanecen abajo. Hasta hubiera preferido morir en el intento y erigirme en mártir de una causa perdida. Todavía pueden otearse desde aquí, tanto los vivos como los muertos, en perfecta armonía. Cómo me gustaría volver al averno del que salí arrastrándome.
Observad, observad, todos se dirigen al mismo lugar, protegidos y reconfortados por la masa informe de la que forman parte. ¿Pero por quién puñetas doblan las campanas? ¿Será por mí?

sábado, 17 de enero de 2009

La locura del solitario

Dicen que el loco es aquel incapaz de distinguir la realidad de la ensoñación, al menos la realidad que es real para el resto de los mortales. El loco es, según esto, aquel que cree en una realidad distinta de la realidad del resto de las personas.
La locura toma como referencia, pues, la supuesta cordura de la mayoría.
Pero cuando sólo un hombre quede en pie en el Universo, alzará la mirada y contemplará un paisaje desolado que se extenderá hasta más allá del horizonte. Luego se dirigirá al cielo, y hablará con Dios, ese Dios esquivo que durante milenios le retiró al ser humano la palabra.
Y ese ser humano, y su Dios, hablarán de lo divino (de lo de Dios) y de lo humano (de lo suyo), porque cuando sólo existen dos personas es absurdo retirarse la palabra.
Y nadie se planteará si aquel ser humano está loco, porque no existirán otras referencias, porque no habrá una mayoría a cuyos dictados someterse.
Aunque Dios no haya respondido realmente, aunque hubiera abandonado el mundo mucho tiempo antes, aunque el ser humano, el último en pie, estuviera condenado a desaparecer y a hacer desaparecer la vida en el Universo, por más súplicas de inmortalidad que buscase en el vacío...

martes, 13 de enero de 2009

Mi Pepito Grillo particular

Nunca me había llevado yo bien con mi conciencia, esa voz soberbia y engreída que desde su posición de retaguardia se permite el lujo de juzgar y aconsejar, que si esto está bien, que si esto no debes hacerlo. Por eso era tan extraña aquella situación de confraternidad que disfrutábamos últimamente. Yo no la provocaba demasiado y ella, como respuesta, procuraba moderar su habitual tono insolente.
Incluso fuimos a una gitana, a una de esas de trapos en la cabeza, enormes zarcillos y verruga en la nariz, de esas que te leen las cartas del tarot y te predicen tu futuro. Fuimos los dos, claro, mi conciencia y yo, orgullísimos de nuestra recién fundada relación cordial y esperando oír los más distintos parabienes de labios de aquella cartomante.
Ella, sin embargo, puso cara de terror al vernos entrar e, inmediatamente y sin dejar casi que nos presentáramos, tiró dos cartas sobre la mesa y gritó:
- ¡Mal día tenéis! ¡Mal día! Hoy morirá uno de los dos... a manos del otro.
La verdad es que sobre la mesa figuraban el colgado y el loco.
Yo miré sorprendido a la gitana y tragué saliva. Me costó. La garganta se me había quedado árida como el desierto de Atacama. Sabía perfectamente, en mi fuero interno, que yo era incapaz de acabar con mi conciencia. De modo que tuve miedo de mirarla. Comprendí que ya estaría afilando los cuchillos y comprendí, de paso, algo cuya certeza ya poseía subconscientemente desde hacía ya tiempo: que mi conciencia acabaría conmigo.

miércoles, 7 de enero de 2009

Houston somos todos

Houston, tengo un problema...
Creo haber perdido contacto con la Tierra. Con la Tierra y con quienes la habitan. Imposible establecer comunicación. Mis emisiones les resultan incompresibles, y las recepciones son, por lo general, absurdas e incoherentes.
Creo estar perdido en el espacio. Sigo preguntando si hay alguien ahí, pero mis intentos son infructuosos. Ante mí veo una nebulosa informe. ¿Es que todos han sido tragados por un agujero negro, o es que siempre estuvieron ahí?
Mis esperanzas se extinguen. Acepto a regañadientes mi destino de vagabundo espacial.
¿Houston? ¿Houston...?

viernes, 2 de enero de 2009

La verdad sobre la concepción de la idea

La verdad es que era una idea estúpida. Lo fue desde el principio. Nada más comprobar que semejante adefesio intelectual había surgido en su mente sintió un ligero bochorno, un apreciable rubor ante la mera posibilidad de que tamaña desfachatez se le hubiera ocurrido a él.
Pero, claro, la gente estaba ansiosa por oírle hablar. Él había pedido la palabra sin tener preparado un discurso claro, y ahora se arrepentía de ello. Cuando observó sus ojos abiertos, sus rostros expentantes y su avidez comprendió que todo estaba perdido, que su creatividad estaba anulada y que tendría que hacer pública su idea y quedar en ridículo, o callar y ser tachado de cobarde ignorante.
Al principio la dijo en un susurro, y todos se inclinaron para comprenderle mejor. La repitió, y un silencio incómodo rodeó al grupo de oyentes durante unos segundos, justo el tiempo que tardó el primero en entrechocar las palmas de sus manos y comenzar a aplaudir entusiasmado. Y luego otro, y otro, y la efusión se extendió como un virus incontrolable.
Y llegaba gente de todos los lugares, de todo el mundo, y preguntaban:
- Pero, ¿de quién ha sido esta idea tan grandiosa?
Y le señalaban y contestaban:
- De él, de él...
Y él levantaba el dedo, con fingida modestia, y decía:
- Sí, mía, claro...