- Desde que ilegalizaron el opio el problema es que el alcohol se ha convertido en el único analgésico capaz de hacerme olvidar por un rato el dolor que provoca estar vivo - dijo mientras apuraba el on the rocks y pedía otro al camarero con una seña que para cualquier neófito hubiera resultado imperceptible.
Tuve que echar otro vistazo a su camisa para confirmar que, efectivamente, era una camisa horrible. Nunca me gustaron las camisas, de hecho. Así, en general.
- Qué época aquella del LSD, eso sí que eran viajes. Había cosas por las que luchar, no castillos en el aire ni amenazas virtuales. Yo estuve en Woodstock, y compartí copa con Ginsberg, y con Kerouac, y participé en la llegada del hombre a la luna. Joder, yo estuve allí cuando Burroughs le voló los sesos a su mujer jugando al Guillermo Tell. Llegué a volar un rato, lo puedo jurar, así, en posición horizontal, boca arriba, sólo con el poder de mi mente. Dios, esos cristales... sólo con la mescalina y con la ayahuasca he llegado tan lejos. Tuve el mundo en mis manos, ¿sabes? Yo era enorme y el mundo diminuto, lo tuve en mis manos como quien sostiene una canica y pude haberlo aplastado de haberlo querido así. ¿Y como me lo pagan ahora? Mírame.
Volví a mirarle. El whisky bailando en una mano y esa horrible camisa. Supuse que esperaba alguna respuesta de mí.
- Pues mi generación inventó el botellón - fue lo único que se me ocurrió.
- Muy bien, chaval - dijo, y me dio una palmadita en la espalda.
jueves, 30 de abril de 2009
domingo, 26 de abril de 2009
Como burbujas en una lavadora
En realidad creo que las burbujas representan lo etéreo, lo intangible, lo efímero. Esa capacidad para flotar en el aire sin esfuerzo, para dejarse llevar de un lado a otro, para subir a la superficie de los líquidos como el cadáver de un náufrago en el mar. Su fragilidad y su gracia, su perfecta forma esférica.
Me atrevería a decir que la burbuja representa todo lo que querríamos ser, aunque no nos atrevamos a admitirlo. Para Pitágoras Dios tenía forma de esfera, esto es, la forma geométrica de la perfección por antonomasia. ¿Acaso las esferas no se comunican a través de la música?
Si tuviera que volver a nacer, elegiría ser una burbuja en una copa de champán, o mejor una pompa de jabón que, del tamaño de dos campos de fútbol y fruto de una alucinación colectiva, sobrevolara Siberia en primavera. Entonces me confundirían con una nave espacial extraterrestre, y saldría en fotos de dudosa veracidad, y desaparecería con un "plop" inesperado dejando tras de mí dudas, angustias e hipótesis.
O ser simplemente una burbuja de detergente en el interior de una lavadora en prelavado. Me observarían a través del plástico transparente como quien observa un universo en el interior de un bote de pintura, como quien trata de encontrar el sentido de la vida en un cuadro de Max Ernst.
Me atrevería a decir que la burbuja representa todo lo que querríamos ser, aunque no nos atrevamos a admitirlo. Para Pitágoras Dios tenía forma de esfera, esto es, la forma geométrica de la perfección por antonomasia. ¿Acaso las esferas no se comunican a través de la música?
Si tuviera que volver a nacer, elegiría ser una burbuja en una copa de champán, o mejor una pompa de jabón que, del tamaño de dos campos de fútbol y fruto de una alucinación colectiva, sobrevolara Siberia en primavera. Entonces me confundirían con una nave espacial extraterrestre, y saldría en fotos de dudosa veracidad, y desaparecería con un "plop" inesperado dejando tras de mí dudas, angustias e hipótesis.
O ser simplemente una burbuja de detergente en el interior de una lavadora en prelavado. Me observarían a través del plástico transparente como quien observa un universo en el interior de un bote de pintura, como quien trata de encontrar el sentido de la vida en un cuadro de Max Ernst.
lunes, 20 de abril de 2009
No son horas
Lo bueno de hundirse en el fango es que, tarde o temprano, uno termina por tocar fondo. Entonces puede apoyar con fuerza los pies, afirmar las piernas, tomar impulso y emerger.
Comienza uno a ascender, y ve a todos aquellos que, sin haber tocado fondo, llevan una eternidad retorciéndose en el barro.
Sigue uno ascendiendo, y llega a la superficie, y aquellos que por ella pululan observan asombrados, entre la repugnancia y la compasión, los restos de suciedad del pasado vivido entre ponzoña y degeneración.
¡Pero qué placer observar sus caras de estupefacción, de envidia, cuando comprueban que aquel ser inmundo surgido de los abismos se eleva, por la fuerza del impulso dado, por encima de sus cabezas, y asciende, con la sonrisa beata de quien sabe de dónde procede, a alturas que ellos jamás imaginarían alcanzar!
Comienza uno a ascender, y ve a todos aquellos que, sin haber tocado fondo, llevan una eternidad retorciéndose en el barro.
Sigue uno ascendiendo, y llega a la superficie, y aquellos que por ella pululan observan asombrados, entre la repugnancia y la compasión, los restos de suciedad del pasado vivido entre ponzoña y degeneración.
¡Pero qué placer observar sus caras de estupefacción, de envidia, cuando comprueban que aquel ser inmundo surgido de los abismos se eleva, por la fuerza del impulso dado, por encima de sus cabezas, y asciende, con la sonrisa beata de quien sabe de dónde procede, a alturas que ellos jamás imaginarían alcanzar!
La suerte y sus desgracias
"Yo tenía una camisa", dijo el tipo. Parecía borracho, y todavía sujetaba un on the rocks entre las manos. No sé por qué el whisky suele provocar conversaciones entre desconocidos. "Era una camisa estampada en colores vivos, con formas geométricas. Era mi camisa de la suerte, ¿sabes? Todo lo bueno que me ha pasado en la vida me ha pasado llevando esa camisa. Llegó un momento en el que, si me la quitaba, variaba mi suerte".
"Pero la camisa pasó de moda, ¿sabes? Joder, si pasó. Los estampados dejaron de llevarse, y yo me sentía ridículo con aquella camisa, todos me miraban y reían a mis espaldas. Además los colores destiñeron y la tela se gastó. Llegó un momento en que aquello más que una camisa era un trapo viejo", afirmó mientras apuraba el on the rocks y pedía otro.
"Así que la tiré, me deshice de ella". Suspiró. "Joder, desde entonces no levanto cabeza", terminó diciendo, y debía de tener razón, porque su aspecto era deplorable. Los ojos se le cerraban mientras oía el tintineo de los cubitos de hielo. La verdad es que la camisa que llevaba en aquellos momentos era horrible.
"Pero la camisa pasó de moda, ¿sabes? Joder, si pasó. Los estampados dejaron de llevarse, y yo me sentía ridículo con aquella camisa, todos me miraban y reían a mis espaldas. Además los colores destiñeron y la tela se gastó. Llegó un momento en que aquello más que una camisa era un trapo viejo", afirmó mientras apuraba el on the rocks y pedía otro.
"Así que la tiré, me deshice de ella". Suspiró. "Joder, desde entonces no levanto cabeza", terminó diciendo, y debía de tener razón, porque su aspecto era deplorable. Los ojos se le cerraban mientras oía el tintineo de los cubitos de hielo. La verdad es que la camisa que llevaba en aquellos momentos era horrible.
viernes, 17 de abril de 2009
En el corazón del laberinto
Creo que era por aquí... no, por aquí no, por aquí ya pasamos hace un rato... ¿y por allí?... lo podemos intentar, pero no tiene buena pinta... tal vez este callejón, estrecho y maloliente, nos lleve a la salida, que a veces se encuentra donde menos se la espera... a ver... sí, quizás ahora sí... vaya, hombre, otro callejón sin salida... ¿y esa esquina? ¿no fue aquélla que vimos al entrar?... sí, sí, allí debe de estar la salida... ah, no, es verdad, aquí fue donde creímos haberla encontrado, pero aquella vez fue una falsa impresión, como ésta... ¿y qué pasa si nos vemos obligados a vagar eternamente? ¿moriremos en este laberinto? bueno, qué más da, el resto de la humanidad muere cada día en el laberinto de la vida... aquella calleja nunca la hemos tomado hasta ahora... ¿y esta plaza?... aquí fue donde nos dimos cuenta de que nos habíamos perdido... ¿cuánto tiempo hace de aquello?... vale, otra vez a empezar... la primera a la izquierda tiene buena pinta...
El hombre de los cien pseudónimos
Primero fue el primero. Decidió que estaría bien escribir algo y poner el nombre de otro, de alguien inexistente hasta aquel momento en el que él le habia dado vida, un álter ego secreto, que sólo existiría a través de sus obras y que, precisamente por esa razón, quedaría envuelto, de cara a los demás, en un halo de misterio.
Luego pensó en crear distintos álter ego que respondieran a sus distintas personalidades, a sus distintas maneras de ver el mundo, de modo que cada uno sería, en esencia, único e individual.
"Como Pessoa", pensó.
Terminó creando cien.
Cien pseudónimos, cien personalidades, toda una cohorte de creaciones, de pensamientos que en ocasiones, como era inevitable, discutían entre sí.
Un día, sin embargo, decidió acabar con ellos.
Fue el día en el que comprendió que estaba multiplicando por cien las cargas propias de una vida, el día en que juzgó innecesario sufrir cien veces más de lo debido, el día en que asumió que le daba una pereza enorme vivir cien vidas a un mismo tiempo.
Se quedó sólo con su nombre original, que al fin y al cabo era el pseudónimo primigenio, la etiqueta que se había andado forjando durante más tiempo y que, por eso mismo, daba más pena destruir.
Luego pensó en crear distintos álter ego que respondieran a sus distintas personalidades, a sus distintas maneras de ver el mundo, de modo que cada uno sería, en esencia, único e individual.
"Como Pessoa", pensó.
Terminó creando cien.
Cien pseudónimos, cien personalidades, toda una cohorte de creaciones, de pensamientos que en ocasiones, como era inevitable, discutían entre sí.
Un día, sin embargo, decidió acabar con ellos.
Fue el día en el que comprendió que estaba multiplicando por cien las cargas propias de una vida, el día en que juzgó innecesario sufrir cien veces más de lo debido, el día en que asumió que le daba una pereza enorme vivir cien vidas a un mismo tiempo.
Se quedó sólo con su nombre original, que al fin y al cabo era el pseudónimo primigenio, la etiqueta que se había andado forjando durante más tiempo y que, por eso mismo, daba más pena destruir.
jueves, 9 de abril de 2009
Capricho de dioses
Últimamente me ha dado por pensar que los dioses, en realidad, no son tan caprichosos como los pintan. De hecho creo que los caprichosos somos los hombres.
Siempre sostuve la teoría de que Dios no podía ser antropomorfo, de que fueron los hombres quienes Le dieron esa forma, ya sea por ignorancia o por orgullo. El antropomorfismo divino es, en última instancia, una clara prueba más de etnocentrismo. Algo así como defender que Dios es blanco o negro, hombre o mujer.
Sinceramente creo que si Dios tuviera forma humana no se rebajaría a crear seres que se Le parecieran pero que, al mismo tiempo, discutieran sobre su verdadera forma. Es más, si Dios fuera como los hombres, probablemente estaría ya, a estas alturas, avergonzado.
Tiendo más a pensar que Dios es algo intangible, una fuerza, sustancia inteligente, algo tan grande que no podemos concebir, o algo tan esencial que está en todas partes y que, no obstante, no percibimos.
A decir verdad, la mayoría del tiempo tiendo a pensar algo diferente. Tiendo a pensar que el hombre es tan orgulloso que sería capaz de inventarse un ser superior pero similar a él sólo por vanidad. Según esto Dios no sería más que un capricho de los hombres. En este caso, Dios no existiría más allá de nuestras mentes.
¿Y si Dios existiera, pero no Le importáramos lo más mínimo, ni Le hubiéramos importado nunca? Esa sí que sería la prueba definitiva de Su superioridad, y no los parecidos físicos o bagatelas como el amor eterno...
Siempre sostuve la teoría de que Dios no podía ser antropomorfo, de que fueron los hombres quienes Le dieron esa forma, ya sea por ignorancia o por orgullo. El antropomorfismo divino es, en última instancia, una clara prueba más de etnocentrismo. Algo así como defender que Dios es blanco o negro, hombre o mujer.
Sinceramente creo que si Dios tuviera forma humana no se rebajaría a crear seres que se Le parecieran pero que, al mismo tiempo, discutieran sobre su verdadera forma. Es más, si Dios fuera como los hombres, probablemente estaría ya, a estas alturas, avergonzado.
Tiendo más a pensar que Dios es algo intangible, una fuerza, sustancia inteligente, algo tan grande que no podemos concebir, o algo tan esencial que está en todas partes y que, no obstante, no percibimos.
A decir verdad, la mayoría del tiempo tiendo a pensar algo diferente. Tiendo a pensar que el hombre es tan orgulloso que sería capaz de inventarse un ser superior pero similar a él sólo por vanidad. Según esto Dios no sería más que un capricho de los hombres. En este caso, Dios no existiría más allá de nuestras mentes.
¿Y si Dios existiera, pero no Le importáramos lo más mínimo, ni Le hubiéramos importado nunca? Esa sí que sería la prueba definitiva de Su superioridad, y no los parecidos físicos o bagatelas como el amor eterno...
sábado, 4 de abril de 2009
"Y ahora qué", te preguntarás
Una vez conocí a un tipo que se quedó sin inspiración. Cierto es que, a medida que uno va acumulando experiencias, termina haciéndose con un catálogo de personajes particulares que se han cruzado en su vida y que, de una manera u otra, han dejado huella. Quizá este no sea el caso más extraño y, sin embargo, ha venido a mi memoria, tal vez como aviso de que lo podría pasarle a quien no tomara las medidas adecuadas.
Este tipo se quedó sin inspiración, como digo. Era un tipo original, puedo confirmarlo, chisposo, vivo. De un día para otro se quedó sin ideas. Buscó inspiración por todas partes, sólo o en las peores compañías, durante el día y por la noche, sobrio y ebrio de mil maneras diferentes. Nada. Sus ideas le habían abandonado.
Y desapareció de mi vida, como creo que de la de muchos otros, tal vez a esconderse, o a empezar una nueva vida de persona plana y vulgar.
Con el tiempo llegué a la conclusión de que las ideas no le habían abandonado, sino que, simplemente, se le habían agotado. Hay gente que tiene un número determinado de mensajes que dar a conocer a sus semejantes, de enseñanzas que transmitir. Mensajes realmente interesantes, pero en un número finito. Y cuando ya está todo dicho, sólo queda repetirse hasta la saciedad o pasar al discreto segundo plano.
Y es que es realmente duro, y meritorio, levantarse cada día con la misión de recibir nuevos estímulos que modifiquen tus ideas anteriores. Sin embargo, es necesario. Si no modificas tu concepción del mundo continuamente, al menos si no la actualizas cada poco tiempo, esa visión, y tú mismo, terminará quedando obsoleta y trillada. Es la paradoja de ser alguien diferente sin dejar, en el fondo, de ser el mismo.
Este tipo se quedó sin inspiración, como digo. Era un tipo original, puedo confirmarlo, chisposo, vivo. De un día para otro se quedó sin ideas. Buscó inspiración por todas partes, sólo o en las peores compañías, durante el día y por la noche, sobrio y ebrio de mil maneras diferentes. Nada. Sus ideas le habían abandonado.
Y desapareció de mi vida, como creo que de la de muchos otros, tal vez a esconderse, o a empezar una nueva vida de persona plana y vulgar.
Con el tiempo llegué a la conclusión de que las ideas no le habían abandonado, sino que, simplemente, se le habían agotado. Hay gente que tiene un número determinado de mensajes que dar a conocer a sus semejantes, de enseñanzas que transmitir. Mensajes realmente interesantes, pero en un número finito. Y cuando ya está todo dicho, sólo queda repetirse hasta la saciedad o pasar al discreto segundo plano.
Y es que es realmente duro, y meritorio, levantarse cada día con la misión de recibir nuevos estímulos que modifiquen tus ideas anteriores. Sin embargo, es necesario. Si no modificas tu concepción del mundo continuamente, al menos si no la actualizas cada poco tiempo, esa visión, y tú mismo, terminará quedando obsoleta y trillada. Es la paradoja de ser alguien diferente sin dejar, en el fondo, de ser el mismo.