No existen los finales felices. No en la vida real. En la vida real los finales siempre son tristes. He sentido el miedo, he sufrido el dolor, he visto la muerte con mis propios ojos. ¿Y el paraíso? Ni siquiera he encontrado el camino a seguir para encontrarlo.
Todo lo que merece la pena viene del miedo, del dolor o de la muerte. Hubo quien dijo que las artes, las ciencias y la filosofía, que todo lo que el ser humano ha sido capaz de crear y llamar bueno, o bello, nace de su inquietud, de su miedo a morir, del dolor por la muerte de otros. Incluso los más efímeros placeres surgen y cobran sentido y valor ante la posibilidad de su ausencia.
¿Y lo que describen como paz? Del miedo a perderla. ¿Y eso que se supone que es la vida? De su absoluta e inexplicable vacuidad. ¿Y eso que llaman amor? Del odio justificado hacia quienes quieren convertir una utopía de felicidad en el objetivo, inalcanzable y frustrante, de un mundo irreal.
¿Y si el sentido de la vida es encontrar la forma menos indigna de morir?
Cuentan que el héroe del relato creció y creció desde la nada hasta convertirse en un gigante, pero su lucha sólo le sirvió para tener la posibilidad de enfrentarse a otros que habían llegado a alcanzar su mismo tamaño. Incluso llegó a vencer, sí. El héroe, esta vez, venció. Entonces levantó los brazos y... ¿creéis que se sintió feliz? Los gigantes son tan grandes que en su lucha destruyen todo lo que les rodea. Un vencedor en un mundo derruido. Eso es lo que queda después de una vida luchando.
Creo en el miedo, creo en el dolor, creo en la muerte; creo que jamás dejaré de experimentar un poco de cada uno, tal vez al mismo tiempo, mientras tenga conciencia. Jamás creo que llegue a experimentar el paraíso.
miércoles, 31 de marzo de 2010