El boleto se le había quedado adherido al rostro, traído de no se sabe dónde por el gélido viento siberiano que campaba a sus anchas por la ciudad. Un boleto de lotería surgido de la nada y que había caído por casualidad en sus manos, en las manos de Andrés, justamente en aquellos momentos, justamente mientras caminaba apesadumbrado meditando cómo le diría a su mujer, al llegar a casa, que le acababan de despedir de su tercer trabajo en diez meses y que apenas quedaba dinero para comprar una caja de mazapanes. Aquellas Navidades iban a ser verdaderamente tristes para todos, especialmente para Andresito, su hijo.
Andresito acababa de cumplir los cuatro años de edad. No pedía, no era un niño exigente, ni caprichoso, así había sido educado por sus padres, pero sus ojos brillaban con especial fulgor al pasar ante los escaparates navideños repletos de luces, de juguetes y golosinas. Andrés le hubiera querido hacer un regalo realmente especial aquellas navidades, pero el despido…
El boleto había llegado como soplado expresamente por el duende de la suerte, un boleto que habría caído de algún monedero adinerado, que habría recorrido, movido por el viento, puestos ambulantes de castañas, que habría descansado en el parabrisas de un coche, que habría sorteado vertiginosamente una boca de alcantarilla que lo llamaba a su seno y que habría ido a parar, tras mil y una vicisitudes, a las manos necesitadas de Andrés.
25.359. Ese era el número de la suerte. ¿Cómo podía ser de otra manera? Y el sorteo tendría lugar en media hora…
Andrés se introdujo en la primera cafetería que encontró, se pidió un cortado que pagó con las últimas monedas que tenía a mano y esperó pacientemente el resultado, que ofrecerían por televisión. Con el primer sorbo, comenzó a pensar en qué podría invertir la suma ganadora, realmente cuantiosa. Tal vez le compraría a su mujer unos bonitos vestidos y a Andresito todo un cajón de juguetes. Para la hipoteca de la casa también sería un alivio, y para solventar de una vez aquella deuda con sus suegros… ¿Y si montara una empresa? ¿Y si donara una parte importante a obras de caridad?
Al otro lado de la ventana de la cafetería se asomó un jovenzuelo. Allí fuera había comenzado a nevar. El joven, vestido con harapos, parecía observar los pasteles que el dueño de la cafetería exponía a los viandantes. Parecía hambriento. El dueño salió y lo expulsó a escobazos, molesto por su inofensiva presencia. Andrés decidió que si le tocaba el primer premio le daría a aquel chico un buen pellizco, lo suficiente para que no volviera a pasar penurias. ¿Qué opinaría su mujer al respecto? Seguro que no le importaría, María era tan buena…
El primer premio estaba a punto de salir. Andrés miró su boleto, 25.359, y cerró los ojos con fuerza durante unos segundos. Al abrirlos, la pantalla mostraba el número ganador.
25.395. Andrés miró su boleto. 25.359. Volvió a mirar la televisión. 25.395. “Enhorabuena a los premiados”, decía el locutor. ¿Qué coño era aquello, una broma cruel del destino? Pues no tenía nada de gracia. Andrés miró el dorso del boleto y leyó las bases tantas veces como fue necesario hasta comprobar que no le había tocado ni un chavo. Se levantó con tal enfado que pateó la mesa de la cafetería y rompió la taza de café que había pedido, así como un servilletero. El camareró le echó a patadas, y una patada le hubiera dado él al niño gafe aquel que seguramente había sido el culpable de que le hubieran jodido el premio. Afortunadamente para el niño, ya se había largado. Andrés le pegó un puntapié al aire, resbaló en el suelo helado y se hizo daño al caer sobre el codo. Sangraba. Ahora tendría que decírselo a su mujer, que le echaría la bronca por llegar tarde, por iluso, por estúpido y por fracasado, y el pesado de Andresito volvería a llorar por esos juguetes inútiles que siempre insinuaba querer. ¿Y el duende de la suerte, y el espíritu de la Navidad, y la fortuna de los necesitados?
- Mierda de Navidad – dijo. Y se dirigió cabizbajo a su casa envuelto en remolinos de nieve.
sábado, 2 de enero de 2010