domingo, 26 de julio de 2009
Las aguas del Mississippi son de color marrón
Me lo estaba diciendo Jack Kerouac, "dark, brown waters", decía, aguas marrones que bajaban desde Montana y cortaban New Orleans, y, en ese mismo momento, todavía con el libro en las manos, todavía "On the road", una voz me dice que cruzamos el Mississippi, precisamente el Mississippi, "crossing over it", y entonces puedo comprobar con mis propios ojos que el mismo marrón que vio Sal Paradise en el New Orleans del 48 lo estoy viendo yo, en la frontera entre Illinois y Iowa, 61 años después. Y pienso en Heráclito y su infinidad de ríos que nunca eran el mismo, y pondría a Slipknot para recordar dónde me encuentro pero es Julio de la Rosa quien me susurra al oído, y todas las artes y las ciencias, la historia, la literatura, la música, la geografía, la geología y la antropología se aúnan en un solo punto, allá donde Twain, Kerouac y Whitman se dan la mano, y todo parece, por un momento, cobrar sentido.
martes, 21 de julio de 2009
"Creo que soy misobio"
"Eh, tío" -me dijo el colega. "Odio ese tipo de animales que se creen que pueden hacer lo que quieran sólo porque pertenecen a una especie determinada y que, en teoría, cae simpática. Como las palomas, o las ardillas, traicioneras y avariciosas, como los loros insolentes, y ya no hablemos de los pavos reales que se creen los reyes del mundo, o de los perros que se te tiran encima a lamerte y a olisquearte.
Es como si un humano pensara algo así como: "Eh, tío, soy un humano, y sólo por eso soy superguay y puedo hacer lo que me de la gana", que alguno así hay. Pues no, así no funciona la cosa.
De modo que muestro desde aquí mi simpatía con las especies condenadas sin motivo, con las arañas, serpientes, cucarachas, insectos no coloreados, búhos, cuervos y otras aves de mal agüero. Aunque en el fondo tampoco estos me gustan.
No me gustan, en general, los animales. Me gustan tan poco como los humanos. Extiendo mi misantropía y me convierto en misózoo.
Aunque, a decir verdad, no me gustan los seres vivos en general. Añade, pues, a las plantas, y a los hongos y protozoos y otros unicelulares. ¿Existe la palabra "misobio"? Pues me define a la perfección".
Es como si un humano pensara algo así como: "Eh, tío, soy un humano, y sólo por eso soy superguay y puedo hacer lo que me de la gana", que alguno así hay. Pues no, así no funciona la cosa.
De modo que muestro desde aquí mi simpatía con las especies condenadas sin motivo, con las arañas, serpientes, cucarachas, insectos no coloreados, búhos, cuervos y otras aves de mal agüero. Aunque en el fondo tampoco estos me gustan.
No me gustan, en general, los animales. Me gustan tan poco como los humanos. Extiendo mi misantropía y me convierto en misózoo.
Aunque, a decir verdad, no me gustan los seres vivos en general. Añade, pues, a las plantas, y a los hongos y protozoos y otros unicelulares. ¿Existe la palabra "misobio"? Pues me define a la perfección".
domingo, 19 de julio de 2009
La insoportable levedad de la contemporaneidad
La paradoja de calificar algo como "contemporáneo" radica precisamente en que, o la misma calificación es contemporánea, esto es, casual, liviana, temporal, o terminará por quedar anacrónica.
Algo contemporáneo es algo ineludiblemente ligado al presente, un presente concreto, un modelo de presente que, como todos los modelos de presente, es etéreo y efímero.
El presente es como el dolor existencial: nunca deja de existir, pero nunca es el mismo.
¿Y qué pasará, en definitiva, cuando algo contemporáneo, pongamos por caso el arte contemporáneo, deje de ser contemporáneo y pase a formar parte de la historia de lo que fue y no volvera a ser? ¿Se le seguirá llamando contemporáneo? ¿Y qué nombre recibirá entonces el nuevo arte, el que en aquel momento sea el verdaderamente contemporáneo?
Desde luego, la imaginación humana parece no tener límites cuando de etiquetar se trata. Aunque el contenido de las etiquetas pierda absolutamente su sentido.
Como el modernismo dejó de ser "moderno", sin ir más lejos, alguien inventó el término "posmodernismo", y ya está. Solucionado.
¿Estamos, por tanto, a las puertas de la poscontemporaneidad, término que etimológicamente nos evoca el futuro, lo por venir?
Habrá que empezar a preguntarse cómo sera lo poscontemporáneo, especialmente cuando lo tengamos delante y no en las películas de ciencia-ficción...
Algo contemporáneo es algo ineludiblemente ligado al presente, un presente concreto, un modelo de presente que, como todos los modelos de presente, es etéreo y efímero.
El presente es como el dolor existencial: nunca deja de existir, pero nunca es el mismo.
¿Y qué pasará, en definitiva, cuando algo contemporáneo, pongamos por caso el arte contemporáneo, deje de ser contemporáneo y pase a formar parte de la historia de lo que fue y no volvera a ser? ¿Se le seguirá llamando contemporáneo? ¿Y qué nombre recibirá entonces el nuevo arte, el que en aquel momento sea el verdaderamente contemporáneo?
Desde luego, la imaginación humana parece no tener límites cuando de etiquetar se trata. Aunque el contenido de las etiquetas pierda absolutamente su sentido.
Como el modernismo dejó de ser "moderno", sin ir más lejos, alguien inventó el término "posmodernismo", y ya está. Solucionado.
¿Estamos, por tanto, a las puertas de la poscontemporaneidad, término que etimológicamente nos evoca el futuro, lo por venir?
Habrá que empezar a preguntarse cómo sera lo poscontemporáneo, especialmente cuando lo tengamos delante y no en las películas de ciencia-ficción...
lunes, 13 de julio de 2009
Las ovejas son tontas y aburridas...
Por eso me niego a contar ovejas para dormirme. Imaginármelas saltando la valla en una nube de algodón me produce insomnio. Son tontas, pero tampoco me ayudaría contar pequeños einsteins inteligentísimos. Son aburridas, pero tampoco me ayudaría ponerme a contar payasos.
Así que me sorprendo a mí mismo contando números. Uno, dos, tres, cuatro... y rara vez llego a mil. O me duermo, o me canso de contar y tengo que pensar en otra cosa.
Una vez, de hecho, empecé una libreta en la que escribía los números en letra, así, sin separación, porque sí, como método de relajación. Cuando estaba harto del mundo empezaba a escribir unodostrescuatrocincoseissiete, y seguía a la siguiente ocasión por donde lo había dejado la anterior.
No sé dónde quedó esta libreta, pero tampoco llegué a mil. ¿Dejé de estar harto del mundo? No, sencillamente me cansé de escribir.
Y es que parece que no, pero mil es mucho...
Así que me sorprendo a mí mismo contando números. Uno, dos, tres, cuatro... y rara vez llego a mil. O me duermo, o me canso de contar y tengo que pensar en otra cosa.
Una vez, de hecho, empecé una libreta en la que escribía los números en letra, así, sin separación, porque sí, como método de relajación. Cuando estaba harto del mundo empezaba a escribir unodostrescuatrocincoseissiete, y seguía a la siguiente ocasión por donde lo había dejado la anterior.
No sé dónde quedó esta libreta, pero tampoco llegué a mil. ¿Dejé de estar harto del mundo? No, sencillamente me cansé de escribir.
Y es que parece que no, pero mil es mucho...
lunes, 6 de julio de 2009
Kropotkin y las líneas de pensamiento convergente
Alguien me dijo una vez que había leído a Kropotkin y que se había sorprendido de encontrar en sus escritos ideas que él mismo ya había tratado de desarrollar años atrás, en su juventud.
No lo dijo, no obstante, como quien se siente decepcionado al comprobar que sus ideas no eran originales, que otro las había pensado ya mucho tiempo antes, sino como quien se alegra al demostrar que líneas de pensamiento coherente terminan, lógicamente, por converger.
"Esa es la solución", decía, "la sociedad del ocio y el desarrollo personal y espiritual, menos horas de trabajo para cada uno dividen la riqueza al tiempo que crean más puestos de trabajo. Se acabó el paro. Eso sí, sería más difícil ser rico. A cambio, la sociedad te proporciona tiempo, el preciado tiempo para gastarlo en descanso, en buenas compañías, en asueto, en estudio, en preparación, en pensar, que tampoco está tan mal, ¿no?"
"Sólo que Kropotkin lo llamaba "revolución social" o "anarquismo"", comentaba, "mientras que yo lo llamé "utopía"".
Eso sí, no sé si Kropotkin tuvo tiempo también de extraer estas conclusiones: "Pero no habría manera. La utopía es la utopía. Será difícil de creer, pero la gente no admitiría trabajar menos tiempo por una cómoda vida de clase media con lo imprescindible garantizado y ciertos lujos, no todos, a elegir. Todos quieren creer que si se matan a trabajar serán ricos, y por eso en cuanto tienen dos duros los empeñan en cosas que luego no pueden terminar de pagar. Es triste, pero nadie querría trabajar menos. Entre tiempo y dinero, todo el mundo termina por engancharse al segundo".
Y esto último lo decía con un rostro de absoluta decepción. Su utopía había fracasado antes de nacer y él, quizá como Kropotkin, nunca llegó a entender por qué.
No lo dijo, no obstante, como quien se siente decepcionado al comprobar que sus ideas no eran originales, que otro las había pensado ya mucho tiempo antes, sino como quien se alegra al demostrar que líneas de pensamiento coherente terminan, lógicamente, por converger.
"Esa es la solución", decía, "la sociedad del ocio y el desarrollo personal y espiritual, menos horas de trabajo para cada uno dividen la riqueza al tiempo que crean más puestos de trabajo. Se acabó el paro. Eso sí, sería más difícil ser rico. A cambio, la sociedad te proporciona tiempo, el preciado tiempo para gastarlo en descanso, en buenas compañías, en asueto, en estudio, en preparación, en pensar, que tampoco está tan mal, ¿no?"
"Sólo que Kropotkin lo llamaba "revolución social" o "anarquismo"", comentaba, "mientras que yo lo llamé "utopía"".
Eso sí, no sé si Kropotkin tuvo tiempo también de extraer estas conclusiones: "Pero no habría manera. La utopía es la utopía. Será difícil de creer, pero la gente no admitiría trabajar menos tiempo por una cómoda vida de clase media con lo imprescindible garantizado y ciertos lujos, no todos, a elegir. Todos quieren creer que si se matan a trabajar serán ricos, y por eso en cuanto tienen dos duros los empeñan en cosas que luego no pueden terminar de pagar. Es triste, pero nadie querría trabajar menos. Entre tiempo y dinero, todo el mundo termina por engancharse al segundo".
Y esto último lo decía con un rostro de absoluta decepción. Su utopía había fracasado antes de nacer y él, quizá como Kropotkin, nunca llegó a entender por qué.
sábado, 4 de julio de 2009
Donde se funden realidad y ficción
El personaje de una película que se enamora de una espectadora que asistía a la proyección, atraviesa la pantalla y huye con ella, con el consiguiente enfado del actor que le encarnaba y que ve como su carrera corre peligro.
El personaje de ficción que se torna consciente de su irrealidad y acude a hablar con su creador, quien ha de confirmarle que, en efecto, no existe, con la consiguiente incredulidad inicial y posterior disgusto.
El tipo vulgar que descubre un libro que, sorprendentemente, cuenta la historia de su vida hasta el momento en el que, precisamente mientras lee un misterioso libro que ha encontrado y que narra sus experiencias, muere de un infarto.
La persona que, creyéndose real y viva, descubre que el mundo en el que vive no es más que una ficción, que ha sido engañado desde su propio nacimiento y que la realidad es otra muy distinta de la que él pensaba.
¿No querrían ser uno de ellos? Hay quien se siente cómodo entre la realidad y la ficción, tal vez con la esperanza de que esta vida no sea la verdadera, de que un giro inesperado del destino le descubra un nuevo mundo.
¿Alguien tiene alguna duda, por cierto, de que el Sr. Jackson ha fingido su propia muerte y se encuentra ahora en alguna mansión oculta, junto a Elvis, por supuesto, riéndose de todos nosotros y tomando vermú?
¿Alguien la tiene?
El personaje de ficción que se torna consciente de su irrealidad y acude a hablar con su creador, quien ha de confirmarle que, en efecto, no existe, con la consiguiente incredulidad inicial y posterior disgusto.
El tipo vulgar que descubre un libro que, sorprendentemente, cuenta la historia de su vida hasta el momento en el que, precisamente mientras lee un misterioso libro que ha encontrado y que narra sus experiencias, muere de un infarto.
La persona que, creyéndose real y viva, descubre que el mundo en el que vive no es más que una ficción, que ha sido engañado desde su propio nacimiento y que la realidad es otra muy distinta de la que él pensaba.
¿No querrían ser uno de ellos? Hay quien se siente cómodo entre la realidad y la ficción, tal vez con la esperanza de que esta vida no sea la verdadera, de que un giro inesperado del destino le descubra un nuevo mundo.
¿Alguien tiene alguna duda, por cierto, de que el Sr. Jackson ha fingido su propia muerte y se encuentra ahora en alguna mansión oculta, junto a Elvis, por supuesto, riéndose de todos nosotros y tomando vermú?
¿Alguien la tiene?
jueves, 2 de julio de 2009
Hacia rutas salvajes
Creo sinceramente que todo el mundo, absolutamente todo el mundo ha de tener el derecho (y, dado el caso, el deber), de encontrarse a sí mismo en el lugar que le sea conveniente, durante el tiempo que considere oportuno.
Y es que creo que todo el mundo, absolutamente todo el mundo ha de tener el derecho (y, dado el caso, el deber), de iniciar ese viaje espiritual que le reencuentre con su entorno, con su vida, que le haga encontrar razones para valorar cada latido del corazón, cada brizna de hierba, cada nube en el cielo, cada rayo de luz reflejado en los ojos del prójimo. Para valorarlo, o para odiarlo, si es necesario y si es esa la conclusión que ha decidido extraer de la vida.
"El espíritu humano se alimenta de nuevas experiencias".
Creo, en conclusión, que todo el mundo, absolutamente todo el mundo ha de tener el derecho (y, dado el caso, el deber), de buscar sus propias razones para seguir con vida, o de encontrar, en su defecto, sus propias razones para acabar con ella.
Y en lugar de observar a los que han encontrado su propio camino, en lugar de admirarlos, o de malinterpretarlos, de dejarnos atraer por su encanto o de sentir repulsión por sus actos, deberíamos limitarnos a buscar el nuestro.
Porque habría de ser un derecho inalienable, pero el mal uso de un derecho transforma este derecho en un deber, llámese moral, llámese personal, cuyo cumplimiento queda pendiente en el interior de cada uno, allí donde no valen tapaderas que disfracen la insinceridad de ingenio.
Y es que creo que todo el mundo, absolutamente todo el mundo ha de tener el derecho (y, dado el caso, el deber), de iniciar ese viaje espiritual que le reencuentre con su entorno, con su vida, que le haga encontrar razones para valorar cada latido del corazón, cada brizna de hierba, cada nube en el cielo, cada rayo de luz reflejado en los ojos del prójimo. Para valorarlo, o para odiarlo, si es necesario y si es esa la conclusión que ha decidido extraer de la vida.
"El espíritu humano se alimenta de nuevas experiencias".
Creo, en conclusión, que todo el mundo, absolutamente todo el mundo ha de tener el derecho (y, dado el caso, el deber), de buscar sus propias razones para seguir con vida, o de encontrar, en su defecto, sus propias razones para acabar con ella.
Y en lugar de observar a los que han encontrado su propio camino, en lugar de admirarlos, o de malinterpretarlos, de dejarnos atraer por su encanto o de sentir repulsión por sus actos, deberíamos limitarnos a buscar el nuestro.
Porque habría de ser un derecho inalienable, pero el mal uso de un derecho transforma este derecho en un deber, llámese moral, llámese personal, cuyo cumplimiento queda pendiente en el interior de cada uno, allí donde no valen tapaderas que disfracen la insinceridad de ingenio.