viernes, 29 de mayo de 2009

El obtuso vegetar de los lotófagos o sobre la vanidad de la vida

Cuenta la Odisea que los lotófagos habitaban el África Septentrional. Se alimentaban únicamente de la flor del loto y, de paso, incitaban a probarla a los extranjeros que pasaban por allí, de tal modo que éstos olvidaban su patria y su vida anterior y dejaban de lado las ganas de regresar a ellas.
No es tan trágico, en el fondo. Ulises las pasó canutas para convencer a su gente de que era necesario regresar a Ítaca, tal vez porque ni él mismo estaba muy seguro de que aquélla fuera realmente la mejor opción. Y es que olvidar la vida anterior, no regresar a la particular Ítaca que cada uno de nosotros tiene en su vida, convivir eternamente con los lotófagos y sus flores del loto es, más que una amenaza, una tentación.
Sucede que la vida, en el fondo, es un asunto más bien trivial. Nada tiene gran importancia si no queremos dársela. O elegimos buscar un hueco en la gloria, o elegimos huir de ella. En el primer caso te envidiarán; en el segundo, te rechazarán por antisocial o insolidario. El término medio, ser un resorte sin importancia, no es un objetivo en sí mismo, es la prueba del fracaso, algo así como si Ulises se hubiera pasado la vida vagando, sin lotófagos, sin amazonas, sin cíclopes, pero sin encontrar tampoco el camino de vuelta a casa.
Groucho Marx murió el 19 de septiembre de 1977. En condiciones normales había sido alguien tan reconocido en vida como para haber acaparado portadas durante semanas. Sin embargo, tres días antes había muerto un tal Elvis Presley, y eso bastó para que Groucho fuera relegado a una pequeña esquela en la sección de necrológicas.
Caprichos de la vida. La confusión era tal que si escasos días antes hubiera nacido el Anticristo hubiera pasado completamente desapercibido.
Pero si Elvis no murió en realidad, como todos dicen, la faena para Groucho fue doble. Algo así como llegar a Ítaca y encontrar a Penélope casada con otro y a Telémaco cantando en Eurovisión. Y encima dicen que el famoso epitafio de la tumba de Groucho, "perdonen que no me levante", es tan sólo una invención delirante de los creadores de leyendas urbanas.
Desde luego, uno llega a la conclusión de que casi todo es mentira y de que casi nada merece la pena. Así sí que apetece quedarse con los lotófagos...

domingo, 24 de mayo de 2009

En torno a la libertad

- Quiero irme de aquí.
- Vete, pues.
- No puedo.
- ¿No eres libre, acaso?
- Claro que soy libre.
- Entonces, vete.
- Es que decidí venir, y ahora tengo que quedarme hasta que todo acabe. No puedo dejar las cosas a medias.
- Luego renunciaste a tu libertad cuando decidiste venir.
- Pero decidí venir libremente. ¿Acaso no puede uno renunciar a su libertad? ¿No es esa precisamente una prueba de que tal libertad existe?
- Como mucho, sería una prueba de que tal libertad existía. Si eliges terminar algo, si esa elección te ha condicionado hasta el punto de no poder volver atrás si así lo deseas, has dejado de ser libre.
- ¿Quién es libre, entonces? ¿Quién puede renunciar a los compromisos adquiridos?
- Buena pregunta. Nadie, en efecto. Tal vez ahí radique el quid de la cuestión. O tal vez sí que sea posible renunciar, pero el precio a pagar es muy alto, para empezar la envidia o la incomprensión de quienes eligieron no renunciar.
- Pero los que eligieron no renunciar son libres, ¿no? Quiero decir, si se produce esa elección...
- Llega un momento en la vida en el que intentar ser libre no es tan importante como creer serlo. Lo primero te lleva a la desesperación, a la impotencia; lo segundo, sin embargo, te anima a sobrevivir.
- Pero, ¿merece la pena vivir así?
- Esa es otra buena pregunta, cuya respuesta casi es mejor no encontrar.

lunes, 18 de mayo de 2009

Los árboles que no dejan ver el bosque

Lleva unos días viniéndome a la memoria con constante insistencia el cuento del tipo aquel que sale a buscar un tesoro y, después de buscarlo por todo el mundo, descubre que lo tenía enterrado en el jardín de su casa.
No es la única manifestación artística que se nutre de semejante idea. Recuerdo una novela cuya trama se desarrollaba en un sentido parecido, así como una canción, cuyo "significado oculto personal" he descubierto hace bien poco.
En realidad es bastante común, incluso en culturas y épocas diferentes, esa imagen de aquel que ha de buscar algo muy lejos y durante mucho tiempo para descubrir que lo que buscaba lo tuvo desde el principio al alcance de la mano.
Lo que más me llama la atención de la alegoría, en cualquier caso, es el hecho de que el protagonista necesita obligatoriamente salir para encontrar lo que busca, que no se trata de rechazar el pasado a cada paso, sino de curtir el espíritu para volver y comprobar que no era tan malo.
Porque el tesoro no siempre se encuentra en el jardín. No siempre. En ocasiones se encuentra muy lejos. No obstante, sea porque hay que ir a por él, sea porque uno necesita estar preparado para verlo aunque lo tenga delante de los ojos, lo único imprescindible es salir a buscarlo.
Hay otra clave, claro: tener la inquietud y la osadía de buscar algo, aunque no se sepa muy bien de qué se trata.

lunes, 11 de mayo de 2009

El texto ha de ser optimista y vital

"Vaya tontería", pensó mientras leía el folleto del Concurso de Relatos. Lo había encontrado en el buzón, por alguno de esos azares de la vida, o tal vez porque alguien había guardado su dirección en una lista de posibles interesados.
Se trataba de un "Concurso de Microrrelatos" patrocinado por una empresa local. Lo de siempre: lema y plica, por triplicado, el premio escaso, el jurado omnipotente. "Lo de siempre hasta ahora", reflexionó, "que pronto todo se hará por Internet: sencilla clasificación, fácil eliminación. Y todo, desde luego, más impersonal si cabe".
Sólo el último punto de las bases le sorprendió. "El relato habrá de ser optimista y vital. El jurado podrá rechazarlo en caso de no cumplir los requisitos precedentes".
Comenzó a buscar entre los microrrelatos que ya tenía escritos. "A tirar de archivo, como dicen". Había acumulado durante años un corpus de unos 500 textos de lo más heterogéneo, que conservaba en el disco duro de su portátil.
Un par de horas después, y tras revisar la totalidad de los textos conservados, no había encontrado nada que pudiera considerarse "optimista y vital".
"Pero si he escrito con regularidad, ¿cómo puede ser?", y pasaba de un relato a otro sin encontrar más que desesperación, desesperanza, intranquilidad, inquietud, y otro montón de cualidades que comenzaban por prefijos negativos.
Decidió que lo escribiría a partir de aquellos momentos. Total, era un microrrelato, no debería de ser tan difícil.
Lo principal era desarrollar un estado de ánimo "optimista y vital", para que su texto fuera sincero, para reflejar en él los entresijos de su alma.
"Sólo quien se siente feliz puede escribir textos felices", sentenció.
Y entonces comprendió por qué ninguno de los 500 textos era "optimista y vital". Y comprendió, de paso, por qué no podría participar en aquel Concurso de Microrrelatos.

miércoles, 6 de mayo de 2009

El libro de los seres imaginarios

El Kagmid, cuyo nombre en sánscrito significa "el que camina eternamente", aparece con relativa frecuencia en la literatura brahmánica. Los Upanishads lo mencionan con insistencia, unas veces creados por Vishnu para conservar el orden del mundo, otras enviados por Shiva como azote de la humanidad.
Según la tradición el Kagmid nace en las cimas más altas del Himalaya, y su vida consiste en una continua peregrinación en busca del mar, en el que se sumergen al llegar hasta morir ahogados en sus profundidades y desaparecer en las fosas abisales. Según Tadmahi, asceta brahmánico del siglo VI a.C., el Golfo de Bengala es una concesión hecha por el dios Brahma a los Kagmid para facilitarles su acceso a las aguas.
De tamaño no superior a una liebre y cuerpo plano, el Kagmid posee doce pequeños pies que mueve con dificultad, de ahí su lento peregrinar. Se alimenta de seres humanos, a los cuales devora desde los tobillos, sobre los que se lanzan con avidez. Ser presa de un Kagmid es considerado un honor, y aún hay quien pasa su vida en busca de uno de ellos para inmolarse y dar un salto cualitativo, de este modo, en la rueda de la vida.