lunes, 11 de enero de 2010

Caronte o la mejor forma de huir

Una vez le pregunté a Caronte qué podía hacer para saber cuál era el mejor momento para huir, para desaparecer una temporada, para alejarme y cambiar de vida y de compañías.
"Cuando tengas que buscar cada mañana las razones para seguir vivo", me dijo, "sabrás que se aproxima el momento. Si te repugna la proximidad de otros, si parecen hablarte en idiomas desconocidos y sus argumentos no son para ti más que leves bagatelas, si acabarías con todos sin remordimientos y sientes la tentación de rebanarles los sesos, entonces es que ha llegado el momento. Sal de donde te encuentres y tómate el tiempo necesario para regresar".
Me alejé asintiendo con la cabeza.
Sus consejos, sin embargo, no me han servido de mucho, pues busco, desde que tengo memoria, el sentido de la vida, me repugnan los demás y sus estúpidas razones, y acabaría con todos sin dudarlo, me encuentre donde me encuentre. Caronte es un buen tipo, en cualquier caso. Tiene, si acaso, el mismo problema que yo: una tendencia casi patológica a rodearse de seres demoníacos. ¿Qué puedo hacer si llevo rebanando sesos toda la vida, en los más diversos lugares, y esa actividad, que tanto aterroriza a otros, me produce las pocas dosis de placer que me dan razones para vivir cada mañana?