lunes, 31 de mayo de 2010

Diario personal del mejor actor del mundo

Primero pensó que bastaba ya de que los demás le hicieran sufrir. A partir de ese momento sería él, únicamente él, quien se sometería a tortura hasta que su alma gritara que ya era suficiente y pidiera clemencia.
Luego pensó que la autotortura, por más que pudiera ser purificadora, acentuaría su debilidad. Y ya sabemos todos lo que hacen los demás cuando perciben la debilidad ajena: atacan con más fuerza. Dedujo que acabaría aniquilado por la acción destructiva de los demás, ayudada por la autotortura, si no tomaba al mismo tiempo medidas de protección.
Así que la solución consistió en no mostrar a los demás el sufrimiento, las debilidades y el dolor. Nadie ataca a quien parece poderoso. De esta forma, perfeccionó sus dotes representativas de tal modo que fuera capaz de ocultar a los ojos externos la peor época de su vida tras una máscara de comedia.
Y así se convirtió en el mejor actor del mundo.
Y sí. Definitivamente sí. El mejor actor del mundo puede afirmar por experiencia propia que uno puede estar completamente destrozado por dentro y parecer, de cara al exterior, el tipo más estúpidamente feliz sobre la faz de la Tierra.

domingo, 30 de mayo de 2010

El sueño de los sueños

Conozco a un tipo que afirma haber pasado años enteros de su vida sin soñar. O sin recordar sus sueños, al menos. Creo que todos tenemos algún sueño que recordaremos para siempre, tal vez aquél que nos pareció singularmente premonitorio, tal vez aquella pesadilla que nos despertó entre gritos, tal vez aquella imagen que, de pequeños, nos impresionó con su viveza onírica.
El caso es que el tipo este me comentó ayer que, después de no sé cuántas noches, se había despertado por fin recordando algo así como que unos duendecillos verdes con electrodos conectados en el pecho le arrojaban al suelo y le pateaban en el interior de un Irish Pub en el que había entrado muerto de sed después de ser perseguido por un perro que salió de no se sabe dónde mientras él deambulaba perdido por unos caminos rurales que no recordaba haber visto en su vida.
El tipo estaba contentísimo con su experiencia, parece que haber sobrevivido al ataque de los duendecillos le había dado ánimos para levantarse y disfrutar del día que le esperaba. Después de años sin soñar, uno casi olvida esa sensación. Este tipo, de hecho, una vez soñó que convivía con unos locos que pretendían arreglar el mundo habitando como okupas un caserón abandonado; otra vez, que un tipo estrafalario con gafas oscuras al estilo Lennon y pelo largo y rubio se acercaba a él mientras dormía y le susurraba algo al oído, algo que nunca pudo descifrar; y una tercera vez soñó que una chica de aspecto asilvestrado, una especie de niña de la selva, le mordía el brazo.
Le dije que con sueños así era lógico que la mayoría del tiempo no los recordara. Él me contestó que un sueño era otra vida, que dormir no tiene que ser perder el tiempo si eres capaz de desdoblarte y vivir por dos, que pocas cosas hay más emocionantes que un sueño impredecible, que tener sueños en la vida real es de estúpidos, que la mayoría no se cumple o por incapacidad propia o por obstáculos ajenos y que, en definitiva, prefería morir, sufrir, ser golpeado, humillado y engañado mil veces en sueños que vivir un sólo día en el aburrido y predecible mundo tangible.
El tipo estaba exultante, desde luego; aquella noche había soñado.

sábado, 22 de mayo de 2010

El secreto (II)

Y luego llegas a casa y extraes la conclusión de que las casualidades no existen. No en ese porcentaje, al menos. Empiezas a buscar micrófonos en las lámparas, cámaras detrás de los cuadros colgados en el salón, ese retrato en lienzo que misteriosamente abre, en sus ojos, agujeros por los que se introducen miradas escrutadoras.
En esos momentos da igual lo que te digan. Las excusas y las explicaciones de los demás, de hecho, acrecientan tus sospechas. Todos saben algo que tú ignoras, y por momentos te sientes un Truman en tu show personal, una víctima de un Gran Hermano que vigila todos tus movimientos con intenciones malévolas.
Porque no tiene sentido que todo salga tan mal. No todo; no tan mal; no todo el tiempo. Semejante cadena de fracasos, decepciones y fatalidades van más allá de cualquier posibilidad estadísticas.
Llegas a la conclusión de que hay alguien, o algo, en algún lugar, que te observa y cuida expresamente de que todo te salga mal. Una mano negra, un cerebro gris. Y todos lo saben, probablemente sean agentes encargados de que el plan triunfe. Por eso todos te siguen con la mirada, alimañas desalmadas, por eso callan cuando te acercas, porque no hay nada mejor que hacer creer a la víctima de una conspiración que su situación es sólo fruto de un destino funesto.
Entonces te preguntas el porqué, y no encuentras razón alguna. Eres tú como pueden ser otros. Pero eres tú, desde luego, y mientras te comes el coco, mientras confías en gente que finge entenderte, mientras te desesperas esperando que cambie tu suerte alguien, en algún lugar, se lo está pasando bien, pero que realmente bien a tu costa...

lunes, 17 de mayo de 2010

El secreto (I)

- ¿De qué hablabais?
- No, de nada.
- Pero os he visto. Os habéis callado en cuanto he entrado por la puerta.
- Bah, tonterías... Nos vamos a tomar un café, ¿no?

Sucede a veces. Se trata de esa sensación, no tan infrecuente, de que la conversación se detiene justo cuando entras. Por lo general uno piensa que no pasa nada especial, que la conversación era insulsa y que tu llegada supone el comienzo de una nueva, probablemente más interesante. Pero a veces, sólo a veces, por la mente del recién llegado pasa la idea de que hablaban de él, o de temas que él concretamente no debe conocer.
Y esa sensación es inquietante, desde luego.
Y sobre todo cuando son dos colegas los que callan, y sobre todo cuando se cruzan miradas entre cómplices y culpables que aparentemente tú no has percibido, y sobre todo cuando vas camino de la cafetería y la gente que se cruza con vosotros te mira, no a tus colegas, a ti, y susurra a tus espaldas, la madre con su hijo, esa pareja de ancianos, hasta el borracho tirado en el banco parece esconder su curiosidad.
Sientes que eres el centro de atención, sientes que todos lo saben pero que no deben demostrarlo, sientes que todos te ocultan algo y tus colegas sólo pueden balbucear excusas y evasivas...

- ¿Qué dices? Pero qué loco que estás, tío...
- Nadie te mira, esos son delirios de grandeza...
- Vaya, no te tenía por un tipo tan egocéntrico...

¿Y qué sucede si entras en la cafetería abarrotada, agitada por ruidos de cucharillas y conversaciones casi a gritos, y repentinamente todo se torna silencio, un silencio denso e incómodo, un silencio que coincide con tu entrada y que se acompaña de una imagen de pesadilla que consiste en los rostros de todos vueltos hacia ti, serios y sombríos, como pillados en falta?
Un silencio que sólo dura unos segundos. Luego todos vuelven a sus conversaciones.
Y sin embargo, te queda la sensación de que el tema de esas conversaciones ha cambiado, de que ahora se habla de banalidades, de que el verdadero tema, el que te incumbe, se ha tapado a tu entrada como un tabú sagrado.

sábado, 15 de mayo de 2010

Chequeo confuso

Si cierro los ojos y me relajo, si respiro regularmente y busco la concentración, puedo notar cómo la sangre circula por mi interior, constante, llevando de un lado a otro sus pruebas de vida; percibo también cómo mi pecho se infla con cada inspiración, y cómo se reduce al espirar; incluso siento los latidos de mi corazón, pausados, impulsándose por dios sabe qué mecanismo inextricable. Si presto mucha, mucha atención, puedo llegar a oírlos, retumban en el interior de mi cabeza y me hacen rememorar danzas mistéricas de tribus perdidas.
Cuando me paro a pensar, llego a la conclusión de que estos signos podrían significar que estoy vivo.
Cuando me paro a pensar. Entonces, dudo; porque estos signos suelen indicar vitalidad, y yo sin embargo hace ya bastante tiempo que consideraba eso de la vida como un recuerdo pasado y casi, casi olvidado...

viernes, 7 de mayo de 2010

El hombre (II)

El segundo peregrino se sumergió en la tormenta. Pensó que la cruzaría en unos minutos, que el sol aparecería al otro lado, pero aquella nube negra parecía haberse ensañado con él y lo seguía como a un condenado mientras le arrojaba torrentes de agua y granizo.
Se sentó en una piedra que flanqueaba el camino. El segundo peregrino siempre había pensado que aquel mundo no era para él, que había nacido en el lugar y en el momento equivocados, que había sido una equivocación, acaso, nacer. Ahora llegaba a pensar que no sólo aquel mundo le era ajeno, sino que se complacía además en llenar de obstáculos su camino.
Había dejado de ser insignificante e ignorado y se había convertido en un molesto incordio que era necesario eliminar.
Nunca más volvería a acercarse a nada ni a nadie; todas las personas y todos los lugares, todo lo que pudiera generar el más mínimo afecto se había convertido en un peligro que sería necesario evitar.
Seguía lloviendo. Tronaba. Probablemente le caería un rayo y el mundo reiría en sonoras carcajadas. El peregrino, sin embargo, nada sentiría; ya habría dado la espalda al mundo, puesto que el mundo se había empeñado, cruel y desalmado, en darle la espalda a él.

miércoles, 5 de mayo de 2010

El hombre

- ¿Por qué no te gusta este sitio? -le dijo un peregrino a otro. - Llevamos años caminando por el desierto sin saber adónde nos dirigimos. Fíjate, mira a tu alrededor. Aquí no hay arena que nos golpee el rostro arrojada por el viento, ni piedras que nos destrocen las sandalias, ni ese sol abrasador que nos quemaba la piel. Aquí no hay moscas, ni escorpiones, mira, túmbate a la sombra de este árbol y regocíjate con su frescor. ¿Acaso no oyes el rumor del río? Está aquí al lado y sus tranquilas aguas se dirigen a aquel prado. Creo -susurró entre lágrimas- que esto es lo que tanto hemos buscado.
- Quédate si quieres -contestó el segundo peregrino. - Yo tomaré unos sorbos de agua y seguiré mi camino.
- Pero, ¿adónde piensas ir?
- Al mismo lugar al que llevo toda la vida dirigiéndome. A ninguna parte. Soy un alma errante, ¿comprendes? Este mundo no es para mí. Prefiero dejar atrás este oasis y solazarme con su grato recuerdo. Si me quedara, ¡qué pronto dejaría de admirarlo, de gozarlo, qué pronto se convertiría en una prisión más dura que el desierto que acabamos de atravesar!
- No te entiendo. ¿Por qué no disfrutas este momento?
- Es lo que hago, precisamente. Nada es eterno, lo sé, yo mismo no soy eterno, la mejor manera de disfrutar cada momento es aprender a abandonarlo y recibir el momento siguiente.
El segundo peregrino se arrodilló a la orilla del río, tomó un sorbo de agua, se lavó el rostro y continuó su camino. Pronto se perdió en el horizonte. Allá, al fondo, una negra nube amenazaba tormenta.