Gritar es signo de histeria, de debilidad. Quien grita da muestras evidentes de haber perdido el control de sus emociones, de sentirse presa de tensiones insoportables que precisan desahogo, de ser víctima de pasiones, dolores o inquietudes que de ningún modo le son provechosas.
Jamás gritará quien se encuentre en paz consigo mismo y con su entorno, jamás gritará, por tanto, un iluminado, un eremita, un anacoreta.
Los seres superiores, de hecho, no gritan. ¿Alguien ha oído alguna vez el grito de un dios o de un ser de luz, ya sea ángel o demonio? Sólo cuando el ser humano, tímido en sus pretensiones y corto en su imaginación, les dota de ilusorias cualidades humanas.
Las plantas no gritan, por más dolor que se les inflija. Las plantas, tal vez, sean seres superiores.
Los muertos no gritan.
El grito de Munch no grita. La figura se retuerce en el lienzo, sentimos su dolor y lo compartimos, pero su grito no llega a nuestros oídos.
Aunque, tal vez, nuestra sea la falta. Porque no lo oímos, pero el grito existe. Un grito desgarrador, aterrador, un grito interno que muchos son incapaces de comprender.
Tal vez ese grito, mudo para nosotros, sea el grito de los elegidos. Tal vez las plantas gritan y lanzan su grito al cielo, tal vez los dioses gritan, gritan sin poder dejar de hacerlo, gritan por el mundo que crearon y lo hacen desde el maldito primer instante de la vida.
Los muertos gritan, gritan en sus tumbas, gritan sus espíritus, gritan por haber sufrido la condena de existir. Y no los oímos.
Los muertos, definitivamente, son seres superiores.
lunes, 5 de abril de 2010