domingo, 29 de marzo de 2009

Y no saber si estás

El problema de despertar y encontrarte rodeado de un entorno de un brillante y absoluto color blanco es que el horizonte se pierde, se difumina, pues tan blanco es lo que ves mirando al cielo como al suelo. Se pierde el punto de referencia y las distancias dejan de existir, nada está lejos, nada está cerca, nada está realmente, pues los objetos también parecen haberse teñido del color de las nubes.
Si despiertas en el interior de un mar de blancura lo más normal es que no sepas si estás en el exterior o en una habitación, e incluso tal vez te empieces a preguntarte si estás en realidad en el mundo o en tus propios pensamientos. ¿Y si la mente fuera así, luminoso e inmaculado blanco radiante?
El verdadero problema de despertar en blanco, de creer que el mundo sigue existiendo y no ser capaz de distinguirlo, es que puede que empieces por creer que la niebla se ha extendido por la Tierra, que toneladas de confusión nublan tu mente, que todo ha dejado de existir, y termines por dudar de ti mismo. Crees que existes, pero ¿y si la muerte fuera eso, un mar blanco de eterno silencio e imperceptible infinitud?

domingo, 22 de marzo de 2009

Der Himmel über Berlin

Yo también creía que tenía ángeles de la guarda que pululaban a mi alrededor, seres de luz que vigilaban mis actos, perdonaban mis errores y me susurraban al oído sus recomendaciones. No hagas esto, haz lo otro. No vayas a tal sitio, ve a tal otro.
Y cuando no los oía susurrar me los imaginaba junto a mí, observando cómo me arrastraba por el barro, con rostros compungidos de tristeza y decepción ante mis actitudes, como el padre que arroja la toalla ante el hijo descarriado.
Tuve que ir eliminándolos, uno a uno. Los maté a disgustos, pues ni los ángeles tienen paciencia infinita.
Ya no giran ángeles en torno a mí.
Ahora son otras las voces, otros los gestos, otras las actitudes. Ahora las voces me han dado libertad para hacer lo que quiera, para pensar lo que me convenga, para desarrollar sin trabas mi libre albedrío.
Ahora las voces son risas, y las alas cuernos, y el monótono y repulsivo tañir de arpas se ha convertido en el entrechocar de tridentes incandescentes.
He de admitir que ahora disfruto de mayor calidad de vida, y por eso canto:
"Demonio de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día..."

sábado, 21 de marzo de 2009

Vayamos por partes

Tengo una fantasía recurrente, una especie de pesadilla consciente que pasa por mi mente sobre todo en los momentos en los que me encuentro relajado, en los minutos previos al sueño, por ejemplo.
Yazgo tumbado en decúbito supino. Me encuentro bien, en pleno proceso de relajación de todos los músculos de mi cuerpo, en paz conmigo mismo. Me encuentro tan bien que deseo morir.
Y de repente empiezo a notar cómo me desmiembran. Cortan mis pies de cuajo, con una sierra, o con un hacha, mejor, limpia y silenciosamente, a la altura de los tobillos. Y van subiendo, y termino hecho rodajas como una naranja, sin troncos y sin piernas.
Noto la sangre fluir, floto en ella como una balsa en un mar en calma.
Y a cada hachazo siento un profundo y agudo dolor, y en ese dolor me sumo, y a través de él mi mente se sublima. Y podría llorar, y no sabría muy bien si lo hago de dolor o de felicidad.
Y así me duermo. Al día siguiente, he de comprobar que, efectivamente, mi cuerpo sigue siendo el mismo, atado a mi mente.

lunes, 16 de marzo de 2009

"La libertad es poder decir que dos más dos son cuatro" o los poderes del INGSOC

Se me ocurre que, en realidad, existen dos modos de libertad. De un lado, la libertad para contar las verdades sin censuras ni represiones; de otro, la libertad para contar lo opuesto a la creencia general sin ser menospreciado o tachado de loco.
Sentirse libre por poder decir que dos más dos son cuatro supone saberse oprimido y desear dejar de estarlo, gritar a los cuatro vientos la propia opinión y creer que con ello se ejerce la libertad de expresión.
Porque el sistema más represor, la mayor máquina de control mental, no es aquella que ejecuta a los disidentes, sino el que los adscribe a su causa haciéndoles ver como justo lo que en un principio les parecía la mayor de las injusticias.
Control mental, en pocas palabras.
Pero se me ocurre que la libertad también sería poder decir que dos más dos son cinco, y decirlo sin miedo a represiones, sin ser por ello motivo de burla, sin ser rechazado o infravalorado. Por supuesto, decir que dos más dos son cinco presupone, de hecho, creer firmemente que dos más dos son, en efecto, cinco.
Por eso yo jamás podré ser libre, porque alguien me impuso la idea de que dos más dos eran cuatro, porque me prohibieron creer lo contrario utilizando la burla de mis semejantes como arma de represión, la más fuerte de las armas. Y cuántas ideas más habrán inoculado en mi cerebro de esa forma, si ni tan siquiera quiero creer en ello. De momento, alguien ha decidido por mí a qué hora he de levantarme mañana, lo cual ya es indicativo.
Creo en la verdad impuesta, y no soy, por ello, libre. O lo soy tanto como ellos quieren que lo sea, lo cual supone, ya de inicio, una privación de mis libertades.
Gritaría socorro, pero todos me tomarían por loco.
Y ustedes, ¿son libres?

jueves, 12 de marzo de 2009

El color del cristal

Dejémonos de bobadas, y admitamos que todo es relativo. No existen las verdades, las certezas. No existe, por supuesto, la Verdad, esa Verdad Absoluta que muchos pretenden encontrar.
Otra cuestión es si merece la pena buscarla. Buscar algo que no existe puede ser agotador a largo plazo, desde luego, pero al mismo tiempo puede traer consecuencias beneficiosas.
No existe el bien ni el mal, la luz ni la oscuridad, la vida ni la muerte, sólo existe aquello que nosotros, y otros como nosotros, creemos que son el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte.
No existe el tiempo y el espacio más allá de nosotros, del mismo modo que no existe el universo más que porque nosotros creemos que existe.
Cada uno tiñe la realidad del color que cree más conveniente. Tal vez por eso tardé tanto en darme cuenta de que ese contorno gris ceniciento que rodeaba todo lo que yo percibía estaba más dentro de mí que en el exterior.
Tampoco tiene mucho sentido teñir el mundo de rosa.
Últimamente, el gris ceniciento está pasando a negro. O eso, o estoy perdiendo el sentido de la vista. No puedo preguntarle a los demás, apenas me responden con balbuceos infantiles.
No existe la luz ni la oscuridad, deduje hace un momento. Entonces este negro profundo debió de existir siempre.
O no existir nunca.
Dejémonos de bobadas, y admitamos que nada ha existido nunca...

jueves, 5 de marzo de 2009

Puedo volar

Qué fantástica esta sensación de ligereza, de ingravidez, sentirse liviano como una hoja mecida por el viento, y notar el aire rozando tu cuerpo, tus brazos abiertos de par en par y tu rostro sonriente. Todavía no me he atrevido a abrir los ojos. ¿Seré capaz?
Tengo la sensación de que he vivido toda mi vida sólo para poder disfrutar de este momento. ¿Algún ser humano antes que yo habrá experimentado algo parecido? No, mejor no abriré los ojos. Este momento es para sentirlo, no para verlo, hay ocasiones en que la vista es un sentido superfluo.
Pienso en los Smashing Pumpkins. ¿Por qué demonios pienso en los Smashing Pumpkins? Debe de tratarse de un pensamiento intruso. Los Smashing no deberían estar aquí ahora. ¿Pensará todo el mundo en ellos en momentos semejantes? ¡Maldita sea, estoy volando!
Dentro de poco me estamparé contra el suelo. Ya no debe de quedar demasiado. Hice bien en saltar desde tan alto, así el viaje ha sido más largo. También más placentero. El mejor vuelo de mi vida. Y el último, probablemente.
Ah, ya sé por qué puede ser. Quizá por Zero...