miércoles, 28 de abril de 2010

La pirámide de la creatividad

Uno tiende a observarlo en todos los campos del arte y de las ciencias que requieren un componente básico de creatividad. Sucede con los músicos, con los escritores, con los pintores, con los diseñadores, con los cineastas: toda carrera artística llega a un máximo, a un punto álgido a partir del cual el sujeto deja de crear, o sigue creando en menor medida, o no hace más que repetirse a sí mismo de una u otra forma, desarrollando variaciones sobre el mismo tema principal.
Existen excepciones, por supuesto. Siempre podremos encontrar quienes ascendieron siendo aún realmente jóvenes, o quienes no explotaron hasta edades muy avanzadas. Lo que sí que resulta complicado de encontrar es un creador capaz de ser igual de original durante toda su carrera, especialmente si ésta se dilata en el tiempo. A partir de un momento dado, se le valora por lo que fue, por lo que representa, el artista y su obra se funden en un solo símbolo que matiza los defectos de toda creación posterior. Siempre habrá, no obstante, quien, haciendo uso del sarcasmo, suelte la típica broma: "éste también tendría que haber muerto joven".
Porque podría pensarse que el artista tiene, ante todo, un mensaje que enviar al mundo. Ahí radica la originalidad. Hay quien vive década tras década sin aportar nada a su tiempo, y quien, en un momento de lucidez, siente que tiene algo diferente que expresar. Luego ese mensaje se agota, la creatividad desaparece, pero si el artista quiere seguir practicando su arte cuenta, en la mayoría de los casos, con el beneplácito agradecido de aquellos que encontraron placer o utilidad en aquel aporte.
Uno podría plantearse si un mensaje enviado al mundo, quizás en la juventud, justifica una vida de fracasos, o de decepciones, o de excesos. Yo, sin embargo, prefiero plantearme lo contrario, si una vida sin aportes, sin creatividad, una vida plana, incapaz de crear y de disfrutar de las creaciones de otro, merece la pena ser vivida.