domingo, 28 de marzo de 2010

La paradoja del mentiroso

Todos mienten. Es así. Todos hablan de su sinceridad, de su honestidad, pero a la hora de la verdad todos renuncian a ellas, lo hacen continuamente, tan pronto como el propio interés les obliga a ello.
El mundo está lleno de mentiras en toda regla, de mentirijillas, de medias verdades o verdades a medias, de mentiras bienintencionadas y mentiras piadosas. Oír a la gente, oírme a mí mismo, me hace pensar en la paradoja del mentiroso que afirma que él nunca dice la verdad.
Creo que mentir no me provoca tanto placer como indiferencia. En otras palabras, siento que mentir me da absolutamente igual. Que no me importa un pimiento, vamos. Y tan poco me importa la mentira como aquellos a quienes va dirigida. Si cuentas mentiras, lo más normal es que alguna vez te termines llevando una merecida reprimenda; pero si pruebas a sincerarte, la vida cogerá tus verdades y las destrozará convirtiéndolas en pedazos muy pequeños de ti mismo que serán pisoteados y desparramados por el viento.
Nunca nadie volverá a oír una verdad de mis labios.
Sólo tengo que conseguir mentirme a mí mismo. Si pudiera creerme mis propias mentiras, me convencería de que no me importa aquello en lo que me convendría más dejar de pensar, lo que no merece realmente la pena, lo que ya no tiene solución, o no la tuvo nunca.
¿Es que no podemos evitar, aún a sabiendas, perder nuestro tiempo construyendo estúpidas quimeras que sólo habrán de servir para derrumbarse estruendosa y dolorosamente?