Cuando Platón concluyó el último de sus diálogos, lo enrolló y selló con satisfacción. Había sido capaz de plasmar por escrito todas las ideas que durante años habían estado bullendo en su mente, ideas originales, distintas a las de sus contemporáneos, y lo había hecho, además, de forma bella, literaria, jugando tanto con la perfección del lenguaje griego como con los conceptos tratados. ¡Qué gran creación la de aquel personaje, Sócrates! Gracias a él, sus argumentaciones se habían desarrollado en toda su verdadera dimensión. El personajes de Sócrates sería el gran mediador entre el mundo y su trascendencia, y la historia, desde luego, le recordaría como el nexo ideal entre la ficción en la que se movía y él, Platón, el autor, el genial creador de un edificio conceptual que sería recordado durante generaciones.
Cuando Fernando Pessoa concluyó su obra, firmó con el nombre de otro y se sintió satisfecho. Firmó, en realidad, con los nombre de varios otros, con nombres ficticios que habían dejado de serlo en sus manos. Pronto todos alabarían, por ejemplo, a Ricardo Reis, su poesía y las pequeñas piezas de su vida que habían sido inteligentemente dejadas en el camino de los investigadores le convertirían en inmortal, a Ricardo Reis, alguien que ni siquiera había existido nunca. Fernando Pessoa sería un desconocido, sí, un alma gris que apenas hizo nada destacable en su vida. Pero nadie sabría, nadie podría ni tan siquiera sospechar, que aquel Ricardo Reis al que todos buscarían había salido, porque sí, de sus anónimas manos.
jueves, 8 de abril de 2010