De repente el cielo se abrió y de entre las nubes apareció un dedo, un dedo enorme como un satélite jupiteriano. Tras el dedo apareció una mano, una mano a imagen y semejanza de la mano humana, con sus cinco dedos y sus uñas perfectamente recortadas, aunque del tamaño de la Cordillera del Himalaya. Dicha mano abrió sus dedos no prensiles y escondió el pulgar marcando, durante unos segundos, un cuatro perfecto. Luego desapareció por el mismo lugar por el que había aparecido.
El suceso supuso una auténtica conmoción en todo el mundo, pues todo el mundo había sido testigo de una aparición de semejante tamaño. Las cadenas de televisión daban a la noticia la mayor de las coberturas y emitían horas y horas de programación debatiendo sobre qué podría ser aquello. Pronto se llegó a la conclusión de que aquella mano monstruosa era, en realidad, una mano divina, la mano de Dios. Pero, ¿era una especie de mensaje? ¿Qué quería decir con su gesto el Todopoderoso?
Las disquisiciones posteriores pusieron en común a todos los credos y religiones: el cristianismo en todas sus formas, el islamismo, el hinduismo, el judaísmo e incluso las religiones animistas y taoístas creían ver reflejada en la mano de Dios la figura de su Ser Superior particular y el de todos a un mismo tiempo. Incluso la fe había quedado relegada a un segundo plano, pues el hecho había sido tan evidente que su asunción se convertía en un hecho rutinario, apoyado además por los testimonios de varios miles de millones de personas que, al mismo tiempo y de la misma manera, habían sido testigos de la aparición.
Otra cuestión era la del significado del signo. Un cuatro, desde luego. Pero, ¿por qué? Hubo quien propugnó la llegada de la Nueva Jerusalén en cuatro días, hubo quien habló de cuatro años de una guerra que estallaría en breve, otros pedían la construcción de cuatro naves espaciales que como Noé, o como Colón, surcaran los cielos en busca del contacto con un Nuevo Mundo. Entonces surgió, nadie supo muy bien cómo, un informe que mostraba similitudes entre la astrología maya, la azteca y la asirio-babilónica, así como entre ciertos ritos zulúes y Upanishads védicos. Todos coincidían en situar el fin del mundo justamente el 25 de diciembre de aquel mismo año.
Exactamente cuatro días después de la aparición de la mano de Dios.
La hipótesis se extendió como un reguero de pólvora sembrando el pánico por todos los rincones del mundo. El fin del mundo estaba escrito, nadie lo dudó, como nadie duda de las catástrofes anunciadas y de las señales de malos augurios, especialmente cuando una mano gigante las indica desde el cielo. Inmediatamente se desarrollaron pautas de comportamiento divergentes ante la inminente tragedia. Los templos se llenaron de gente que elevaba sus plegarias al altísimo en busca de salvación; los suicidios se multiplicaron, pero también las buenas acciones. Aquellos cuatro días previos a la Navidad estuvieron repletos de donaciones, de actos de entrega y caridad, de buenos samaritanos que ayudaban a viejecitas indefensas a cruzar la calle. La delincuencia disminuyó a niveles históricos: ¿quién se iba a atrever a delinquir cuando se cernía sobre él el peso de una condena apocalíptica? Dichas acciones, desde luego, distaban mucho de ser altruistas. Se basaban, más bien, en la desesperación y el deseo de salvar el mundo, o en su defecto el alma, a toda costa. Aquella Nochebuena fue la más pacífica y entrañable, pero también la más angustiosa que todos recordaban. Era la víspera de la gran decisión divina.
Y amaneció el día de Navidad. Y el mundo seguía girando, con sus montañas y sus mares, con su Sol y sus nubes, con sus ríos, sus plantas y sus animalitos.
Y cualquiera hubiera dicho que, en efecto, había llegado la paz, la tierra prometida, la Nueva Jerusalén, y que los males y las guerras habían desaparecido del mundo, y que Dios había eliminado en cuatro días todo lo dañino y ponzoñoso para dejar vivir, en su extrema bondad, todo lo que era bueno y puro. Cualquiera lo hubiera dicho, pero nadie lo dijo.
Porque el mundo siguió rodando, los días y las noches sucediéndose, los seres vivos interrelacionándose y el tiempo pasando inalterable, sí. Pero los seres humanos, esos seres que pudiendo hacer el bien esperaban a verse amenzados para demostrarlo, esos seres que jamás pensaban en nada que no fuera ellos mismos, siempre ellos en primer lugar, esos seres egoístas que personificaban todas las desgracias, habían desaparecido por completo de la faz de la Tierra.
miércoles, 6 de enero de 2010