Vivir con el agua al cuello es una lata, desde luego. Vivir con el agua al cuello supone carecer de la perspectiva y la reflexión que da la tranquilidad, de la objetividad de quien se sale unos momentos de sí mismo para verse desde fuera, del privilegio del que gozan los que poseen lo más importante: tiempo.
Vivir con el agua al cuello evita pensar, desde luego. Puedo comprender que gente que lleva toda la vida en esta situación sean incapaces de contemplar ninguna otra, y consideren que, al fin y al cabo, su vida no podría ir mejor.
Vivir con el agua al cuello lleva a nutrirse de pedacitos de felicidad.
¿Hay que estar ocupado todo el tiempo para no pensar en lo infeliz que uno puede ser? ¿Es la infelicidad una cualidad exclusiva de los ociosos?
Toda una vida intentando conquistar el tiempo para descubrir que el tiempo lleva a la libertad, la libertad a la reflexión y la reflexión al desasosiego. Es la paradoja del Dios Todopoderoso y Aburrido.
Uno tiende a pensar que vivir con el agua al cuello no es la peor de las opciones, pues peor sería acabar debajo del agua. Algo parecido debía de pensar Sísifo: mejor dejar caer la piedra y volver a subirla que dejarse aplastar por ella. También algo parecido pensarán los peces abisales, esos seres que, como habitantes de la caverna platónica, jamás han visto la luz. Ellos nunca han vivido con el agua al cuello.
Lo peor es que creo que los que viven con el agua al cuello, los que ya se ahogaron, los habitantes de la caverna, Sísifo, los peces abisales, Platón, el Dios Todopoderoso y Aburrido y los que se llaman felices y lo gritan a los cuatro vientos tienen algo en común: a poco que lo piensen, todos descubren que la felicidad es tan imposible como fácil de conseguir. Si crees que la tienes, la tienes. Si no lo crees, no la encontrarás por más que busques.
Y, visto lo visto, ninguna de las opciones merece, en absoluto, la pena.
martes, 20 de abril de 2010