miércoles, 31 de marzo de 2010

No creo en el paraíso; creo en el miedo, creo en el dolor, creo en la muerte

No existen los finales felices. No en la vida real. En la vida real los finales siempre son tristes. He sentido el miedo, he sufrido el dolor, he visto la muerte con mis propios ojos. ¿Y el paraíso? Ni siquiera he encontrado el camino a seguir para encontrarlo.
Todo lo que merece la pena viene del miedo, del dolor o de la muerte. Hubo quien dijo que las artes, las ciencias y la filosofía, que todo lo que el ser humano ha sido capaz de crear y llamar bueno, o bello, nace de su inquietud, de su miedo a morir, del dolor por la muerte de otros. Incluso los más efímeros placeres surgen y cobran sentido y valor ante la posibilidad de su ausencia.
¿Y lo que describen como paz? Del miedo a perderla. ¿Y eso que se supone que es la vida? De su absoluta e inexplicable vacuidad. ¿Y eso que llaman amor? Del odio justificado hacia quienes quieren convertir una utopía de felicidad en el objetivo, inalcanzable y frustrante, de un mundo irreal.
¿Y si el sentido de la vida es encontrar la forma menos indigna de morir?
Cuentan que el héroe del relato creció y creció desde la nada hasta convertirse en un gigante, pero su lucha sólo le sirvió para tener la posibilidad de enfrentarse a otros que habían llegado a alcanzar su mismo tamaño. Incluso llegó a vencer, sí. El héroe, esta vez, venció. Entonces levantó los brazos y... ¿creéis que se sintió feliz? Los gigantes son tan grandes que en su lucha destruyen todo lo que les rodea. Un vencedor en un mundo derruido. Eso es lo que queda después de una vida luchando.
Creo en el miedo, creo en el dolor, creo en la muerte; creo que jamás dejaré de experimentar un poco de cada uno, tal vez al mismo tiempo, mientras tenga conciencia. Jamás creo que llegue a experimentar el paraíso.

domingo, 28 de marzo de 2010

La paradoja del mentiroso

Todos mienten. Es así. Todos hablan de su sinceridad, de su honestidad, pero a la hora de la verdad todos renuncian a ellas, lo hacen continuamente, tan pronto como el propio interés les obliga a ello.
El mundo está lleno de mentiras en toda regla, de mentirijillas, de medias verdades o verdades a medias, de mentiras bienintencionadas y mentiras piadosas. Oír a la gente, oírme a mí mismo, me hace pensar en la paradoja del mentiroso que afirma que él nunca dice la verdad.
Creo que mentir no me provoca tanto placer como indiferencia. En otras palabras, siento que mentir me da absolutamente igual. Que no me importa un pimiento, vamos. Y tan poco me importa la mentira como aquellos a quienes va dirigida. Si cuentas mentiras, lo más normal es que alguna vez te termines llevando una merecida reprimenda; pero si pruebas a sincerarte, la vida cogerá tus verdades y las destrozará convirtiéndolas en pedazos muy pequeños de ti mismo que serán pisoteados y desparramados por el viento.
Nunca nadie volverá a oír una verdad de mis labios.
Sólo tengo que conseguir mentirme a mí mismo. Si pudiera creerme mis propias mentiras, me convencería de que no me importa aquello en lo que me convendría más dejar de pensar, lo que no merece realmente la pena, lo que ya no tiene solución, o no la tuvo nunca.
¿Es que no podemos evitar, aún a sabiendas, perder nuestro tiempo construyendo estúpidas quimeras que sólo habrán de servir para derrumbarse estruendosa y dolorosamente?

jueves, 25 de marzo de 2010

La cabeza me da vueltas

La cabeza me da vueltas, doctor, gira y gira a mi alrededor, unas veces despacito, dejándose observar; otras a gran velocidad, tan rápido que en ocasiones la percibo como un fugaz relámpago. Pero sé que está ahí. Siempre está ahí, mi cabeza, girando, y me dice cosas, continuamente, cosas que no quiero escuchar, entonces me taparía los oídos y gritaría, pero, ¿cómo voy a hacerlo si es mi cabeza la que me da vueltas?
Y también por las noches, doctor. Por las noches, mientras me entrego al sueño, gira más que nunca, y habla, y habla, y si consigo dormir se me aparece en pesadillas horribles como un súcubo malintencionado que pretendiera volverme loco.
Por un lado, temo que de tanto darle vueltas a la cabeza pierda la noción del tiempo y la realidad y termine desquiciado; por otro lado, si dejara de darle vueltas a la cabeza tal vez dejaría de pensar y, en ese caso, ¿qué sería de mí? Si hago oídos sordos, mi cabeza continúa; si trato de razonar con ella, fomento su cháchara exasperante.
Ya sé que todos le dan vueltas a la cabeza de una forma u otra, que es natural y lógico. Pero yo ya estoy más que harto de este vaivén insufrible.
Cualquier día voy a perder la cabeza. Si, eso pasará. Ojalá sea así, en ese momento se solucionaría el problema. Pero mientras tanto, doctor, ¿qué puedo hacer?

domingo, 21 de marzo de 2010

El ser humano, si no tiene problemas, se los busca

Alguien me habló alguna vez de los fuegos interiores. Según su idea, cada decepción, cada problema irresuelto, cada error en la vida de una persona desata un incendio en el interior de cada cual que amenaza con destruirlo. Afortunadamente, los incendios se extinguen. Pasa el tiempo y el fuego se transforma en humo y cenizas, dejando tras de sí restos de un naufragio que cada cual empieza a recomponer a su manera.
Hay quien tiene más facilidad que los demás para provocarse incendios (autopiromanía); hay quien tiene más facilidad que los demás para apagar los suyos; hay incendios, sin embargo, que abrasan a su poseedor durante toda una vida (como el pozo de Darvaza, que lleva ardiendo sin cesar cuarenta años).
Pero, según me decían, todo fuego termina por consumirse, todos los fuegos se reducen a rescoldos, tarde o temprano. Se trata de salvar lo indispensable y de agarrarse a un clavo (ardiendo, claro), guardando las fuerzas necesarias para iniciar la reconstrucción.
Menos los fuegos del infierno. Esos no se extinguen nunca; esos son eternos. Pero, ¿cómo puede hacer un ser humano para generar un fuego del infierno dentro de sí? Jugando con Satán, desde luego. Hay que ser verdaderamente temerario para dejarse tentar por el diablo, aunque, ya se sabe, el ser humano, si no tiene problemas, se los busca.
Y una vez generada la chispa, puedes oír las risas de Satán, risas sinceras, abiertas y ofensivas, mientras te consumes por dentro sabiendo, a demás, que será para siempre...

sábado, 13 de marzo de 2010

Cuéntame un cuento

- Mamá, mamá, cuéntame un cuento... - dijo el niño.
Y la madre le contó historias sobre la búsqueda de la verdad, sobre la lucha por los derechos, sobre las injusticias, el conocimiento, la estupidez humana, sobre la ciencia y el pensamiento, sobre la muerte y el universo, la eternidad y la insustancial fragilidad de la existencia.
- Eso no, mamá, eso no... mejor un cuento para niños...
Entonces la madré suspiró y le tuvo que contar acerca de príncipes soberbios y altaneras princesas, de padres irresponsables y madrastras maltratadoras, de lobos y dragones sanguinarios que descuartizaban a bocados doncellas inocentes, de amoríos estúpidos que sólo llevaban a un ambiguo e intemporal final en el que, como único elemento tangible, se mencionaban las perdices a la hora del almuerzo.
Cuando terminó, el niño había palidecido ligeramente.
- No, mamá, mejor... ¿cómo era eso que decías de la estupidez humana, la muerte y la insustancial fragilidad de la existencia?

lunes, 8 de marzo de 2010

Lecciones de psicohistoria

El psicohistoriador se reclinó en su silla, tomó un sorbo de café y contempló el amasijo de papeles en el que se había convertido su mesa de trabajo. ¿Qué hacer ahora? Había pasado quince años de su vida entre legajos, buceando en bibliotecas abandonadas, interpretando análisis históricos que para la mayoría no constituían más que farsas fantasiosas, y todo con la esperanza de encontrar en el pasado las claves del futuro.
"Tiene que haber algo esencial en el ser humano, algo que condiciona su conducta social y que ayude a comprender no sólo cómo ha transcurrido la historia, sino cómo ha de transcurrir en los tiempos venideros", se repetía como un dogma de fe.
Quince años de investigaciones tumultuosas, de altibajos y decepciones, quince años negociando con el Ministerio la cuantía de unas becas que cada vez se encontraban más reacios a otorgar y en virtud de las cuales se creían con el derecho a reclamar resultados inmediatos y satisfactorios.
Tanto tiempo había tenido que pasar para que el psicohistoriador desvelara, por fin, el destino del ser humano y su esencia más profunda. Ante él, en un esquema sencillo en apariencia pero inaccesible para los no iniciados, se encontraban trazadas las claves del futuro.
¿Cómo le iba a explicar ahora al Ministerio que acababa de descubrir que el ser humano se dirigía inexorablemente a su destrucción en un plazo relativamente corto de tiempo?
No le creerían, no lo comprenderían, aquellas mentes cerradas no soportarían la idea de una condenación irrevocable.
Pensó en quemar los documentos, en mentir y crear una historia ficticia que le encumbrara a la fama, en callar y desaparecer para siempre; sin embargo, se levantó y se dirigió a contar la verdad, aunque ello supusiera su final como investigador y el desprestigio ante sus contemporáneos.
Poco importaba. Más pronto que tarde el tiempo le daría la razón. Más pronto que tarde pasaría a la historia de los profetas de las civilizaciones perdidas.