El enemigo es numeroso. Un ejército perfectamente pertrechado, compuesto por miles, decenas de miles de soldados en una formación perfecta que se extiende por todo el valle, que asciende por la colina y que se pierde en el horizonte sin dar la impresión de extinguirse en ningún momento.
Sus rostros fieros, su mirada torva y ese silencio que daña los oídos y que sólo son capaces de sostener quienes forman parte ciega de un todo poderoso me dicen que la empresa se ha tornado titánica.
Giro la cabeza a un lado y a otro. Absoluta soledad. Nadie me acompaña, salvo mi pobre espada y un raquítico escudo.
Me planteo si merece la pena enfrentar a una multitud sin armas y sin compañía. Pienso en correr, en salvarme, en huir, en rendirme, en alzar un trapo blanco y pedir cuartel, y suplicar clemencia. Me esfuerzo, no obstante, por espantar de mí tales pensamientos.
La vida no es eso. La vida no es someterse a la voluntad de los demás, por más que sean.
La vida, tal vez, consista en morir dignamente.
Corro hacia la marabunta gritando de rabia. Mis gritos resuenan en el vacío. El ejército enemigo avanza hacia mí. Alguien les debe de haber dado la orden.
Si son sesenta mil y mato al primero sólo me quedarán cincuenta y nueve mil novecientos noventa y nueve.
domingo, 14 de febrero de 2010