lunes, 29 de junio de 2009

Todos los locos miran igual

Así que sólo hay que buscar esa mirada en los ojos de la gente y reconocerlos, pues, como locos.
Sucede que no sabemos cómo es esa mirada, así que habrá que buscar un loco, comprobar cómo mira y obtener, de ese modo, un modelo de prueba.
Pero... ¿quién está loco? ¿Qué es, en realidad, un loco? ¿El asesino en serie, el artista bohemio o el abogado yuppie? ¿El que camina desnudo por la calle o el que se escandaliza al verlo? ¿El que entrega todos sus bienes a la beneficencia y queda en la miseria o el que atesora dinero en un banco y se niega a hacer uso práctico de él? ¿El que es diferente a los demás y por tanto actúa y piensa de forma distinta, o el que sigue los cánones marcados desde fuera sin tan siquiera planteárselos?
¡Cuántas veces los considerados locos son mucho más interesantes y mucho menos peligrosos que los cuerdos!
Todos los locos miran igual, y quizá esa igualdad en la mirada radique en que, en esencia, son diferentes a las miradas grises y vacías de los que jamás se llamarían locos a sí mismos, de los que huyen de la locura como de un terremoto que pudiera sacudir sus ideas y hacerlas germinar, de los que vuelven la cabeza para no concebir la posibilidad de que algo que les es ajeno pudiera no ser dañino, sino superior.
Ojalá encuentre la mirada de los locos al mirarme al espejo.

domingo, 28 de junio de 2009

Yo y mi yoidad o Conclusiones de aquella charla que cambió el mundo

Así que llegamos a la conclusión de que:
1.- El yo existe y hemos de fomentarlo, o
2.- El yo no existe y hemos de evitar considerarlo, por tanto, o
3.- El yo existe pero es el camino incorrecto, por lo que hay que evitarlo.
Si el yo existe y hemos de fomentarlo, tenemos que
1a.- El yo es el principio básico y radical de la existencia, al estilo cartesiano del "Pienso, luego existo", y sólo a partir de ahí podemos desarrollar nuestra individualidad.
Pero hay quien dice que Descartes es refutable.
1b.- El yo es inevitable y su conciencia nos sumerge en una angustia que nos obliga a ser alguien sin saber qué o quién queremos ser, sobre todo si pensamos que somos efímeros, al estilo existencialista sartriano.
Pero hay quien dice que Sartre es refutable.
1c.- El yo nos proporciona la oportunidad de dejar de ser efímeros sólo con pasar a la historia y ser recordados, la forma más accesible, y quién sabe si la única, de ser inmortal al estilo unamuniano.
Pero hay quien dice que Unamuno es refutable.
Si el yo no existe, tenemos que
2a.- Somos una mentira que no existe, un sueño de realidad, una falacia al estilo calderoniano de "La vida es sueño".
Pero hay quien dice que Calderón es refutable.
2b.- Somos una parte de un todo tan inmenso que nos sobrevivirá y terminará por fusionar cualquier atisbo de individualidad en un cosmos infinito y eterno al estilo budista.
Pero hay quien dice que Buda es refutable.
Si el yo existe pero es el camino incorrecto, tenemos que
3a.- Podemos entregar nuestra vida a los demás, como consuelo, en forma de caridad o de buenas obras, al estilo cristiano.
Pero hay quien dice que Cristo es refutable.
3b.- Podemos deducir que no merecemos la pena y acabar con nuestra vida como forma de erradicar el mal, como muchos suicidas.
Pero hay quien dice que el suicidio es refutable.

Existe, no obstante, una cuarta vía, la de tomar lo mejor de cada una de las opciones anteriores y recrear una teoría ecléctica.
Pero hay quien dice que el eclecticismo es refutable.

Se admiten sugerencias.
Se desean soluciones.
Se asume la dificultad insalvable del tema tratado.
Se trata, por tanto, de un grito de auxilio en el vacío.

miércoles, 24 de junio de 2009

La erótica del no poder

En realidad, creo que el que se queda a un paso del triunfo absoluto es, en el fondo, un personaje trágico. Mucho más, desde luego, que aquel que ni siquiera se plantea vencer, ya sea por imposibilidad o por falta de ganas.
Sería divertido crear una galería de personajes trágicos de la sociedad moderna por oposición a los trágicos clásicos. Ya no hay dioses que jueguen con los humanos, ni que los pongan a prueba, tampoco oráculos que los despisten. Incluso las reglas morales, que son las reglas del juego en sociedad, parecen haber cambiado.
Ahora es trágico quien no consigue lo que quiere aun habiéndolo merecido. Ya no hay "juguetes de la fortuna", como se definía a sí mismo Romeo poco antes de suicidarse estúpidamente. Ahora los hombres son instrumentos a merced de su propio egoísmo, de su soberbia o vanidad; como mucho, podrían calificarse como instrumentos de la sociedad, o del dinero, o de otros elementos materiales que imponen su ley como los dioses de la antigüedad. Eritis sicut dii, le dijo la serpiente a Adán y a Eva, "seréis como dioses", y entonces el ser humano se liberó de un dios para someterse a una infinidad de ellos.
Por eso siempre consideré injusto ese momento decisivo en la vida de una persona en el que, después de luchar, tiene que decidir a una sola carta si es un triunfador o un fracasado. Y siempre pensé que justo antes de jugársela merecería la pena abandonar, decir algo así como "hasta aquí he llegado y prefiero que se me valore por ello antes que arriesgarme al fracaso". Nadie piensa como yo, sin embargo. El que no se arriesga no gana y el caramelo del triunfo y la gloria es demasiado dulce como para ser rechazado. Si alguien renunciara a las puertas de la victoria, se le llamaría cobarde.
Así está el mundo, que por cada triunfador contiene miles y miles de "valientes" fracasados.

jueves, 18 de junio de 2009

La historia nos juzgará

Aquella idea cambiaría el mundo. Lo supo en cuanto le pasó por la mente, como un destello, como un fogonazo de luz. Era una idea genial, revolucionaria e innovadora, y tan sencilla de comprender... ¿cómo no se le había ocurrido a nadie antes?
El mundo tenía arreglo, y era tan fácil como un juego de niños.
Y en el año 5000 su nombre aparecería en los libros de historia junto con el de otros inmortales que contribuyeron con sus hechos o sus pensamientos, pero ningún nombre estaría escrito en letras tan destacadas como el suyo.
Y su biografía, cargada de errores por el paso del tiempo, manipulada por los siglos hasta convertirse en un abstracto ideal, rezaría algo así cómo: "Y fue el día tal, a tal hora, que fulanito recibió la revelación que cambiaría su destino y el de toda la humanidad". Ese día, ni que decir tiene, se convertiría en día festivo para conmemorar el hecho y agradecer que realmente sucediera.
Sólo faltaba hacer pública su idea. La gritaría a los cuatro vientos. No, mejor la escribiría. Uf, qué pereza le daba... Bueno, mejor se la diría a alguien para que ese alguien la extendiera, no en vano él había sido el creador, y era justo descansar después de la creación y dejar que mentes menos brillantes se sintieran también parte del asunto...
El problema era que no terminaba de fiarse. Nunca sabes quién ni cómo puede albergar el deseo de robar una idea. Dicen que Einstein robó la idea de la relatividad mientras estuvo trabajando en una oficina de patentes...
Así que decidió guardarse la idea para cuando realmente hiciera falta y él tuviera ganas de contarla. Total, nadie iba a arreglar el mundo antes que él, nadie hasta que él decidiera que era hora de poner manos a la obra.
Incluso llegó a pensar que, en este mundo de envidiosos, casi sería mejor no dar a conocer idea tan brillante como aquella que, de hecho, ya empezaba a desvanecerse en su mente, pues los fogonazos tampoco son eternos...

lunes, 15 de junio de 2009

¿Alguien tiene fe en la fe?

Para unos los héroes se construyen a base de fe. Esta les aporta la energía necesaria para llegar más allá, adonde otros no llegan. La fe convierte a un hombre normal en un hombre que se aproxima a la divinidad. Y los dioses son omnipotentes.
Para otros, sin embargo, el verdadero héroe es aquel que, aun habiendo perdido la fe, es capaz de seguir viviendo, de encontrar razones para persistir en el mundo aunque el sentido de este parezca no existir. Algo así como vivir la vida al borde de un precipicio, asomado a un abismo insondable, y no sentir el vértigo del fracaso.
¿Y qué pasa con los que dudan, con los que quieren tener fe pero no pueden, con los que ora la pierden, ora recogen los pedazos que van encontrando por ahí para tratar de reconstruirla? "A los tibios los expulsaré de mi boca", dijo aquel, y expulsó a tantos que casi se quedó solo.
Y aquel que hace ya tiempo que perdió la fe en lo que no da muestras de existir comienza, incluso, a perderla en aquello que ve, que toca, que parece existir. Como el ser humano, por ejemplo. ¿Queda alguien que verdaderamente siga teniendo fe en el ser humano?
El ser humano, al perder la fe en lo que le es externo, abre la puerta a la posibilidad de perder, por analogía, la fe en sí mismo.
Y me da a mí que el ser humano, a poco que lo observemos con detenimiento, es tan despreciable que no está preparado para resistir ninguna prueba de fe. Más bien al contrario.

miércoles, 10 de junio de 2009

"Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal"

Uno se pregunta cómo puede actuar siempre bien si ni siquiera sabe qué y cómo es ese bien que pretende alcanzar.
Toda acción es moral, desde luego, y como tal puede ser calificada de buena o mala, de moral o inmoral. Pero moral o inmoral, buena o mala... ¿para quién? ¿Para qué?
Creo que la sociedad ha llegado a tal nivel de complejidad, de división del trabajo y de las funciones y los roles de él derivados, que ni tan siquiera el imperativo categórico kantiano tiene vigencia: "Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal". Pero, ¿cómo puedes realmente pretender convertir cada una de tus acciones en ley universal si no estás seguro de que las leyes universales sean verdaderamente buenas?
Alguien dijo que no existía la justicia, sólo las leyes, y sólo cabe un segundo de duda al respecto para hundirse en los abismos y pensar que quizá todos seguimos el camino equivocado. Desde luego, no puedes pretender que todos actúen como tú, que sean como tú, porque llega un momento en el que tanto tú como los otros necesitáis ser diferentes.
Aún no ha podido encontrarse respuesta a la gran cuestión del ser humano desde el punto de vista moral, esto es, si el propio ser humano es bueno por naturaleza y corrompido por la sociedad o si, por el contrario, la sociedad le protege contra su propia naturaleza infame.
Y sin la respuesta a esa pregunta, cualquier intento de crear una ciencia del bien y del mal no será otra cosa que castillos en el aire, que hojas de papel lanzadas al vacío, porque el bien y el mal a la imagen y semejanza del hombre nunca llegarán a ser el Bien y el Mal con mayúsculas.
Alguien sostendrá que sólo Dios distingue entre el Bien y el Mal. Pero es que Dios también está hecho a la imagen y semejanza del hombre. El propio Kant, de hecho, a pesar de su fe, se pasó media vida buscando pruebas de su existencia, por si acaso la fe comenzaba a flojear en alguien.
Y, mientras tanto, intentamos hacer el bien sin saber qué es. Que cada uno busque su idea de Bien de la mejor manera posible. Tal vez ese sea el verdadero imperativo categórico, aunque no sea imperativo sino desiderativo, aunque no sea categórico sino relativo.

jueves, 4 de junio de 2009

Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad

Tras mucho pensarlo, sigo sin saber muy bien si es mejor entrar en la historia o ser capaz de modificarla. El gozo de quien entra en la historia es el gozo del héroe, pura energía y vitalidad, grande por sus actos; el gozo de quien la modifica, por el contrario, es el gozo de Dios, la satisfacción del ser taimado que se siente superior y mueve sus piezas de ajedrez sobre el tablero del mundo.
En realidad, a veces es realmente divertido tomarse la Historia como si fuera una historia, esto es, como una sucesión de hechos verosímiles cuya versión real desconocemos absolutamente, pues todo hecho es inevitablemente modificado tras pasar por el filtro de una mente humana. Cojan cualquier hecho, cualquier suceso, y pídanle a distintas personas que lo describan y, si quieren ya rizar el rizo, que lo valoren. Lo que obtendrán serán tantas historias diferentes como personas interrogadas.
De modo que he inventado un plan para modificar la historia. No cambiando las frases de los libros que haya sobre el tema, como el protagonista de la "Historia del cerco de Lisboa" de Saramago, aunque reconozco que eso también debe provocar cierta sensación de prohibida omnipotencia, sino inventando un hecho. O mejor, un personaje.
Le creamos una imagen, un nombre, unas características que le definan. Le situamos en un entorno concreto, y decimos: "fulanito estuvo aquí, y aquí, e hizo esto y esto otro". Si repetimos la historia a mil personas, cada una de las cuales se la cuente a otras mil, y si conseguimos que la cadena no se rompa llegará un momento en el que dicho personaje deambule entre la realidad y ficción, en el mundo de la leyenda.
Y cuando alguien entra en la leyenda, puede empezar a considerarse parte de la historia.
¡Qué placer sería ver, recostados en nuestro sofá, como todo un mundo de cándidos ingenuos cree a pies juntillas en algo inventado por nosotros!
Y cuando nuestro bulo aparezca en los libros de Historia, habremos contribuido, como hicieron muchos antes que nosotros, a construir la gran historia de nuestro mundo. Una historia de ficción, en definitiva.
Así que les recomiendo que se acerquen a la Historia, sí, como a los periódicos, o a los telediarios, con el mismo afán de pasar un buen rato con el que se acercan a una novela o a una película. Y poco más, que el resto, quizá, sea mentira...